Aquí, incluso en los lugares más asustados, donde un día estaba la guerrilla y otro día el ejército, la gente se expresaba más.”
El Salvador era cosas terribles
pero yo lo recordaba con una gran energía positiva, pese a todo. Guatemala era un lugar siniestro.”

La invitación que tuvo John Carlin (Londres, 1956) era para hablar de Nelson Mandela, el rugby y cómo el deporte fue un vehículo para unir a una Sudáfrica que dejaba atrás el horror del apartheid. Carlin cumplió con la Fundación Educando a un Salvadoreño (FESA) y participó en un conversatorio masivo realizado la semana pasada. Su corta estancia en el país, sin embargo, no pasó por alto. Carlin llama la atención: porque escribió el libro “El factor humano”, en el que se basó la película “Invictus”; porque ha escrito un libro sobre el Real Madrid (“Los Ángeles Blancos”), una de las preocupaciones nacionales junto al Barcelona; y porque a partir de uno de sus artículos se escribió el guion de “Die Hard 4”.

Lo menos promocionado, sin embargo, es harto interesante. Carlin, que habla un perfecto español (su madre es española, se crio en Argentina, y vive en Barcelona), cubrió los conflictos armados centroamericanos de los ochenta. Durante un año, 1984, El Salvador fue su base como corresponsal para el periódico The Times o la BBC, aunque visitó el país muchas veces durante esos años. En esta entrevista recuerda aquellos años y habla, como no, de fútbol. 

¿Qué conocías de El Salvador antes de llegar?

Comencé en Buenos Aires, pero no fui un reportero como aquí, hacía críticas de cine, de teatro, fútbol; a veces hacía política. Después estuve en México un año con el fin de expandirme, mi territorio, mi imperio (sonríe) en Centroamérica porque sabía que la noticia estaba aquí en esos tiempos. Por supuesto que leía libros, en México había bastantes exiliados salvadoreños. Uno se enteraba de lo que pasaba, que en los años ochenta hubo esa atroz fase de matanzas, mil personas al mes en un lugar tan chiquito, muy salvaje en esos tiempos. Sabía que había guerra civil de verdad. En otros lugares llaman guerras civiles pero en verdad lo que hay es guerra localizada, pero acá abarcaba la mayor parte del país y estaba claro que la guerrilla salvadoreña, independientemente de lo que pensaras de ella, era militarmente eficaz.

Me acuerdo que una vez le preguntaron a Castro si su gente le enseñaba al FMLN y él dijo: “Al contrario, ellos nos enseñan a nosotros”. Era una potencia militar, por eso los americanos metieron muchísimo dinero aquí, muchísimos entrenamientos. Era consciente de esto y tenía muchas ganas de venir, con la osadía y la inconsciencia de la juventud y de querer construir una carrera periodística.

 

Leí que tu recuerdo más triste como periodista pasa por El Salvador, ¿es cierto?

Cubría toda Centroamérica, sobre todo en tres países. Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Lo más triste, triste, lo más siniestro era Guatemala. Era especialmente terrible, oscuro. El contraste entre la espectacular belleza natural de Guatemala, no sé si he visto un paisaje más lindo en mi vida y lo más oscuro, terrible y la violencia que había, y cómo la población indígena vivía aterrada, no hablaba, no decía nada. Ibas a los lugares donde había cosas terribles y nadie hablaba, todos eran momias. Aquí era otra cosa. Aquí, incluso en los lugares más asustados, donde un día estaba la guerrilla y otro día el ejército, la gente se expresaba más. Tenían menos miedo, era otra cultura. Entre la población indígena de Guatemala y el campesinado salvadoreño son dos especies diferentes o lo eran, sentía yo.

El Salvador era, obviamente, cosas terribles y tristes, pero yo lo recordaba con una gran energía positiva, pese a todo. Guatemala era un lugar siniestro, aplatanado; en El Salvador había mucha gentecita en los lugares complicados muy noble, muy valiente. No es un juicio ideológico. Por eso cuando me fui de aquí, después de seis años cubriendo México y Panamá, tuve que escribir un artículo de despedida. No escribí de los demás, sino solo de El Salvador. Quizá la presencia norteamericana era más visible y presente que en otros lugares, pero aquí conocí gente que merecía el adjetivo de heroica.

 

¿La capacidad que hay en El Salvador para digerir la violencia como una situación cotidiana la has visto en otro lado?

Creo que era Napoleón Duarte quien hablaba de la cultura de la violencia, que no cambió según me dicen. No sé, creo que quizá hay más aguante en ese sentido en El Salvador que en otros países. Pero también es sorprendente la capacidad que tiene el ser humano de adaptarse a cualquier cosa, lo que ocurrió aquí fue muy tremendo, aunque creo que la violencia era peor en Guatemala en esos tiempos. Pero si querés violencia de verdad, comparás esto con otro país, que es Ruanda, y esto es un juego de niños. Parece una falta de respeto a los muertos de aquí pero quiero que me entiendas bien: lo que ocurrió ahí, que en un espacio de 100 días murieron un millón de personas, casi todas a machetazos, eso está a otra escala. A lo que voy es que pese a eso, a Ruanda vas hoy y es un país bastante pacífico. Las heridas estarán ahí, pero no son visibles.

 

Supongo que cuando llegaste tuviste la oportunidad de hablar con gente de ambos bandos y la violencia ya se medía hasta en las palabras. Pasados 20 años, aquellas rencillas no terminan de irse.

Me da la impresión de que, la frase creo que es de Clausewitz, que la guerra es la política por otros medios. Me asusta meterme un poco a comentar de aquí, por el tiempo que llevó fuera, pero me da la impresión de que aquí la política es la guerra por otros medios y que esos antagonismos parece que ahí siguen. No sé, en esos tiempos eran visibles, tenías a ARENA por un lado cantando “tiemblen, tiemblen comunistas”, “El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”...

 

¿Cómo calificarías a cada uno de los bandos?

¡Uf! El personaje de Roberto d’Aubuisson es uno de los personajes más siniestros que he visto en mi vida. Algo absolutamente siniestro y terrible. Hablé con él, fui a muchos mítines de ARENA donde él hablaba y cantaban esa canción. Era tanto odio, tan destructivo. Te digo una cosa: intento mantener mi distancia periodística entre el ERP y ARENA. Pero me pones una pistola en la cabeza y me dices: “tienes que elegir uno de los dos, porque si no te matamos”. Entonces tengo clarísimo con qué bando iba a ir. Por supuesto que la guerrilla también hizo sus cosas y asesinaban a alcaldes, cosas muy terribles, pero había, por lo menos, un cierto idealismo detrás de esto y eran conscientes de que en El Salvador había una enorme, brutal, injusticia social, que era la que estaban tratando de combatir. Iba a San Miguel, Chalatenango, Morazán y hablaba con los guerrilleros. Estaba días con ellos y los conocía. En general, era gente con la que uno podía hablar, uno podía discrepar, tener un debate y decirles: “no estoy de acuerdo con esto, por qué matan a los alcaldes, jodidos”. Uno podía tener una discusión más o menos civilizada y había un alto nivel de concientización política incluso en guerrilleros que, evidentemente, eran recién salidos del campesinado. Se notaba que había un esfuerzo para educar a la gente. Mientras que ARENA lo que quería era mantener las cosas como habían estado toda la vida, que era mantener la situación de injusticia medieval y con pocos más argumentos que no fueran la destrucción y la muerte. Ahora que soy más maduro, lo vería diferente, pero ese joven John Carlin que estaba ahí veía las cosas de esa manera. Los militares es más ambigua la cosa, en el sentido de que había todo tipo de personajes dentro de los militares, había gente con diferentes posiciones políticas. Conocí generales que eran razonables y en cuanto a los soldados de a pie, los que estaban combatiendo en Morazán, Chalate, en Brigadas de Reacción Rápida, era gente que por circunstancias de la vida ahí estaban y no les guardaba rencor, sino respeto porque les correspondió eso y fue lo que tuvieron que hacer.

 

Ubicás a tres actores en la guerra salvadoreña: la guerrilla, el ejército y ARENA.

ARENA y lo que representaba, sí. Aunque también estaba el PDC, Duarte, aunque yo nunca pensé que el poder radicara ahí. En esos tiempos, Duarte era presidente, pero estaba en una lucha permanente por tener el poder real con los militares, que eran los que lo tenían, y un poder sobre el terreno, que lo tenía ARENA. Claro que había una conexión muy clara entre esos grupos que, en términos generales, apoyaban a ARENA y la Policía de Hacienda y la Guardia Nacional, que solo con su aspecto era temible su espectáculo y la Policía de Hacienda era notoria.

Recuerdo que una vez conocí en el restaurante El Bodegón, creo que era el encargado de la Policía de Hacienda, a Nicolás Carranza. Nosotros lo veíamos como el malo de la película. Nunca lo había visto, estaba vestido él como si fuera un aristócrata francés, se me acercó, me habló en inglés con acento más inglés que americano, con un porte, una figura: “Hello, very pleased to meet you, my name is Nicky Carranza, the controversial pressure police, how do you doing?” Nunca me olvido de este personaje.

 

¿Entrevistaste a Carranza?

No, era un tipo al que no entrevistabas.

 

 

¿Hubo algún personaje en ese momento que te quedó pendiente de entrevistar?

Por supuesto, creo que con D’Aubuisson tuve solo una entrevista de esas fugaces. Estaba borracho y solo duró 15 minutos, me hubiera encantado hablar mucho más con él y preguntarle por Monseñor Romero y cosas así. Conocí al coronel, después general, Domingo Monterrosa. Lo entrevisté varias veces. Era un tipo muy inteligente y tenía cierto tipo de encanto. Era listo. Sabía relacionarse con la prensa, que no era el caso siempre con los militares, que siempre metían la pata. Pero lo que en ese momento era el primer premio, ganar la lotería, era entrevistar a uno de los comandantes guerrilleros. En ese momento, el gran mito era entrevistar a Joaquín Villalobos. Como periodista hubieras dado tu brazo derecho por tener la entrevista con él. No lo logré, era muy joven, no conocía muy bien el país y no tenía contactos lo suficientemente buenos. Creo, también, que muy poca gente lo entrevistó.

 

¿Estás al tanto de la intención de borrar a Monterrosa de la historia militar salvadoreña?

De algo me enteré, la verdad es que no conozco los detalles. Es digno de una película la especie de duelo que hubo en esos años entre Villalobos y Monterrosa. Es para una película. El duelo del ‘far west’ pero en contexto salvadoreño. Los gringos decidieron que oriente era donde estaba el problema, pusieron a su mejor militar ahí, en San Miguel, y fue un duelo declarado entre Monterrosa y Villalobos. En lo militar, para gente a la que le fascina la táctica militar y la guerra de guerrillas, esa época tiene que haber sido algo muy digno de estudio.

 

¿Te quedó pendiente contar alguna historia de El Salvador?

Escribí muchos artículos en su día, pero es que ya se habían escrito muchos libros sobre El Salvador. La verdad es que nunca tuve en El Salvador esa presencia que tuve en Sudáfrica. En Sudáfrica yo era uno de los periodistas que tenía acceso. La diferencia era que en El Salvador estaba, en la prensa extranjera, la prensa gringa y los demás. Yo trabajaba para el Times de Londres, un eminente y venerable periódico, pero no pintábamos ni la cuarta parte del New York Times, el Washington Post, no podíamos competir. Ellos eran los que tenían toda la información, tanto de la propia embajada, que era la gran fuente de todo lo que estaba pasando aquí, como dentro del ejército y del gobierno salvadoreño. Yo nunca tuve ese nivel de acceso privilegiado que tuve en Sudáfrica. Ahí la prensa británica, aunque suene curioso aquí, pintaba más que la americana por la historia.

 

Cuando te fuiste de El Salvador, ¿qué impresión te llevaste? ¿Se vislumbraba mucho más tiempo de guerra o había algún inicio de conciliación?

Dos años después de que me fui se firmaron los Acuerdos de Paz. En ese momento no se vislumbraba ningún acuerdo. Estaba viviendo en Nicaragua. Parecía que todo estaba estancado. Un pantano. Pese a que los americanos metían más y más dinero, más y más helicópteros y estos aviones que disparaban no sé cuántas balas por segundo, que llenaban un campo de fútbol, entrenaban a soldados salvadoreños en Estados Unidos; pero la guerrilla salvadoreña siempre aguantaba y, además, contraatacaba. En el momento más inesperado arrollaban un cuartel. En el aspecto mental, la guerrilla salvadoreña fue algo muy especial. Algo que demuestra, en lo puramente técnico, una tremenda capacidad de organización. No sé si hubo una guerrilla en Latinoamérica más brillante en el plano militar que la salvadoreña, que aguantó tanto y siguió dando contragolpes. Se llegó al punto en que se entendió que esto no se iba a acabar y se llegó a la situación de intentar buscar la paz.

¿Cómo recibiste la noticia de la firma de los Acuerdos de Paz?

Recibí con alegría la noticia de los Acuerdos de Paz. Como decía, tenía y sigo teniendo mucho aprecio por El Salvador. La idea de que iba a acabar la guerra me pareció una de las mejores noticias de mi vida.

 

¿Te gustaría volver a escribir sobre el país? El Salvador estuvo en el foco de atención mundial en los ochenta.

Mira, la verdad es que he propuesto varias veces volver a hacer reportajes, no solo en El Salvador, sino en Nicaragua, Guatemala, y no ha habido mucho eco. Hay que entender que gente de El País que ya está aquí, un corresponsal en México viene por aquí y hay gente que escribe desde acá, pero digamos que a mí, personalmente, sí me encantaría. Esta es una visita fugaz porque tengo una cantidad de trabajo terrible pendiente, es una barbaridad haber venido a El Salvador porque me esperan varias cosas pendientes a mi llegada, pero me gustaría tener dos semanas y dedicarme a ser reportero otra vez, como en los viejos tiempos porque sé que hay historias terribles, potentes e interesantes.

“Los tristes más tristes del mundo” escribió Roque Dalton para referirse a los salvadoreños. Siempre creemos que nuestra tragedia es la peor. Una vez escribiste para El País Semanal un reportaje llamado “El pueblo más triste del mundo”, sobre una minoría musulmana que vive en Birmania...

Claro y esa tragedia, si tú crees que El Salvador no está en el foco de atención mundial, ellos no existen. También hay otra cosa: ahora los medios tienen menos dinero que antes y cubren el mundo mucho peor. Esa es la ironía, que hoy que tenemos Facebook, Twitter y toda esa cosa, este Babel de ruido que hay, pero la información real, reporteros que van y saben su oficio y van a hacer su trabajo, esto se da mucho menos que antes, en los periódicos y en las televisiones. Imagínate que antes, CBS, NBC tenía una persona de planta. Eso refleja el hecho de que hoy no hay guerra civil, que en parte es mucho más “sexy” para periódicos, pero también refleja que hay mucho menos dinero.

 

Supongo que también pasará porque la gente se interesa o no. En una columna mencionabas que te tomaba tiempo y hasta sangre escribir reportajes que al final no eran tan leídos como, por ejemplo, una columna sobre Mourinho...

Es cierto, exacto, fui a hacer un reportaje sobre el aniversario del 11 de septiembre y creo que fue un buen reportaje, hablé con tres extipos de la FBI que habían estado en la unidad combatiendo a Al Qaeda y fue algo que me costó mucho trabajo. Digo yo que fue un buen trabajo, bueno y honesto. Pero después ves las visitas de internet y una historia que escribo en una hora, una pendejada de Mourinho la leen tres veces más personas, (ríe), es terrible, terrible.

 

No sé si estabas enterado, pero en el país hay una gran devoción por la vida de Mourinho o por el ancho de las piernas de Messi. Es más importante incluso que lo que pasa en el país.

Sí, pero tampoco hay que olvidar que el fútbol es el gran consuelo que nos ofrece la vida.

 

Y también las iglesias.

Las iglesias también, pero no creo que tanto en un país como El Salvador. En Europa, por ejemplo, estamos en una etapa de posreligión, son minorías las que van a la iglesias y los practicantes, es una etapa posideológica, pero el ser humano tiene necesidad de algo en qué creer que va más allá de y, en cierto modo, el fútbol ha reemplazado ese hueco, y puede parecer algo absurdo y superficial pero es lo que hay y es el gran tema de conversación. Conozco África, donde la gente está mucho peor que aquí, esto es Las Vegas comparado con capitales de países africanos y el fútbol es lo que divierte y emociona a la gente. Si te pones filosófico aquí estamos en nuestra breve instancia en la tierra, hasta la tumba, por qué no te vas a dedicar a hablar de fútbol y a disfrutar del tema. Si vas al fondo de la cuestión, no sé, sería fantástico que todos hablaran sobre economía con la misma pasión que sobre el fútbol.

 

¿Escribir de fútbol es una catarsis?

Exacto. Para mí escribir de fútbol es una liberación. Especialmente mi columna, que es donde escribo lo que me cantan las pelotas, le doy rienda suelta a lo que se me antoja ese día, puedo decir cualquier barbaridad y al fin de cuentas eso es lo fantástico del fútbol, que no es tan, tan, tan importante para que uno tenga que estar atento a cada coma o adjetivo que uno usa. Uno puede soltarse, porque dicen de todo en esto y yo soy otro más que se pone a decir, a veces, barbaridades. Sentís una liberación. Cuando escribo sobre aniversarios del 11 de septiembre y teorías de que se podía haber evitado y lo que me dice la gente del FBI, tengo que cuidar cada coma, ser legalista, estoy mucho más apretado, en una especie de claustrofobia. Cuando escribo mi columna sobre fútbol, no estoy ni siquiera escribiendo un reportaje sobre fútbol, un partido. Fernando (Palomo) hace un comentario sobre un partido y tiene que atenerse a ciertas reglas empíricas, yo me suelto y escribo lo que siento. Disfruto, es correcto. Incluso, cuando estaba haciendo el libro de Nadal fue terrible. Tuve que escribirlo en cuatro meses, también me tenía que atener a los hechos. Cada semana escribía mi columna en inglés y en ese contexto era una liberación, como salir al patio a jugar.

Escribir sobre fútbol te sirve de catarsis. ¿Con esa idea nació el querer escribir “Los Ángeles Blancos”, el libro sobre el Real Madrid?

Sí, “Los Ángeles Blancos” fue algo divertido para mí. El libro sobre Mandela fue algo mucho más serio porque es básicamente un libro político. Cualquiera que lea ese libro pensando que es sobre deporte se va a decepcionar muchísimo e irá a la librería a pedir que le devuelvan el dinero. Era mi libro sobre Mandela con el deporte como pretexto. Pero el libro “Los Ángeles Blancos” fue como El Córner Inglés (su columna en El País) multiplicado por 100, fue algo que ante todo disfruté. Nunca es fácil escribir un libro, es como escalar una montaña pero el proceso de estar con ellos, un año viajando con el equipo fue algo divertidísimo.

El clásico español es un fenómeno mundial. ¿Es un ejemplo de cómo un evento deportivo adquiere también trascendencia política?

Política dentro de España, pero no fuera. Fuera es un evento deportivo y se acabó. Quizá el primer artículo largo que hice de deporte fue sobre el Barça-Madrid, en el 97. Hasta esa época yo era un tipo que cubría guerras, Sudáfrica y Washington. Me acuerdo que estaba caminando por la Plaza Cataluña con un amigo madrileño, se iba a jugar el clásico y le pregunté: “¿Por qué esta rivalidad entre el Barça y Madrid?”, me dijo: “es como Inglaterra contra Francia... en tiempo de Wellington”. Ahora que llevo 13 años viviendo ahí, entiendo cada día más que no se equivocó.

¿Tenés un favorito entre esos dos equipos?

La verdad que yo no soy seguidor de ningún equipo. Lo fui pero ya no. Yo ahora me considero algo bastante pobre y descafeinado. Me parece que soy un gourmet del fútbol, he perdido mucha pasión con esto de no ser un hincha. Entonces con qué equipo voy a ir ahora. El Arsenal me cae bien, pero el Barça, o sea, hay que reconocerlo. Para alguien a quien le guste el fútbol, si el Madrid jugara hoy como juega el Barça yo estaría con el Madrid, pero no es una cuestión así como de afición de por vida. No soy un culé. Pero, volviendo a tu pregunta, hay un trasfondo político muy importante. El Barcelona es como el ejército de Cataluña y hay mucha, mucha... para ustedes debe ser difícil de entender desde lejos que en un país, por mucha crisis que haya, tan próspero y estable como España, haya tanto antagonismo, pero lo hay y hay mucha tensión, historia acumulada por detrás de ellos.

¿Cómo explicar ese antagonismo en un país como El Salvador, donde incluso una vez hubo un muerto entre los que siguen a esos equipos? ¿Será comparable a otras cosas que has visto?

No me digas. Pues mirá, me estás diciendo algo que me sorprende un poco. Viajo por todo el mundo y veo que el fútbol es el gran tema de conversación mundial, es la gran religión, de eso no hay ninguna duda y el Barça-Madrid se sigue con intensidad. Yo, en un partido Barça-Madrid, recibo mensajes de texto de gente de todo el mundo. El jefe de la inteligencia militar de Ruanda me manda un mensaje: “viste ese gol de Messi, qué barbaridad” y cosas así, pero quizá que se traslade ese antagonismo español aquí, a ese punto, es algo que... Me lo tienen que explicar ustedes.

(La última parte de esta conversación dejó inquieto a Carlin. De vuelta en España escribió su columna semanal sobre fútbol para el periódico El País que se publicó el domingo 22 de enero. Escribió Carlin: “Que exista hoy una polarización en El Salvador entre blancos y azulgrana representa, pese a muchos problemas nacionales que quedan por resolver, un saludable avance. Nos recuerda que si el fútbol es la guerra por otros medios, bienvenido sea”.)