Un cacique, un líder
Los caciques han sido relegados a ser meros enlaces entre el gobernante y el gobernado. Sin líder desde hace décadas, lo indígena se toma como postal.
Escrito por Carta editorial / Glenda GirónDomingo, 29 enero 2012 00:00
Hay que partir de un hecho y es que no se puede hablar de un serio apoyo a las causas indígenas si la palabra “indígena” sigue siendo utilizada con desprecio o, en el peor de los casos, como insulto. Ya bastante malo es que las escuelas de náhuat sean ejemplo de absentismo y que las viviendas de los últimos nahuahablantes sean ejemplo clásico de pobreza extrema; como para que en Izalco, uno de los escenarios que más nos debería doler en esta materia, las instituciones oficiales acudan a los colectivos indígenas para pedirles que con su presencia aporten “color” a los eventos o a las portadas de informes.
Tras la matanza de 1932, al país apenas le quedaron raíces. Lo poco que sobrevivió se escondió y, desde esa penumbra, me contaba mi abuela que las mujeres fueron abandonando aquello de andar descalzas, para meter los pies en los botines que “las señoras con dinero” regalaban cuando ya no les gustaban. En 1932 perdimos a 32,000 compatriotas. Perdimos presencia, respeto y autoridad. Con la imagen del cadáver de Feliciano Ama colgado frente a la iglesia La Asunción, en el lado indígena de Izalco, la figura del cacique halló un indigno y doloroso quiebre.
Desde entonces, los caciques han sido apartados y torcidos. Reducidos. Relegados a ser considerados meros enlaces entre el gobernante y el gobernado. Sin líder desde hace décadas, lo indígena en este país se toma como una postal, una danza, una manta, el “color” para un evento. Ni de cerca, como identidad. Este es el panorama que nos construye el periodista Carlos Chávez desde las voces de los que ahora se adjudican la etiqueta de indígenas.
Hemos incluido en esta edición otro repaso a nuestra historia, esta vez vamos a un episodio más reciente de la mano del periodista inglés John Carlin, quien se ha destacado por cubrir deportes y política, así como por ser el escritor de “El factor humano”, un libro que narra la vida de Nelson Mandela. Carlin habla de las impresiones que tuvo de El Salvador hace 30 años, cuando llegó como corresponsal para cubrir el conflicto armado. Habla de los personajes a los que entrevistaba, de cómo sorteó los peligros, de cómo dejó a esta nación y de qué es lo que esperaba encontrar esta vez que volvió.














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