El señor de los izalcos
“Tecpán Izalco” era su antiguo nombre indígena. Un arqueólogo dice que tecpán significa palacio. Que Izalco quizá tuvo una nobleza que gobernaba a esta región antes considerada “la provincia de los izalcos”. La misma región que ha sido explotada, desangrada y reprimida por siglos. Aquí, algunos aún se proclaman indígenas. Pero, ¿aún hay quién los dirija? ¿Todavía tienen caciques?
Escrito por Una crónica de Carlos Chávez / Fotografías de Víctor Peña y archivoDomingo, 29 enero 2012 00:00
En este periódico hay un cuarto, frío y subterráneo, en donde está la Hemeroteca. Aquí se resguardan periódicos de hace 15 o 96 años. Entre tantas noticias viejas que saben a nuevas, llama la atención el subtitular de la portada del lunes 20 de abril de 1953, hace casi 59 años: “Impiden Traslado De Valiosa Joya”.
Debajo del titular aparecen dos fotografías. Una que retrata a un enjambre de campesinos junto a un letrero que dice: “¡Alerta! Hijos de Izalco: No dejes que las campanas salgan del pueblo, porque si salen ya no vuelven. Orgullo de Izalco”.
Y en la otra fotografía, la descomunal campana izalqueña, llamada “Asunción”. El pie de foto explica algo: “La mano fornida de Félix Turish, el Cacique de Izalco, aparece cogiendo el badajo de la reliquia (la campana). Se opone a que se la lleven los sonsonatecos”. En otro periódico, escogido al azar, y 23 años más joven, mencionan otra vez al cacique. Ahora aparece su rostro.
—Fallece el legendario cacique indígena Félix Turish –se anuncia en la primera página de la edición del 8 de octubre de 1976.
Las preguntas brotan. ¿Fue Turish un cacique en toda regla? En internet, hay quien asegura que Turish fue el último cacique de Izalco. ¿Y que no fue el último Feliciano Ama, el cacique ahorcado por el Martinato en 1932?
Hay confusión. Muy cerca de Izalco –en un poblado sonsonateco llamado San Antonio del Monte– hay otro señor que dice ser el único cacique indígena de “Los Izalcos”, y de todo El Salvador. ¿Es genuino ese cacique? ¿Es que aún hay indígenas en este país?
¿Quién decide que alguien sea cacique?
Hace muchos siglos, cuando aquí no se hablaba español, el actual territorio salvadoreño era habitado por indígenas que vivían en ciudades-Estado –a inicios del siglo XVI existían dos importantes, Cuscatlán y Tecpán Izalco– que irradiaban su poder sobre poblaciones menores.
La élite, la nobleza, de estas poblaciones elegía al jefe de cada clan familiar, y a la máxima autoridad territorial, casi siempre un hombre, un tata, un jefe. “Un cacique”, como lo apodaron los españoles en el siglo XVI. La función de un cacique era presidir ceremonias, atender tierras comunales, ciclos de cultivo, conflictos internos... Y heredar el cargo a un hijo varón.
Y en un cantón –llamado San Ramón– dicen que un salvadoreño recién ha heredado el cargo de cacique. Que es el único cacique de este país.
San Ramón es un cantón más cerca de la nada que del municipio sonsonateco de San Antonio del Monte. Es un sitio agreste, aislado y sobre todo, pobre. Estos eran los dominios de Adrián Esquino Lizco, “el cacique”. Un título que poseyó hasta 2007, cuando, a sus 67 años, falleció ciego y adolorido por insuficiencia renal. Días antes, platiqué por teléfono con su hijo mayor –su sucesor– y dijo que estaría aquí. Que esta tarde esperaría en lo alto de esta loma para ser entrevistado. Y parece que es el señor que agita una mano en medio de una parcela sombreada por algunos árboles.
—¡Yejyek tiutak! –da las buenas tardes, en náhuat. El idioma Uto-azteca que se hablaba en toda esta región antes de la conquista española.
El señor se presenta como Fidel. Dice ser uno de los dos hijos menores del finado cacique Adrián Esquino.
—Yo también soy cacique, soy “el cacique de asuntos legales”. Margarito, mi otro hermano menor, es “el cacique de asuntos internacionales”, pero vive en Washington –pormenoriza Fidel. Su cacicazgo se aleja de lo tradicional o esperado.
—¿Pero, quién es el cacique-cacique? ¿Quién es el sucesor directo de su padre?
—Ah, es “el cacique espiritual”, mi hermano mayor, Hilario Esquino Lizco. Él nos está esperando aquí cerca en el centro ceremonial indígena. Caminemos.
Fidel se adentra en un sendero. Lo sigue una muchedumbre que viste ropas raídas, la mayoría niños, adolescentes y mujeres jefas de hogar. Ninguno viste indumentarias indígenas, salvo Elba Pérez. Es la única que usa un iridiscente corte indígena, una vincha morada y un huipil, con bordados geométricos, parecidos a los que inventó Fernando Llort en los setenta. Elba dice que es sacerdotisa náhuat, coordinadora de las mujeres indígenas del país. Y viuda... es la madrastra de los tres caciques.
Mientras caminamos, platico con un joven que transporta un enorme caracol de mar, ¿qué hace el cacique por ustedes? ¿Cuál es su papel en este cantón?
—Mire, por ejemplo, cuando hay terremoto, el cacique es el que tiene conectes en Washington. Y él busca “las ayudas”. Toca puertas –resume el joven.
Horas antes, hacía la misma pregunta en varios de los empobrecidos hogares que salpican este cantón. La mayoría aseguraba que el último cacique solo buscaba “ayudas” en el extranjero, pero para quedárselas. Que solo venía aquí para hacer ceremonias frente a indios estadounidenses, cherokees, chipewas o sioux. Y que a los indígenas de este cantón les repartió 75 manzanas de tierra, pero jamás les dio escrituras. Que los dejó en el limbo. Que justo ahorita otra institución reclama las tierras como suyas.
En 1999, un informe gubernamental, sobre prácticas de Derechos Humanos, acusó al cacique de corrupto. La policía lo detuvo por ocupar ilegalmente propiedades de la organización, eso después de que fue removido como jefe. Luego fue exonerado de cargos. Y Esquino Lizco aseguró que todo tenía un trasfondo político. Que el partido ARENA lo amonestó por ser comunista.
De nuevo en el sendero, detrás de unos gigantescos nopales, asoma una especie de iglú de cemento. La comparación es odiosa, teniendo en cuenta que aquí no cae nieve. Pero en mi imaginario de mestizo salvadoreño, la forma de un iglú es quizá lo más cercano a un “temascal”, el antiguo sauna indígena. Junto a él, de pie, está Hilario Esquino Lizco. A quien consideran “el mero-mero cacique”.
—¿Quién decidió que su papá y luego usted fueran caciques?
—Despacio. Soy el único cacique nacional.. Pero, primero, vamos a hacer el rito –aplaza su explicación el cacique de 45 años. Él también lleva una camisa de cotón con bordados llortianos.
El centro del rito es una fogata. Frente al fuego, Hilario aporrea un tambor náhuat, uno alargado llamado “teponaguashte”. A su lado, el joven que transportaba el caracol, ahora lo sopla y lo hace sonar hacia los cuatro puntos cardinales. Mientras, Elba, la sacerdotisa, toca unas maracas. El resto de la muchedumbre hace un círculo alrededor del fuego. Hilario prende una pipa, la pipa de la paz y humea los rostros de los asistentes.
—Con dinero y sin dinero: ¡ANIS! –gritan todos al unísono.
ANIS son las siglas de la Asociación Nacional Indígena de El Salvador. Según ellos, en 1954, el padre de Adrián Esquino Lizco fundó este organismo para conservar su cultura. Eso incluye estas ceremonias y la conservación del idioma náhuat. Un idioma que el actual cacique confiesa desconocer. ANIS tiene su sede en lo más céntrico de la cercana ciudad de Sonsonate. Allí, han adecuado un salón como museo del finado Adrián Esquino Lizco.
En una urna de cristal es exhibida la indumentaria de aquel cacique. Su pantalón y camisa de cotón. Sus caites y su sombrero. En ese museo hay piezas arqueológicas indígenas. Cuelgan placas como reconocimiento por haber participado en eventos indígenas del Darién, México y Arizona. También hay una enorme fotografía que dice “Cacique Esquino Lizco junto a Evo Morales, presidente de Bolivia”. Sin embargo, el espigado y moreno tipo de la foto no es Evo. Debió ser algún otro líder sudamericano.
Antes de despedirme, le repregunto al nuevo cacique, a Hilario Esquino Lizco, que quién decidió que su padre fuera cacique.
—Esto es antiguo. Viene de generación en generación.
—¿El título de cacique se hereda por linaje?
—Algo así –dice Hilario como si no encontrara otra forma de explicarse mejor.
A Hilario se le dificulta explicar que su padre recibió el título de “cacique”, de manera no tradicional. El título no devino por sucesión, ni por linaje nobiliario ancestral. Entre 1950 y 1970, un grupo de indígenas de toda la región de Los Izalcos (Santo Domingo de Guzmán, Nahuizalco, Izalco), simpatizantes de ANIS, lo asumieron como “cacique”. Varios antropólogos y escritores estadounidenses –que han estudiado el indigenismo salvadoreño–, como Mac Chapin, entrecomillan su título de cacique.
Por ejemplo, Virginia Tilley, estadounidense especialista en estudios étnicos y conflictos raciales, describe en su libro “Seeing Indians” que Adrián Esquino Lizco se “autoproclamó” líder espiritual y cacique. Y que no está claro si su ANIS surgió en verdad en 1954 o 1965. Lo que para ella es cierto es que ANIS es el movimiento indígena más antiguo de El Salvador. Y que para 1980 ya tenía personería jurídica.
Eso facilitó que Adrián Esquino Lizco haya denunciado en 1983 al ejército. Ese año –según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos– el ejército masacró a 74 campesinos-indígenas de una cooperativa de ANIS llamada Las Hojas, muy cerca de aquí. Y hasta entonces, su figura de cacique recibió notoriedad internacional, y luego el de la comunidad indígena local. En Estados Unidos, el cacique solía denunciar la última masacre a la comunidad indígena.
Hilario conoce bien esta historia. Y como sucesor, resume que es difícil ser cacique. Que trabaja a la sombra de dos masacres, y viejas acusaciones de corrupción. Que ahorita, por ejemplo, dice que está luchando por la titulación de 75 manzanas de tierras para varias familias del cantón. Incluso este terreno, que perteneció a su padre, está en litigio. Aquí vive Rosenda, su mamá, la ex compañera de vida del cacique Adrián. Ella vive en una escuela de náhuat que Adrián construyó hace mucho tiempo, con fondos venidos de cooperación internacional, que luego se volvieron exiguos para mantenerla. La escuela-casa es un edificio largo, de dos aulas, como los que construye el gobierno. El que era el pasillo, hoy es una humeante cocina de leña.
Hilario me asegura que su cacicazgo –de segunda generación y sin saber náhuat– tiene todas las características de uno legítimo. Que no me confunda con el “Cacique Cansá”, o con “el gran cacique de la Amazonía, Jaime Nolasco”, quienes se publicitan así con tal de vender medicina “natural” o adivinar el futuro.
—Allí andan varios tatas (guías espirituales indígenas) que han tomado cursos en Guatemala. Pero nosotros no somos imitaciones. No somos productos inventados.
Izalco es uno de los poblados de raíz indígena más famosos del país. En 1955, el historiador Jorge Lardé y Larín estimaba que –a la llegada de los conquistadores españoles, alrededor de 1524– “Tecpán Izalco” tenía una población de 4,500 almas. Decía que era el núcleo indígena más densamente poblado del actual territorio salvadoreño.
A Paul Amarolli, un arqueólogo estadounidense radicado en el país, le llama la atención eso y la antigua composición de su nombre: Tecpán Izalco.
—Tecpán significa “palacio”. Y parece indicar que Izalco era sede de una familia real gobernante –dice el arqueólogo.
En el Izalco actual, pocos saben si alguna vez tuvieron nobleza, o un cacique en toda regla. En la Casa de la Cultura saben poco o nada de Félix Turish. No saben ni cómo lucía aquel cacique que salió en la portada del periódico de 1953 oponiéndose al traslado de la campana de Asunción-Izalco. Y que al morir, en 1976, ya no hubo más “caciques”. Para muchos, el único cacique que saben ubicar es el mitológico Atonal, una estatua que adorna el balneario local de Atecozol.
En Izalco lo que hay son algunos organismos indigenistas. Y casi todos sienten resquemor por lo que sucedió recién hace seis días –el 10 de enero–, cuando el partido ARENA arrancó aquí, de nuevo, su campaña proselitista.
—Aquí vive un líder espiritual indígena, el tata Maye. Pero se le olvidó que este año se cumplen 80 años de la masacre (indígena) de 1932. Porque para el mitin de ARENA, que siempre hacen aquí como símbolo de que aquí acabó el comunismo, le regaló una vara patriarcal, a nombre de Izalco, a Cristiani (el expresidente) –se lamentaba un miembro de estas organizaciones.
Ricardo Maye –el tata Maye– es parte de la actual jerarquía indígena. Es nahuizalqueño, pero vive al norte del barrio izalqueño de Dolores. Sobre el techo de su moderna casita ondea una descomunal bandera de ese partido. De la puerta, asoma su rostro color chocolate, recortado por una larga cabellera entrecana.
—Y entonces, ¿usted no es cacique? –pregunto al tata Maye.
—No, yo soy amigo de Dios y del Diablo, ¿me entiende? Pero para vivir soy sacerdote y médico. Ay tán (en la pared) mis cuadros donde dice OPS y OMS.
Los cuadros sugieren que –sin saber leer ni escribir– tomó algún curso de enfermería. En la misma pared cuelgan placas que lo acreditan como fundador del Consejo Nacional Indio Salvadoreño (CONAIS), que según él tiene más de 25,000 miembros. También hay fotografías de finados líderes de izquierda, Schafik Hándal y Farabundo Martí.
—Schafik era mi gran amigo... –y arranca una jerigonza filosofal-étnico-política.
El tata Maye asegura que, en los ochenta, viajaba hasta las serranía de Guazapa y Perquín para llevarle pastillas y algodones a los guerrilleros. Y que, una vez, en San Miguel, se camufló de “indio vendedor de canastos y petates” para espiar cómo el mayor Roberto d'Aubuisson fundaba su partido en casa de un señor llamado José Ángel. Pero el mayor lo reconoció: “¡Vení para acá! ¿Qué estás haciendo aquí?”
—Toy en mi tierra. ¡La tierra de los indios!
Y dice que el mayor se carcajeó. Que le dijo que le cayó bien. Le cedió su copa de vino. Y le recordó que ‘los indios le dieron el poder a Napoleón Duarte, pero que este les dio una patada en el culo’. El tata Maye dice que vio en su actitud una buena señal. Y que eso lo ha motivado a enseñar las necesidades y cultura indígena a políticos de cualquier bandera.
—Le critican que entregara una vara patriarcal indígena a un representante de derecha, sin consultarle a nadie. Y a nombre de Izalco, el escenario de la masacre.
—A esta gente (políticos de derecha) hay que enseñarles de cultura y espiritualidad porque están cero bajo cero. Hay que hacer algo importante. Este hombre (Alfredo Cristiani) ya se comprometió con los pueblos indígenas –dice el tata Maye.
—¿Cómo se comprometió?
—Desde el momento que agarró la vara sagrada.
—¿Y qué prometió hacer por los indígenas?
—No me entendés, estás muy bebito para entender. Aquí solo venís para regañar.
El tata Maye parece molesto. Se ha levantado de la silla donde reposaba. Antes de la despedida, le pregunto sobre caciques. ¿Sabe quién era Félix Turish?
—Que Dios me perdone, quizá cometa un error, pero Turish era un cacique pero de honor, de palabra. Por dedo lo pusieron. No tenía un pueblo que él defendiera, ni pueblo que defendiera sus causas –explica el chamán. Más adelante me explicarán por qué Turish fue un cacique elegido “dedocráticamente”.
—En San Antonio del Monte hay un señor de apellido Esquino que dice ser el único cacique para la comunidad indígena nacional. ¿Lo reconoce usted como líder, como jefe indígena?
— No, porque como él tiene su propia organización y nosotros otra.
Por siglos –hasta hace menos de 45 años– Izalco fue una ciudad que vivía de espaldas a otra. Dividida por una raya, una calle. Dolores, la cara española-ladina, en la zona alta. Y Asunción, la cara indígena, en los bajos.
Del lado indio –frente a la calle “Atlacatl” y la cuatricentenaria campana de Asunción– tiene su casa Julia Ama. Julia es una maestra recién jubilada, de 64 años. Su apellido náhuat la delata como pariente de Feliciano Ama. Es la sobrina-nieta del ese famoso “caudillo indígena” que, en 1932, fue colgado de una ceiba por el Martinato.
—No hay dudas que Feliciano era un líder. Era un líder “per se”, porque era un “cacique”. Y no era comunista, era comunitario.
Julia lo dice sin dejar espacio a dudas, desde la sala de su casa. Esta que también es sede de su “Fundación Ama”, de 12 miembros. De una pared, cuelga un enorme óleo que retrata a Ama cuando estaba apresado. Mientras la mujer que ha contratado para que le asista con los oficios domésticos sirve infusiones de chocolate con anís en tazas de barro, Julia platica que el cargo de “cacique”, era propio de clases altas y se sucedía por linaje. Pero, Feliciano Ama, dice, obtuvo el cargo de su suegro, el poderoso cacique Patricio Shupán.
No está claro si Feliciano Ama pertenecía a la clase alta indígena. Miguel Mármol –el líder comunista que escapó de morir en 1932– decía que Feliciano Ama era rico. Y pese a eso, adoptó la ideología comunista, y para legitimarse se presentó como trabajador (en solidaridad con los campesinos que luchaban por tierras).
Feliciano Ama tenía “bienes”. En su acta de defunción aparece que le deja a su esposa –Josefa Shupán– 16 tareas de tierra en el cantón Huiscoyolate.
En 2003, justo antes de morir, a sus 96 años, Juan Ama –un nieto directo del cacique Feliciano Ama– dijo para un documental cinematográfico (“La memoria del tiempo” de Daniel Flores y Ascencio) que Feliciano fue un cacique, en toda regla. Que hasta habla más náhuat que “castilla”. Pero que no era rico, “era pobrecito, trabajaba con la cuma, era jornalero. ¡Hasta que se casó se fue levantando!”
Julia Ama, quien continúa en la sala de su casa, cuenta que Feliciano Ama recibió la asunción a cacique luego de lo que le pasó a su suegro. Algo que no sabe si ocurrió en 1917 o en 1924.
—Patricio Shupán era el mero cacique de Izalco. Para favorecer a su comunidad, sobre todo porque muchos ladinos ambicionaban sus tierras, mediaba con la dinastía (presidencial) Meléndez-Quiñónez. Un día fue a Casa Presidencial y quizá allí lo envenenaron con algo que le pusieron en la comida. Falleció cuando venía para acá, en el tren –cuenta Julia, a quien algunos izalqueños llaman “princesa”, porque consideran que tiene algo de la antigua élite del lugar.
Antes de despedirme, le pregunto por Félix Turish, el cacique que aparece en la tapa de un periódico de 1953. Me dice que él tuvo tres hijos y que ya murieron, a excepción de una a la que podemos visitar. Vive del otro lado de la carretera que une a Sonsonate con la capital, en el barrio indígena por antonomasia, Cruz Galana. La casa está encaramada sobre la cima de una lomita pétrea. Allí, sentada en una silla plástica, aparece la hija de 86 años de Félix Turish, Teresa.
—¿¡Quién decidió que su papá fuera cacique de Izalco!? –pregunta, en voz alta, Julia Ama a Teresa Tespan Turish. Hay que hablarle fuerte para que escuche.
—¡El presidente le dio el poder! Él estaba joven y dijo en su casa: “Mire, mamá, voy a ir a San Salvador a hablar con el presidente”. Y allí fue que lo dejaron de cacique.
Teresa se toca la peineta que ciñe sus canas, como acicalándose para decir algo de manera más bonita, más diplomática: “A mi papá lo pusieron (como cacique) para que se quitara aquí eso de molestar gente”.
América Rodríguez Herrera, doctora en antropología, dice que el cacicazgo de Félix Turish –creado desde San Salvador– tenía la función de controlar políticamente a los indígenas, luego del genocidio de 1932, y favorecerlos en sus reclamos en contra de los ladinos locales. Otros antropólogos e historiadores ven a este cacique como un arreglo moral. Desde la conquista española, fueron eliminados los líderes indígenas.
—Turish fue un mediador muy importante entre los indígenas izalqueños y el presidente y el ejército. Algunos informantes ladinos e indígenas señalan que “tenía entrada directa en cuarteles y Casa Presidencial” –describe la antropóloga.
Lo que Teresa, la hija de Turish, sabe es que Turish envejeció y fue perdiendo acceso a las cúpulas de poder. Ya no se entendía con presidentes, sino con delegados de la Secretaría de Cultura. Según la nota del periódico de 1976, falleció pobre a los 84 años, y en San Salvador. Allí, intentaba cruzar una céntrica calle, cerca del Almacén Europa, “cuando un vehículo lo lanzó a la cuneta”.
Antes de despedirme, muestro las fotografías de Félix Turish a su hija. Al igual que en la Casa de la Cultura, ella dice que no tiene ni una. Se acerca la foto a los ojos y dice “aquí sale bien mi papá... nunca se quitaba el sombrero, pobrecito”. Y le pasa la imagen a una nieta y bisnieta que nunca lo habían visto. El único recuerdo tangible del cacique es una imagen de Santa Rosa de Lima (la de la cofradía que le heredó) y un antiguo portarretrato, donde aparece la fotografía de un militar que nadie sabe ubicar por nombre o época.
—Su papá tuvo dos hijos varones, Ignacio y Gilberto, ¿por qué ninguno continuó siendo cacique? –le pregunto a Teresa.
—No, porque eso lo dio el presidente. Y además, el mayor (Ignacio) vivía por acá cerca, pero en eso construyeron esta carretera y quedó del otro lado. Un día se quiso pasar la calle y “ay” lo atropellaron también.
—El otro hermano quizá tampoco quiso seguir con el cacicazgo porque sintió que no era correcto. No procedía que continuara el linaje –interviene Julia Ama, la descendiente del otro cacique. Ese al que algunos consideran el último cacique “legítimo” de Izalco.
Teresa Tespan Turish y Julia Ama dicen que el barrio Cruz Galana tiene su importancia histórica, o cultural, según se vea. En medio del barrio –antiguamente salpicado de ranchos pajizos– continúa inamovible una piedra que llaman “La huella de la Conquista”.
En teoría, en 1524, las huestes de Pedro de Alvarado batallaron contra los indígenas de Tecpán Izalco. Dicen que la lucha fue cruda. Tanto, que quizá hubo un fuerte incendio que calentó el suelo arcilloso, y así el conquistador pudo dejar su rúbrica (la de su calzado).
Más que esa huella, las descendientes de los caciques Ama y Turish me sugerían visitar al representante de una institución indígena que ha logrado sobrevivir a todo tipo de adversidades: la Alcaldía del Común. El máximo órgano de poder entre los indígenas. El año pasado, para el Bicentenario, la Asamblea les entregó una medalla por ser una de las instituciones culturales más antiguas del país.
Tito Reyes Pasin es el actual alcalde del común. Tiene 59 años. El mismo tiempo que ha pasado desde que se impidió el traslado de la campana de Asunción. Es un tipo sencillo, un albañil moreno y flaco, muy listo. Vive en una especie de mesón familiar. Vive al lado del “rancho” de su madre, una nahuahablante.
—¿Un alcalde del común devenga salario? –pregunto al alcalde.
—Aquí es al contrario. Aquí tenemos que ver de qué manera conseguimos palear los gastos que esto lleva –descose su explicación Tito Reyes.
Tito me explica que la Alcaldía del Común es un resabio de lo que antes era. Era la institución paralela a la alcaldía española. Tito muestra un libro –del historiador Pedro Escalante Arce– que remonta su institución hasta el siglo XVI. De hecho, en 2009, cuando la mayoría de mayordomos de las cofradías lo eligieron como alcalde, se dio cuenta, en sus archivos de inicios de 1900, que su bisabuelo había sido alcalde del común también, Sotero Pasin.
—¡Esa es la diferencia entre un cacique y un alcalde del común! Un cacique recibe el cargo por herencia. A un alcalde del común lo nombran, lo eligen por consenso. Félix Turish, como cacique puesto desde fuera, se sometía a esta a alcaldía.
Tito trata de explicarme su función: “A la Alcaldía del Común la han ido reduciendo. Se atienden cofradías (son 38 en Izalco) y se vigila el cumplimiento de las costumbres indígenas durante las celebraciones. Pero, antes, manejábamos tierras comunales. Y teníamos el dominio del agua que consumía gran parte de Izalco”. Tito añade que él tiene la verdadera “vara de autoridad indígena izalqueña”. Y que la otra, la que le dieron al expresidente Cristiani, no es representativa.
—¿Y cómo es su relación con el alcalde oficial de Izalco (Roberto Alvarado, del FMLN)?
—Umm... ha sido buena... Él quiso que alguien de la comunidad estuviera en su consejo. Pero no lo vimos prudente: la masacre del 32 tuvo causas políticas. También ya nos han invitado a participar en exhibiciones de costumbres izalqueñas, ¿la comunidad indígena es imán de turistas? Yo creo que ya se arrepintieron de habernos invitado. Pero no somos postales, ni boletas institucionales. ¡Tenemos que darnos a respetar!
En Izalco existen reminiscencias de la importancia que le daban a su alta jerarquía. Aún hoy, los que se autoproclaman chamanes, para hacer curaciones, invocan a espíritus de caciques o alcaldes del común. Líderes que han demostrado lucha y sacrificio por su pueblo.
Antes de despedirme, le muestro a Tito la fotografía del rostro de Félix Turish. Tito se empuja sus lentes para verlo mejor. Y dice que cree que el presidente Óscar Osorio lo puso como “cacique”. Y que los izalqueños no lo querían por eso.
—¿Y sabe por qué lo terminaron por aceptar aquí?
—No, no lo sé.
—Porque no dejó que trasladaran a Sonsonate la campana de Asunción. Él se puso fuerte. Y la gente lo apoyó. Allí andaban con hachas, garrotes, machetes, carteles (como una mini insurrección). Como a Izalco lo descabezaban, lo dejaban sin sus líderes, la comunidad terminó aceptando a Turish, a sabiendas de que no era un cacique de verdad.














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