Revistas > Séptimo Sentido > Historias sin cuento

Compartir

Historias sin cuento

Álbum de libélulas (XXXIV)

Escrito por David Escobar Galindo
Domingo, 05 febrero 2012 00:00
Imprimir E-mail Facebook Google Twitter

 

274. CONSEJOS VARIOS

 

Abrió el libro en la página 168, y leyó una línea: “Toda oración es una súplica, y el pedir no existe cuando hay claridad y el corazón está liviano”. Parecía escrita para él en ese instante preciso. Estaba a punto de pedir un favor divino, de ésos que urgen. Levantó la vista del texto y la dejó escapar por la ventana hacia el horizonte. Sus finanzas ardían, su familia estaba a punto de colapsar, su salud sufría las consecuencias. ¿Por dónde empezar las peticiones? Suspiró a profundidad. Un pulso desconocido estaba empezando a aletearle en la conciencia. Y las potencias del alma iban a su encuentro. Cuando se hallaron, chisporroteó una voz: “Tú eres Dios, pídete a ti mismo”. Estaba a punto de comprenderlo. Pasó a la siguiente página: “Sólo el poder arrollador de la comprensión puede terminar con el dolor”. Cerró el libro. Krishnamurti sonreía en la portada.

 

 

 

 

 

 

275. FANTASÍA LIGERAMENTE BUROCRÁTICA

Estaba de nuevo en su escritorio, y había infinidad de papeles por revisar. La ausencia no había sido larga, pero en esos días los papeles parece que toman la decisión de aglomerarse, para que el viajero tenga al llegar la sensación angustiosa de que ha descuidado sus deberes en forma alegre e irresponsable. Buena manera de hacer sentir arrinconado emocionalmente al prójimo. El azar es experto en ese tipo de recursos. Pero el caso era que estaba ahí, entre aquel caos de papeles… ¡Caos! La palabra perfecta en el momento preciso. Se levantó de su asiento y juntó las manos en actitud de concentración trascendental. A su alrededor, sin ser visibles, los duendes de la imaginación aguardaban. Él empezó a sentir, desde adentro, la energía creadora. Y lanzó por fin la orden decisiva: “¡Fíat lux!” Los papeles volaron en remolinos, el aire recuperó su libertad…

 

 

 

 

 

 

276. LA SUERTE ATA SUS CABOS

Siempre había sido maniático de los juegos de azar, con la variante personalísima de que sus juegos no eran simples formas de atar los acontecimientos más triviales con los designios de la suerte. Estaba en su despacho, con un montón de papeles por firmar. En cada uno de esos papeles había una decisión importante para el negocio. Entró su asistente, la rubia, y unos instantes después la encargada del servicio, la morena. Absorto en la revisión de papeles, dejó que la asistente le agregara más al legajo y que la joven del servicio le sirviera su tazón de café negro. Las vio salir. Y el juego empezó. “Voy a las firmas; si alguien entra, suspendo, y todos los papeles que falten se quedarán en suspenso”. Faltaban unos cuantos cuando asomó la morena. El papel que seguía era su renuncia al cargo de director de finanzas de la empresa. ¡La suerte no quería dejarlo ir!

 

 

 

 

 

 

277. ELLA SABE LO QUE DICE

 

La sesión ha sido prolongada, y es que los puntos en agenda, que son una lista larga, podrían resumirse en uno: cómo reparar los estragos de la memoria mal vivida. El primero en hablar fue él, y luego de su alegato, mucho más emotivo que racional, han venido todos los demás en camándula que ha girado varias veces. Casi es el momento del refrigerio cuando ella aparece. En un primer momento, nadie parece advertirlo. Ha entrado al salón por una puerta lateral, y se ha quedado de pie junto a una columna del fondo; pero su magnetismo natural es tan potente que sólo se requieren unos minutos para que todas las miradas la busquen. Ella, impávida, toma la palabra: “Queridos amigos imprudentes, empiezo por decirles que ustedes nunca entenderán mis razones más sutiles… Yo, la memoria, les exijo que no me atribuyan sus propios escombros…”

 

 

 

 

 

 

278. DÍA DE GUARDAR

 

Hoy en 9 de junio, y el día ha amanecido con nublados benignos. Hablo del día exterior y del día interior. Salgo, pues, a la intemperie, que este día me resulta aún más evocativa. De pronto me doy cuenta de que voy caminando con los ojos cerrados, quizás porque la luz que busco no es la que revolotea entre las frondas. La luz que busco es el destello de una veladora. Al hacérmelo patente en la conciencia, abro los ojos, y el entorno que percibo es completamente ajeno al que me rodeaba cuando salí. Voy caminando por un corredor con cielo de tejas vistas. Es aquel corredor, y ella, mi madre, está allá al fondo, en su máquina de coser. La pregunta es innecesaria: sí, ya lo sé, borda el mantel de grandes campánulas azules. Lo estrenaremos en la próxima Navidad. Pero hoy es 9 de junio, el día de su tránsito. ¿Tránsito? Sonreímos. Un calendario inútil nos observa.

 

 

 

 

 

279. VEREMOS QUÉ PASA

 

El espacio es ínfimo y está maculado de penuria. No hay nada que invite a quedarse ahí, salvo el colchón que está en el centro y en el que todos los juegos de luces siderales se hacen posibles. La puerta se abre con chirrido de moho y ellos entran. Qué oscuro. Voy a prender la lámpara. Apuráte, pues. Ya encendida, la lámpara mortecina hace que la oscuridad protectora se vuelva penumbra siniestra. Pero qué importa. Hay prisa. El rito apremia. Ropas al aire, que caigan donde quieran. El colchón está listo. Cuerpos desnudos. El de él huele a orégano; el de ella, a albahaca. Imagen culinaria, para estar en onda. Las luces siderales hacen fosforecer sudores. Hasta que la lluvia de destellos se trenza con el surtidor de gemidos. Ya estuvo. Él entonces tiene un flashazo. Va a ver en la bolsa del pantalón percudido: “¡Se me olvidó el condón!” ¿Y entonces?

 

 

 

 

 

 

280. CONJUNCIÓN DE DESTINOS

 

Los ligeros impulsos de los seres de la espesura hacen constante el concierto silvestre y natural en sordina. Acaba de cruzar un conejo nervioso, como es la imagen que tenemos de su especie; pero de súbito se queda convertido en una pequeña esfinge, de la que irradia un fulgor de sabiduría. Por ahí, entre el desorden de ramas, la mariposa más radiante de los alrededores hace su gira matinal; cuando de pronto parece ser atrapada por las fauces de la sombra, justamente está en medio de un esplendoroso haz de benignos rayos solares. Sobre el musgo húmedo, la oruga se desliza hacia el tronco corroído; y en el trayecto la aplasta el peso de una rama seca que cae desde lo alto. Le toca a él. Es un simple caminante, necesitado de atesorar frescura respirable y absorbible por los poros para sentirse vivo. Y en ese justo momento le viene el infarto.

 

 

 

 

281. CLARIVIDENCIA SÚBITA

 

Se piensa que todas las preguntas tienen sentido; pero aquélla era un mero golpe de luz. Cuando ella me respondió “Sí” lo comprendí. Nuestra vida en común podría no tener sentido, pero la llamarada celeste que habría de envolverla era el augurio de que seríamos felices para siempre.

 

 

 

 

 

282. PRUEBA DE ARTISTA

 

Dios existe. En serio. He hecho cuantas indagaciones son imaginables y la certeza me la dio el celaje. Si Dios no existiera todos los cielos permanecerían en blanco.

 

blog comments powered by Disqus
Publicidad

Publicidad