Morir para soñar
“¿Qué haría yo en el Ejército? Ni siquiera me gustan los deportes, lo mío son las letras”, me dijo Estuardo, quien con dos años llegó de Guatemala.
Escrito por Julio Marenco*Domingo, 05 febrero 2012 00:00
OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos
Antónimo gradual
*Periodista salvadoreño radicado en Washington
“Si estos jóvenes están dispuestos a morir por Estados Unidos, en verdad que merecen una oportunidad para vivir aquí.” Así presentó recientemente el congresista cubano-americano David Rivera la nueva versión del Dream Act en el Congreso. Apropiadamente, el nuevo proyecto de ley se llama se llama ARMS por sus siglas en inglés. La idea de esta legislación es que los jóvenes que fueron traídos a EUA como indocumentados por sus padres tengan la oportunidad de regularizar su situación migratoria únicamente si deciden enlistarse en el Ejército.
En cualquier situación posible, reemplazar sueños por armas es por decir lo menos, fusilar los sueños de cerca de 800 mil jóvenes, la mayoría con deseos de asistir a la universidad y convertirse en ciudadanos del único país que conocen. La idea de que la única contribución que pueden hacer a este país –o la única que EUA quiere de ellos– es tomar las armas y, en última instancia, morir por él es despreciable.
Pero la iniciativa no es original de Rivera. Fue una idea que comenzaron a girar los candidatos republicanos Mitt Romney y Newt Gingrich en los interminables debates que se han convertido ya en una especie de circo político para el cual parece haber un apetito insaciable, por lo menos para las grandes cadenas de televisión. Romney dijo abiertamente que vetaría el Dream Act. Gingrich contempla posiciones más humanas, según sus propias palabras, aunque en las últimas semanas se adhirió a la idea de un Dream Act solo para los que quieran convertirse en soldados.
“¿Qué haría yo en el Ejército? Ni siquiera me gustan los deportes, lo mío son las letras”, me dijo Estuardo, quien con dos años de edad llegó de Guatemala junto con sus padres. Su sueño es convertirse en abogado y ser un fiscal federal para defender a EUA aplicando las leyes que han hecho a este país grande.
Me pregunto qué habría sido de Alfredo Quiñones, el Doctor Q, como le llaman en el Hospital de la Universidad Johns Hopkins, en donde dirige el programa de neurocirugía oncológica. Antes de ser el Dr. Q, graduado de las universidades de Berkeley y Harvard, Alfredo cruzó la frontera entre México y EUA a los 17 años traído por sus padres que perdieron casi todo lo que tenían por la mala situación económica de su país. “En aquellos años solo había una cerca alambrada en la frontera y mi padre me ayudó a cruzarla del lado mexicano, así la cruzamos todos un día”, me dijo Alfredo en una entrevista el año pasado.
Lo que hizo la diferencia en la vida de Alfredo, como él mismo me lo dijo, fue el tener unos mentores que le abrieron la puerta a la educación que necesitaba para pasar de recoger tomates en el valle de San Joaquín al quirófano de Johns Hopkins. Entre esos 800 mil jóvenes que esperan el Dream Act podría estar el nuevo Alfredo Quiñones, quién sabe. Por el momento lo único que el Partido Republicano quiere de estos jóvenes es que acepten ser los soldados para sus guerras presentes y futuras.
La carrera militar es honorable y merece todo el respeto y consideración. Requiere un nivel de sacrificio y dedicación especial que la hace no solo un trabajo, sino un estilo de vida. Pero me pregunto qué habría pasado si la única opción para los cubanos al escapar de Cuba hubiera sido unirse al Ejército. La comunidad cubana ha progresado y triunfado en EUA en gran parte porque no tiene que preocuparse por su situación migratoria gracias a las leyes de pie seco, pie mojado. Ello les ha permitido educarse –en las áreas que prefieran– y triunfar en un país de oportunidades. De allí que una ley como ARMS, proveniente de un cubano-americano, sea doblemente decepcionante.














Subir


