El Animadversador
Comprendo que somos un país muy lastimado. Pero me resisto a creer que la animadversión ayude a solventar problema alguno.
Escrito por Orus Villacorta*Domingo, 19 febrero 2012 00:00
OPINIÓN (Desde allá) México
Va por la Chapultepec
*Periodista salvadoreño radicado en México, D.F.
“Hay que cambiarle nombre a nuestro país, convertirnos en ciudadanos de la República de El Animadversador, en la América Central”, ironicé a través de mi cuenta de twitter, el pasado miércoles en la tarde. Recién acababa de leer los comentarios que mucha gente escribía en la versión web de este periódico a raíz del terrible incendio que se llevó la vida de más de 350 reos del penal de Comayagua, en Honduras. A continuación reproduzco algunos de los comentarios (respetando las respectivas profanaciones a la ortografía y la sintaxis, ya que nos informan acerca del posible proceder de cada pluma):
—“Esos hondureños... nos ganan en futbol y ahora nos ganan en ingenio y coraje para deshacerse de la basura!!!”
Para este lector, los presidiarios son sinónimo de basura. Además hay que tener “ingenio y coraje” para deshacerse de ellos. No considera de ninguna manera la posibilidad de que entre las rejas de nuestras cárceles existan reos cuyos delitos carezcan de un dolo suficientemente grave para salvarse de la pena de muerte.
Hace 10 años, por cuestiones de reporteo, recuerdo que visité el Centro Penal La Esperanza –o Mariona, para los menos entendidos– con el fin de entrevistar a algunos de los involucrados en el caso de la “Tormenta Tóxica”, en el que la policía capturó en una fiesta realizada en un rancho de la playa Amatecampo a algunos presuntos involucrados en el tráfico de drogas. Más allá de las sentencias o exoneraciones realizadas en aquel caso, recuerdo a los jóvenes con los que hablé. Alguno de ellos ya era conocido mío. Algunos incluso guardaban relación o parentesco con personas de mucha estima para mí. Sin embargo, para el lector, por el simple hecho de haber caído tras las rejas, personas como aquellas merecerían morir calcinadas. Solo falta tener “ingenio y coraje”.
Comprendo que somos un país muy lastimado, que muchos de los victimarios de nuestras víctimas son reclusos de nuestro sistema penitencial, que nuestros gobernantes han fomentado la expiación y la purga. Pero me resisto a creer que la animadversión ayude a solventar problema alguno.
—“Ojala y muy pronto se quemen todas las carceles de el salvador asi ya no tenemos que darles de comer a esas pestes que estan alli comiendo de los impuestos que nosotros pagamos primero matan roban y despues nos toca que darles de comer, espero que pronto se quemen todas las carceles”
Un reo no merece ni comida. ¿Cómo va a merecer la vida? Los impuestos no son para eso. Son para otra cosa. Todas las cárceles en el salvador están llenas de “pestes”. O por lo menos eso es lo que opina el lector.
Déjeme contarle algo que le ocurrió a un colega periodista salvadoreño. Una noche, por estar consumiendo bebidas alcohólicas en un lugar no autorizado para hacerlo –y en un horario que superaba con creces los límites de la ley seca– y por desafiar “las maneras de proceder” de la autoridad, mi colega terminó preso en una de las celdas de la delegación policial Zacamil. La experiencia fue retratada en un texto publicado por la extinta Revista Enfoques y que usted puede encontrar fácilmente en internet con el titular de “Territorio de la PNC, soberanía de nadie”.
No sé si nuestro estimado lector sabe que el sistema penitenciario salvadoreño hace mucho tiempo que colapsó. No sé si nuestro estimado lector sabe que debido a la sobrepoblación en los centros penales, el sistema ha estado colocando a muchos capturados –que en su gran mayoría esperan sentencia– en las bartolinas policiales, que están fungiendo labores de cárcel. No sé si nuestro estimado lector, cuando habla de su deseo porque se quemen “todas las cárceles”, incluye también a las bartolinas. No sé si lo sabe –y si no, le informo–, que el colega al que hacía referencia en el párrafo anterior escribe una columna en esta revista de manera periódica. No sé si nuestro estimado lector quisiera darle fuego a la “peste” de César Castro Fagoaga.














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