RESPIRACIÓN FRATERNA
Desayunaban con la ventana abierta hacia el horizonte de colinas resecas y arboledas desabrigadas. El aire parecía haber despertado con una modorra inocultable. No había pájaros en los alrededores; o, al menos, no había vuelos ni cantos de pájaros. Las dos mujeres y el hombre presentes en torno a la mesa masticaban también con desgana, como si no tuvieran ningún entusiasmo por sentirse satisfechos. Era un simple ejercicio de rutina, a la que habían vuelto mecánicamente después de aquella experiencia traumática que no querían recordar.
El hombre aspiró con hondura, como si necesitara reconciliarse con el aire. La mayor de las mujeres le preguntó sin fijarle la vista:
--¿Estás bien? ¿No te duele nada?
Él hizo un gesto de displicencia:
--No, no me duele nada. ¿Qué podía dolerme?
Siguieron comiendo. Era domingo, lo que le daba a la escena un tono ligeramente fantasioso. El domingo es el día del reposo, y eso compromete tanto a los músculos como a las neuronas.
La luz solar sí parecía estar contenta consigo misma. Se derramaba por todas partes como un aceite inspirador. Llegaba hasta la mesa alrededor de la cual se hallaban sentados. El hombre extendió las manos como para tocar el rayo de sol, y así se hizo patente que sus manos habían adquirido una curiosa transparencia. No eran las manos de un hombre común.
La mujer más joven se fijó en eso. Y la fijeza de la mirada hizo que la otra mujer le hiciera un gesto casi de reconvención. La más joven apartó la mirada y se quedó pensativa. Entretanto, el hombre bostezaba, como fatigado, aunque a todas luces no fuera una fatiga usual.
--Puedes descansar un poco más si quieres le dijo la mujer mayor, con cierto aire materno.
--Estoy bien dijo él, retrayéndose.
Se hizo un silencio, que fue roto abruptamente por aquel arrebato de voces que se detenía ante la puerta de entrada a la casa:
--¡Ocurrió, ocurrió!
Los tres pusieron gesto de expectativa extrema, cada quien a su estilo. Sonaron los golpes en la puerta:
--¡Ocurrió, ocurrió! ¡Salgan a comprobarlo!
La mujer más joven se incorporó y fue a abrir. Enfrente, el grupo de vecinos era la encarnación de la ansiedad incontrolable:
--¡Resucitó, resucitó, resucitó! ¡La piedra de la tumba está corrida y adentro no hay nadie! ¡Resucitó, resucitó, como estaba anunciado!
Las dos mujeres salieron de la casa, seguidas por la pequeña multitud. El hombre se quedó adentro, inmóvil, ensimismado en la espesa bruma de su propia experiencia. Alrededor, el silencio era su única compañía. Un silencio que le empujó el susurro que nadie podía oír:
--¡Pobrecito, yo sé lo que es eso!
HISTORIA PARA SOÑOLIENTOS
Allá, a lo lejos, sobresalía aquella construcción que evidentemente era muy antigua. Los lugareños conocían el monumento con un nombre enigmático: el castillo que supo despertar. A alguien se le ocurrió, de seguro a alguno de aquellos excéntricos que llegaban al lugar a pasar temporadas de retiro o de trabajo ensimismado, y los demás repetían el mote de manera mecánica. Lo cierto es que aquel castillo era el emblema de la comarca, como había dicho otro de los forasteros contemplativos, que se reunían en la única fonda de los alrededores: la Estancia del Farol, que por cierto no tenía ninguno.
Desde la terraza de la Estancia se divisaba el castillo. Y no faltaba el concurrente que contara una historia sobre el mismo. Con todas aquellas historias se hubiera podido armar un texto voluminoso, apto quizás para convertirse en best seller, si es que los relatos se adobaban con los picantes que hoy tanto atraen. Era un constante concurso de inventivas variadas, a escoger.
Como asiduos a la Estancia escuchamos muchas de tales historias, pero una, quizás por esas razones de la sensibilidad íntima que tiene sus propias claves, se llevó la palma. A ver si la recordamos con el suficiente detalle:
Después de participar en mil campañas, el señor dispuso asentarse en un lugar suficientemente apartado, que tuviera horizonte pero que también pudiera servir de refugio. La cabalgadura lo llevó hasta el valle bordeado de colinas, con un río manso en medio. Sitio ideal. Apenas unas cuantas cabañas en los alrededores, y un poblado mínimo para justificar el santuario con su torrecilla de piedra que parecía salvada de un escombro.
Se aposentó sin mayores trámites. Eran tiempos de tomar posesión, no de firmar escrituras. Y la posesión elegida fue la colina mayor, con un trozo de la falda del valle y suficiente acceso al río. Llegó, vio y construyó. Pero la construcción parecía resistírsele, por razones desconocidas. Entretanto, se había amancebado con una doncella del ambiente, que tenía ojos de turquesa y piel de porcelana.
Una noche, estando ambos desnudos en el rústico lecho de la única pieza que se hallaba habilitada, ella pareció entrar en repentino trance. Él imaginó al principio que era la antesala del orgasmo, pero de inmediato tuvo que sospechar que había otros pulsos en juego.
--¿Estás despierta o estás dormida?
--Ni una cosa ni la otra le respondió el acezante murmullo--: sólo atesoro el mensaje.
--¿Mensaje? ¿De quién? ¿De qué?
El murmullo se disolvía en sí mismo, sin entregar la pista de su misterio.
A la mañana siguiente, todo estaba envuelto en neblina. Vinieron días de temporal infatigable, y los alrededores se fueron inundando, hasta parecer que todo quedaría bajo el agua. No había cómo detener aquel diluvio, y, al final, lo único visible era la punta de la pequeña torre, con su cruz anhelante. Pero el agua continuó subiendo, y tampoco la cruz se salvó de la crecida. Todos los habitantes habían huido, menos el señor y su dama.
¿Cuánto tiempo duró aquella asonada natural? Nunca pudo precisarse. Lo cierto es que las cosas tuvieron que volver a su estado originario. Y al hacerlo, se fue produciendo el retorno de los antiguos vecinos. No quedaba nada del poblado original, ni siquiera la torrecilla con su cruz. Lo que había ahora era esa extraña construcción, emergida de quién sabe qué misterio del subsuelo. Un lugareño se animó a penetrar en ella y fue recorriéndola, hasta que llegó a aquella estancia, que a todas luces servía de dormitorio. Ahí, en su lecho, los cuerpos abrazados y desnudos estaban sumergidos en un tranquilo sueño.
El lugareño hizo el impulso de retirarse, pero en ese justo segundo despertaron los durmientes. Él se incorporó y ella se arrebujó en su sábana de blancura impecable:
--¿Quién anda por aquí? preguntó el señor.
--Disculpe, sólo venía a ver si todo estaba en orden.
--Perfectamente en orden, amigo. Quizás hemos dormido demasiado. Ayer llovió mucho, y las atmósferas húmedas dan modorra. Retírese, por favor, que tenemos que vestirnos para iniciar nuestro día.
ATARDECER EN GRACIA
En el viejo tocadiscos va girando el longplaying con las canciones de Joan Manuel Serrat. Es aquel disco dedicado a Antonio Machado, en el que aparecen algunas canciones del poeta, aderezadas con el estilo de Serrat.
yo amo los mundos sutiles,/ ingrávidos y gentiles/ como pompas de jabón. Ahí, mientras las armonías despiertan al impulso giratorio, tras la puerta abierta la luz abrillanta los ladrillos del corredor, y, al otro lado de la tela de alambre, el gran naranjo de ramas extendidas muestra su cosecha dorada y, hacia abajo, en la calle en declive, los pinos australianos emergen como guardianes majestuosos. Sí, pero aquí está la música. Y, de pronto, el dato preciso: esos versos de Machado pertenecen al libro Campos de Castilla, de
1912.
Las notas florecen. Los números cuentan. La tarde va soltando sus velos giratorios. Los versos tienen un siglo. Los sones de Serrat están prendidos de los hilos radiantes del año 1969. ¿Y hoy qué día es? El disco de vinilo a 33 RPM se detiene. En algún lugar de la galaxia campesina una pequeña banda conmemora los 100 años de los Campos de Castilla. Atardece. Y el Sol sonríe frente al paisaje, sin atreverse a mirarle a los ojos.