OPINIÓN (Desde acá)
Escribiviendo
*Escritor y miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua
Para mi satisfacción personal he adquirido un lector electrónico, pero como me atrae el interés social, he promovido la tecnología para que mis nietos no mayores de cuatro años tengan siempre un equipo electrónico disponible para que puedan buscar juegos educativos ¡y aprendan solos! Y lo manejan bien: resuelven rompecabezas, pintan, escriben. Esto lleva a preguntarme: ¿Estamos preparando a la docencia para dar seguimiento a estos aprestamientos? En mis conversaciones con futuras profesionales les hago ver el tema que muchos desconocen. No importa. Lo fundamental es despertarles interés, informarles, entusiasmarlos, y más si son estudiantes universitarios de educación parvularia. Ustedes no pueden ignorar el manejo independiente que los infantes desarrollan para aprender por sí solos con los juegos, les digo, tienen un reto, esto no es teoría. Está comprobadísimo.
La tecnología es para niños y para adultos y por eso me entusiasmé al adquirir el lector electrónico, para comprar libros e incorporárselos. El juguete tiene capacidad para 1,500 obras, con precio más bajo que un libro en papel. Si lleno este cupo puedo vaciarlo y comprar nuevos títulos. Y pagando una cuota mínima anual, pueden prestarme libros de una biblioteca con 200 mil libros electrónicos. El aparatito pesa 170 gramos, cabe en mi bolsillo, y su tinta electrónica hace más agradable la lectura que el libro en papel. Y así, el mundo del libro y la lectura se vuelven más accesibles.
Los infantes aprenden jugando; y los adultos leemos y ahorramos pues el precio del libro digital es más cómodo; además, en la pantalla es posible subrayar y hacer apuntes al margen. Basta un leve toque para pasar las hojas o buscar las otras obras.
A propósito, desde 2006, desde mi responsabilidad pública, estoy enfrascado en la digitalización de libros salvadoreños para incorporarlos a nuestra propia biblioteca virtual, que facilite los libros salvadoreños en Australia, en Estados Unidos, en Canadá, en Europa, a nuestros compatriotas de la gran diáspora que nos apoya con remesas. Porque, no nos atengamos, los nostálgicos son los padres, pero sus descendientes se educan en otro idioma y con otros valores. El documento digital le da a la familia lejana los medios para educar en casa al niño al regresar del kínder o de la escuela primaria. Facilitándoles obras nacionales los tendremos más cerca de nuestros valores. Vale la pena invertir. Es un sueño que se está haciendo realidad en la Biblioteca Nacional.
A todo se agrega que AECI, desde la Universidad de Barcelona, ha financiado y ha apoyado técnicamente para crear un consorcio que incluye a nueve universidades de El Salvador, más la Biblioteca Nacional. Dicho consorcio ha adquirido una suscripción a bases de datos con revistas y libros electrónicos, a un costo de $368,615.
La base de datos comprende obras y revistas académicas de Europa y Estados Unidos, con posibilidad de ser traducidas al español a tres segundos del clic. Son casi once mil libros digitales y más de once mil revistas de diversos contenidos de las ciencias. El servicio ya se da en las instituciones consorciadas; pero el investigador puede visitar las bibliotecas universitarias, o la Biblioteca Nacional, y copiar artículos de revistas o fragmentos de libros en una USB personal. Todo gratuito.
Imagínense el gran aporte para estudiantes, para graduandos e investigadores: contar con publicaciones recientes, incluso de 2011, revistas y obras de universidades del primer mundo. A la red del consorcio se agregará un repositorio con obras de cultura y literatura salvadoreña que llegará al mundo por internet. ¿Milagro? La utopía está en el horizonte, pero se alcanza caminando.