Rutina. Antonio Tomassino, en primer plano, vive con filosofía. Todo el día pasa cantando boleros y, si se puede, hasta baila.

Esperar. Todos esperamos algo de la vida. Una pareja. Un aumento. Una cura. A sus 88 años de edad, Jesús Umaña dice estar esperando, con apetencia, su propia muerte. Pero todavía tiene fuerzas. Y de momento –y lo dice sonriendo– no le queda más que esperar a que sea mediodía.

La hora del almuerzo, el mediodía, es la misma hora en la que puede reunirse con una esposa, la que ya ha olvidado que llevan más de 66 años casados. Y, con suerte, a esa misma hora, talvez alguno de sus ocho hijos lo haga sentir recordado con una visita.

—A propósito, ¿no sabe qué hora es? –pregunta Jesús Umaña, desde un sofá impermeable.

—Son casi las 12.

—¡Huy, entonces ya es hora!

Jesús Umaña se pone de pie. Toma su bastón de fuste salomónico y, como si fuera a hacer un largo viaje a campo traviesa, se cuelga una cebadera al hombro. Y arrastrando sus zapatos, se marcha en dirección a la “sección femenina” del San Vicente de Paúl. Más tarde sabré más de él.

El San Vicente de Paúl no es un asilo... En realidad sí lo es. Los entendidos no saben decir si el término “geriátrico” y “asilo” es algo peyorativo o satanizado. En supuesto, la tendencia actual es utilizar algún eufemismo. Residencia. Casa de reposo. Club de la “Tercera Edad”. Por ejemplo, el Sara Zaldívar, el más grande de la red pública, ahora lo llaman “Centro de atención de ancianos”. A este, en cambio, lo llaman “Hogar”.

Este es el hogar de 77 ancianos. Uno al que algunos ubican como de clase media. Quizá porque vive de espaldas a la Universidad Centroamericana (UCA) y la Escuela Alemana, en Antiguo Cuscatlán. O porque algunos de sus inquilinos –o sus familiares– pagan una cuota simbólica cada mes. Sin embargo, en esencia, este es un hogar de caridad. Se mantiene de filántropos y suele recibir a quienes tocan su portón, sin nada más que su propia vejez.

El edificio se desdobla relativamente grande y limpio. De él emana un leve olor dulzón, como a una mezcla de alcohol, desinfectante de piso e incontinencia urinaria. Parece una escuela de un piso –jalonado por jardines, pasadizos, rampas, un hospitalito y una capilla–, donde a toda hora se da la cátedra de “entropía termodinámica”. Una ley universal que demuestra que todos y todo está en proceso de decadencia y deterioro. A sabiendas de eso, ¿qué significa terminar de envejecer aquí? ¿Es una bendición o un abandono? De entrada, resulta difícil decidir con qué “interno” platicar...

Hay cinco señores, sentados en un sofá largo, profundamente dormidos, uno al lado de otro. En otro pasillo, deambula una señora canosa –recién llegada de Curitiba, Brasil, adonde emigró su hija– que podría jurar que solo estará aquí un par de días más. Otro señor parece absorto en observar los nombres de sus muchos medicamentos: Lymphomyosot, Berberis-Homaccord, Nebilet, Vertigoheell... En el hospitalito hay señoras convalecientes que arrullan muñecos como si fueran sus hijos. Y hay un señor, uno conocido como don Carmen, que fue indigente y a sus 90 y tantos anhela volver a serlo, sueña con saltar la barda y dejarse perder, libremente, por la ciudad.

Y es casi imposible pasar desapercibido a un señor de aspecto duro –quien hace pocos meses fue amputado de las dos piernas– y quien ahora se mueve en una silla de ruedas. Su rostro es anguloso, como europeo. Pero su mirada solo parece tener interés en el crucigrama que intenta llenar pese a empezar a padecer de mal de Parkinson. “Él tiene apellido alemán, se llama Cristian Stuvik. Es enojado, no le habla a cualquiera”, pormenoriza uno de los internos.

—¿Cómo está, don Cristian Stuvik? –busco trabar plática.

—¿Qué no ve? ¡Estoy llenando este crucigrama! Prefiero hacer esto que establecer una plática con alguien que no tiene una cultura general, aquí la mayoría están chiflados –responde molesto, mientras empuja su silla hacia un rincón donde continuará con su crucigrama.

 

 

Días atrás, antes de venir a esta “casa-hogar”, visité la añeja colonia Flor Blanca. Allí, en uno de esos caserones neocoloniales, está ubicada la sede de la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE), una ONG. Como era de pensarse, su directora, Lila Judith Vega, es una cornucopia de información. Según sus datos, más de 620,000 salvadoreños (el 10% de la población) han cumplido más de 60 años, o sea constitucionalmente pertenecen a la tercera edad. Un título que de poco o nada sirve. El 88% de ellos no tiene seguro social. Y menos de un tercio está pensionado. Muchísimos de ellos ni siquiera viven en hogares de ancianos sino en la indigencia.

—En este país, el panorama para la tercera edad es bastante adverso. Muchísimos de sus derechos son violados. Y aunque vivan con familiares, la mayoría sigue en estado de abandono. Nadie les pregunta “cómo estás”, “qué medicina estás tomando”, “qué dosis estás tomando”. Hay muchos casos como el de la abuela que es sirvienta, o el del abuelo que es recluido para que nadie lo vea. Y hay muchos otros, que estando lúcidos y con capacidad de desplazarse, terminan en casas de reposo que a veces toman matiz de cárcel.

Según Judith Vega, las casas de reposo deberían ser el último recurso para ancianos que “no tienen familiares”. Ella y su fundación –pese a que entienden el ritmo de la vida contemporánea– promueven algo que suena bastante básico, la integración familiar. En lugar de crear casas de reposo, en diferentes lugares del país, mantienen ocho “Centros Integrales de Día”, algo así como un “day-care” gratuito para mayores de 60. Ellos pasan el día allí, y en la noche, si quieren, regresan con sus familiares. 

Judith Vega, de FUSATE, cuenta que muchos ancianos temen tanto de la soledad que buscan, por pareja, a mujeres más jóvenes. “Recuerdo el caso de un señor que se casó con una mujer, mucho más joven, pero con más avidez que él por intimidad. Como él no quería o podía, ella y su hija (de otro matrimonio) lo golpeaban. Incluso abusaban económicamente de él”, pone como ejemplo. 

Y nadie sabe si es por fortuna o genética, pero muchos salvadoreños logran ser tan, tan longevos que quedan, literalmente, en la orfandad total. De hecho, los salvadoreños estamos viviendo alrededor de 30 años más que nuestros tatarabuelos. En 1950, un salvadoreño vivía un promedio de 43 años de edad. En contraste, el año pasado Naciones Unidas estimó que los salvadoreños (sin contar a los que mueren por violencia) viven alrededor de 72 años. Este es el caso de María Elena Andaluz.

Si no fuera por otra señora de 104 años, Elena sería la más longeva del Hogar San Vicente de Paúl. Parece muy vivaracha para tener 103. Camina apurada en dirección al comedor, para almorzar carne deshilada, arroz y un atolito.

—El 11 de febrero ajusté 15 años de estar aquí. Y se han muerto un montón de amigos, pero no le tengo miedo a la muerte –asegura Elena. Las palabras casi le salen silbando entre sus pocos dientes.

Elena es chelita y muy simpática. Siempre saluda con tres sonoros besos en la mejilla. Luego, detrás de sus descomunales gafas se ve a sí misma vestida con un delantal y un larguísimo vestido estampado de elefantes. Explica que se hizo más “chiquitía” porque, de joven, solía cargar, sobre la cabeza, pesados canastos con verduras en el centro capitalino.

Mientras platica, Elena arriba al amplio comedor, y le echa una mirada larga a los otros nueve adultos que esperan con avidez pero en silencio el almuerzo (el resto de internos, por convalecencia o comodidad, tiene algo así como “room-service”). Elena pasa de largo al señor de apellido alemán, el de la silla de ruedas que se entretiene pelando un rábano con un cuchillo. Pero se detiene a saludar a Antonio Tomassino, don Toñito –ambos fueron reyes del hogar en 2011–, un señor blanquísimo y sin cejas que, hace muchísimos años, solía trabajar en la antigua imprenta de este periódico y cuyo actual pasatiempo, además de asistir a un taller de manualidades, es cantar clásicos.

—Señora tentación de frívolo mirar, de boca deliciosa ansiosa de besar. Mujer hecha de miel y rosas en botón... Esta canción ya es vieja pero siempre pega. Era de Agustín Lara.

—¿Y que no la cantaba Javier Solís?

—Emn... Ahorita tengo problemas para recordar, va a disculpar. Pero, nací en 1924… haga cuentas.

Toñito ha empezado a arañarse suavemente la frente, como si intentara tocar y amarrar mejor sus recuerdos. Dice que a veces la mente “se le queda en blanco” y eso lo frustra. Lo normal es que cuente chistes, hable de mujeres, de San Francisco-California y de cómo era antes El Salvador. Toñito ha hecho suyo algo que solía decir Picasso, el pintor: “Toma mucho tiempo convertirse en joven”.

—A mí a veces también se me va el avión, y ya no puedo alcanzarlo –interrumpe Elena, entre risas.

Luego, ella explica por qué lleva 15 años aquí. Resume que es huérfana desde que tenía tres meses, cuando su mamá la abandonó para forma otro hogar en Metapán. Y pasó a ser criada por una abuela, luego por una madrina, una tía, y por último, una amiga con la que fabricaba y vendía dulces típicos hasta que murió mientras se bañaba, y se encontró desamparada.

—No hay pueblo de El Salvador que no conozca. En todas las fiestas patronales, vendía dulces con esa amiga. Pero jamás me casé, solo hombres borrachos o casados me salieron. Y de jovencita no me salió ni uno –explica Elena, mientras comparte un poco de su almuerzo con dos gatos callejeros que siempre logran colarse hasta el comedor. 

Al mediodía, los pasillos de la sección masculina cobran vida. En parte, porque aquí está ubicada la oficina administrativa y el parqueo. Y a veces vienen otros potenciales inquilinos preguntando: “Quiero información, saber qué ofrecen aquí”. Aquí, siempre hay un televisor casi siempre prendido a todo volumen. Lo último que vieron fue “Ben Hur” y un partido de liga española. Cerca, pulula el uniforme rosado de una fisioterapeuta y el verde de un enfermero. Mientras tanto, ocho señores cuchichean cosas mientras pasan la tarde, sentados, frente al único portón de entrada-salida. Desde allí, parecen espiar el tráfico, la vida exterior.

—A veces, esto se pone solo, triste. A mí me gusta estar platicando con alguien. Hoy no han venido unos jóvenes-voluntarios a entretener esto –lo dice un solitario Rafael Romero, al final de otro pasillo.

Rafael es uno de los siete internos que tiene habitación propia, una con su propio televisor, armario y baño. Él no deja de parecer bastante fuera de lugar. Tiene 88, pero luce como de 65. Es muy lúcido, y anda pulcramente vestido y peinado. Parece un empresario de acento chapín. ¿Es guatemalteco?

—Mi madre era guatemalteca. Pero yo creo que los chapines no nos quieren, viví 12 años allá, en la capital, y jamás me quisieron dar la residencia –empieza a platicar Rafael.

Según él, hace varios años atrás, su vida giraba en torno a sus tres hijos y a sus cuatro tráileres, con los que hacía viajes por toda Centroamérica. Pero de pronto, casi a manera de enfermedad, envejeció.

—Ya llevo tres años aquí... Yo tenía mi casa, pero se dio una situación en la que tuve que irme a vivir a la casa de mi hija. Pasé seis meses allí, y empecé a ver cosas que no me gustaban, rostros, discusiones, problemas... Ahora ella me visita acá, y cuando necesito salir al médico, ella me manda a un motorista.

Rafael es vecino de Francisco Armando Torres. Otro lúcido señor de 85 años –de ojos y piel casi diáfanos– que resulta ser el segundo psicólogo que parió el país. En su habitación cuelga su título de posgrado, uno en psicología clínica, de la Universidad de Lovaina, Bélgica. Y hay otros documentos que explican que fue el fundador de la Sociedad Salvadoreña de Psicología y de la Universidad Albert Einstein. Excompañero de Isabel Rodríguez, la actual ministra de Educación. Y dicen que, por lo menos, el 80% de todos los psicólogos del país fueron sus alumnos. En la Nacional, fue catedrático durante 30 años. En la UCA, durante 14 años. Y en la Matías, durante ocho. Durante tanto tiempo fue docente que un exalumno ha venido a visitarlo.

—Lo conozco desde hace muchísimos años cuando fue mi catedrático. Luego fue mi jefe. Y luego, me di cuenta de que su familia lo había traído aquí y he tratado de visitarlo. Él nunca se casó ni tuvo hijos. Y como ironía él solía cuidar a su padre hasta que murió –lo dice René Osorio, el exalumno.

El psicólogo, quien tiene un enfermero de planta, parece escucharlo con el único oído que le funciona, el izquierdo. Luego inyecta su mirada en su cotidianidad.

En la distancia, mira a otro señor, uno llamado Roque Morales, que se quedó dormido en su silla y con un radio encendido sobre su regazo. Quizás el psicólogo interpreta que Roque sueña que otra vez es locutor en radio YSKL. Que aún es editor de “Así es mi tierra”, una revista costumbrista-salvadoreña que se vendió, aquí y en Estados Unidos, desde 1972 hasta 1990. Y que quizá, si no hubiera sido tanto gusto por la bebida y las mujeres, como él siempre se lamenta, ahora mismo estaría en casa, con su exesposa y sus hijos nicaragüenses.

—¿No se aburre aquí? –pregunto al psicólogo.

—No, no es aburrido. Es más o menos agradable. Uno puede llegar a ver todo esto como una oportunidad para conversar con amigos y familiares.

Algo así me aseguraba la presidenta del hogar, Malena de Parker. Una espigada y elegante mujer que a veces luce como Meryl Streep, la actriz estadounidense. “Lo ideal sería que muchos de los adultos mayores vivieran con sus familias. Pero su realidad muchas veces supera lo ideal. Hay familias que no pueden darle atención especializada. Y hay otros, como una señora llamada Lucía Valle, quien antes de fallecer de cáncer, pidió estar aquí. Ya no quería ver peleas o causar incomodidades a sus familiares. Ella decía: ‘Aquí yo tengo la libertad de salir o no de mi cuarto. Y cuando alguien quiera verme es porque de verdad quiere verme’”. 

Son casi las 2 de la tarde. El comedor luce desolado. Parece que la rutina se desliza por todo el hogar. Hay una voluntaria que reparte dulces. Elena, la señora de 103 años, le da unas migas a uno de los gatos. La fisioterapeuta y el enfermero siguen pululando. Don Toñito sigue cantando boleros de Agustín Lara.

Pero no todo es rutinario. Hay sorpresas también. Cerca del comedor, aparece una señora que camina con la mirada en el horizonte, que bien podría ser un espejo. Se llama Miriam Quezada, una delgadísima y canosa señora que cuando empieza a hablar, su voz disminuye hasta volverse inaudible. Dicen que, hace muchísimos años, fue periodista o columnista de este periódico. Quizá por eso siempre sujeta un manojo de cuadernos donde escribe cosas que nunca termina. Lo último que intentó escribir fue una solicitud de ayuda para este hogar: “Estimada primera dama, Vanda Pignato...”.

Y casi al final de un pasillo, se cruza el señor de apellido alemán, Cristian Stuvik. Se aproxima en su silla de ruedas, da un giro, y empieza a platicar. Todo un honor, teniendo en cuenta que casi no lo hace. Dice que la vida es una ironía. Que fue topógrafo. Que antes de perder las dos piernas solía recorrer y tantear cerros y barrancos para trazar carreteras como la del Litoral. Y que no deja de soñar con que viaja a China y Egipto y que, finalmente, conoce lo que hicieron civilizaciones anteriores. Luego dice que ya no sirve de nada pensar en los muchos hijos que tuvo con distintas mujeres y si existen otras maneras de envejecer.

—¡Es una babosada! El destino ya tiene marcado a cada uno. 

Hay otros que nunca piensan en el destino. Como Jesús Umaña, el señor con el que arranca este artículo, el que dice desear su propia muerte. Y quien podría jurar que jamás imaginó que iba a vivir en este hogar. Este que le parece tan ajeno a San Isidro, Cabañas, donde, de cipote, solía ser minero. Este lugar tampoco se parece a la zona rural de San Vicente donde era un agricultor que sembraba y criaba ganado para su señora, Juana Iraheta, y algunos de sus ocho hijos.

Últimamente se conforma con esperar al mediodía, siempre tiene la esperanza de que sucedan cosas como esta. Un hijo de 60 años ha venido a verle. Le trajo aguacates y otras cosas que ya ha puesto en su cebadera. Y su esposa, esa que sigue siéndolo a pesar de haber olvidado gran parte de sus 66 años de matrimonio, hoy lo abrazó cuando lo reconoció.

—Chus, ¿por qué estamos aquí?