Misión cumplida

Las colinas inmediatas parecen un juego de ilusionista. Se alinean en el borde izquierdo del río, y su sola presencia hace presentir que este es un paisaje con vocación de estampa memoriosa.

Con ese pensamiento envolviéndolo como un aura, el caminante se dirige hacia la casa de su amigo Hermann, a quien no ve desde hace tiempos, aunque ha recibido sus más recientes poemas, manuscritos a su estilo. La casa está junto a una de esas colinas, y luce vieja y descuidada. Su habitante de seguro se ocupa muy poco de ella. El jardín, sin embargo, muestra los efectos benéficos de una atención mucho más esmerada.

—Hola, Hermann –le dice el que llega, al verlo de pie en el umbral de la puerta abierta.

—Hola –responde el que ha salido a recibirlo.

—¿Cómo estás tú? ¿Cómo está tu mujer?

—Yo bien. Ella creo que bien.

Se ríen, con el apretón de manos usual, que les deja los huesos doloridos.

Pasan de inmediato a la habitación de trabajo, con la confianza del trato amistoso. En contraste con el resto de la casa, tal habitación está meticulosamente arreglada, hasta con jarrones de flores en las mesas esquineras. Las paredes, tapizadas de estantes repletos de libros, dan fe de la pasión principal del ocupante.

Se ubican. El recién llegado busca un asiento cerca de la ventana, para ver hacia el aire libre. La libertad es tan preciada, en cualquiera de sus formas, sobre todo cuando tantas amenazas la sofocan.

—¿Cómo va tu mundo?

Hermann ha hecho la pregunta y es inevitable responderle:

—A ratos en coche y a ratos a pie. ¿Y el tuyo?

—A ratos a pie y a ratos en coche.

Vuelven a reírse.

Aparece la mujer de Hermann con una botella y unas copas. Saludos. Se sirven el vino. Brindan. Una vez, y basta. Ella se retira, sonriente. Los conoce.

—Pero aquí vives en paz –le dice a Hermann, aspirando a fondo.

—Sí, en la paz de los voluntariamente ausentes. Tú también vives en paz.

—Sí, en la paz de los que sueñan con vivir en paz.

—Pero estamos en guerra, aunque la guerra esté fuera de nuestro círculo moral y mental. Nuestros respectivos países están en guerra –afirma, en tono casi confidencial.

El día, afuera, parece haber entrado en fase de iluminaciones cambiantes. Quizás es una ilusión estética. Sería muy propio de las sensibilidades coincidentes.

—Necesitamos que la serenidad se convierta en aura del destino humano. ¿Pero cómo lograrlo en tiempos tan caóticos? –lanza el visitante la pregunta abierta, sabedor del tono de la respuesta.

—Aprendamos de Lao-Tse –sentencia Hermann, como era lo esperado.

El almuerzo, en el mirador que se abre sobre las colinas, les hace hablar de los pequeños detalles del diario vivir en tiempos de crisis. Macarrones con queso, frijoles con vinagre. Té. Muy cerca, el paso de los rebaños hace sentir que la naturaleza es un peregrinaje pacífico, pese a todo.

Pasan las horas. Es ya casi de noche. Las colinas están envueltas en una tenue y fosforescente neblina. El río Aar se desplaza perezosamente hacia la noche. Hora de partir.

—Hermann, ha sido un día perfectamente recordable.

—Romain, lo mismo digo.

—¿Lo escribes tú o lo escribo yo?

—Dejemos que lo escriba alguien que no conocemos, en un día cualquiera del mañana que no nos pertenece ni a ti ni a mí. Estamos en 1915, en medio de la guerra. Europa es una caldera hirviente. ¿Qué nos aguarda?

—El futuro, como siempre.

Ahí se despiden. Son los imaginados: Romain Rolland y Hermann Hesse. El de “Juan Cristóbal” y el de “El Lobo Estepario”. Y ha sido una juiciosa y casi mágica experiencia de fraternidad cuando no muy lejos sus pueblos se matan entre sí.

 

 

 

 

PLENILUNIO EN VELA

 

Cuando se le hacía tarde, volver a su casa resultaba más peligroso, porque la zona era de las de alto riesgo delincuencial. Con frecuencia aparecían cadáveres embolsados y las sombras de los mareros circulaban por doquier. Sin embargo, hay imperativos emocionales que pueden más que cualquier precaución. Y aquella tarde, en vez de tomar el microbús que lo llevaba hasta los límites de su colonia, se fue a pie hasta el centro comercial donde estaba ubicado aquel lugarcito para el esparcimiento momentáneo, luego de las faenas absorbentes.

Buscó su rincón favorito, junto al ventanal que daba a la calle, donde podía quedarse en silencio mientras los otros presentes bebían y reían a sus anchas. Era evidente que esperaba a alguien.

Desde lejos la vio acercarse. Era todo un bombón. Se movía como si quisiera embriagar al aire que la rodeaba. En un principio, vivió aquella cercanía casi como un juego irreal. ¿Ella con él? ¿Por qué? Si ella era un monumento y él una barricada de ripio. Sin embargo, así son las cosas.

—¿Qué hay de nuevo? –le preguntó, casi como un desafío.

Ella se le acercó y le dio un beso profundo.

—Esto es lo nuevo.

Él se relamió. Sabor desconocido.

—Te lo cuento después –sonrió ella, con tono de provocativa promesa.

—¿Querés tomar algo?

—Una Coca light.

—¿Y eso?

—Me estoy volviendo común. Es rico de vez en cuando. Ayuda a balancear las neuronas.

Estuvieron ahí por un rato. Era hora de salir.

—¿Qué hacemos? –preguntó él, sabedor de la respuesta.

—Nos espera el colchón rosado.

Y el colchón rosado estaba contra la pared en la que pendía un crucifijo de madera pulida, con expresión de serenidad imperturbable. No era, desde luego, la primera vez que estaban juntos en ese nido horizontal, pero esta vez algo indefinido presagiaba novedades inéditas.

El apartamentito no era nada del otro mundo, aunque en comparación con su casita suburbana resultaba un palacio en miniatura. El colchón aguardaba.

Antes de aposentarse en él, con las pieles bruñidas por la ilusión del momento, ella hizo un gesto y fue a la ventanita, a descorrer la cortina. Ahí enfrente estaba la luna en plenitud. Sonrió, y menos mal que él no pudo advertir la sonrisa. Luego ella se acostó junto a él y le buscó la tenue maleza del pecho. Fue subiendo, hasta llegar al cuello de venas notorias. Suspiró, ya casi en éxtasis. Y tras un ligero juego circular, tocó el punto palpitante. Los dientes se clavaron, como espinas impávidas, en el venoso declive.

Aunque era la primera vez que ocurría, no hubo sorpresa ni gemido. Concluida la faena, ella se incorporó sin levantarse. Tenía expresión beatífica. Él, con los ojos entrecerrados, repasaba una cautivante sucesión de imágenes interiores.

Ella se relamió. Sabor conocido.

Todo estaba en claro. Eran el uno para el otro.

 

 

 

Reconexión

 

—¿Me llamaste?

—No, no te llamé. Pero es como si lo hubiera hecho.

—¿Cómo así?

—Si crees que te llamé es que recuerdas que no te he llamado en muchos siglos.