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Una incansable. Susana del Valle Trimarco no ha dejado de buscar a su hija Marita.

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Una incansable. Susana del Valle Trimarco no ha dejado de buscar a su hija Marita.

Tucumán, en el noroeste de Argentina, es la provincia más pequeña del país. Se la conoce como “el jardín de la República” por su frondosa vegetación que la convirtió en primer productor mundial de limones y en el primer productor nacional de caña de azúcar y de aguacate. Su capital, San Miguel de Tucumán, es una ciudad de veredas con árboles repletos de naranjas, de sol a pleno y siestas largas, donde parece imposible que haya situaciones peligrosas como en las ciudades grandes.

 

En abril de 2002, cuando arreciaba una gran crisis económica que llevó a la Argentina al agujero, en la pequeña ciudad de 738,500 habitantes llamaba la atención una flotilla de 3,400 remises (vehículos que se alquilan en colectivo y solo se pueden solicitar por teléfono) que, por única identificación, tenían cinco estrellas pegadas en sus parabrisas. Pertenecían a un empresario de bares y discotecas llamado Rubén Ale que en poco tiempo se convirtió en amo y señor de las calles de San Miguel de Tucumán, al punto de que sus autos no tenían reloj para marcar el precio o la distancia del viaje, los choferes cobraban a ojo, y nadie se atrevía a decir nada.

 

 

Por aquel tiempo, Susana del Valle Trimarco era una señora de clase media que alguna vez requirió de los servicios de la empresa de remises. Se ganaba la vida como asesora en temas sociales en la municipalidad local y como vendedora de cosméticos por catálogo. Estaba casada con el padre de sus dos hijos, Horacio, el mayor, de 26 años y María de los Ángeles, “Marita”, de 23, que le había dado una nieta, Micaela, de tres años, a la que ella cuidaba varias tardes por semana.

 

 

Se podía decir que Susana era una mujer feliz, con una vida encarrilada, trabajo asegurado, casa propia, dos autos, hijos crecidos, amante de las canciones de Ricardo Montaner, Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. Y eso fue así hasta el 3 de abril de 2002 en la mañana, cuando su hija salió de su casa por un ratito y no volvió nunca más.

 

 

“Ese día nos habíamos levantado a las 7 de la mañana y tomamos unos mates. Yo tenía que hacer unos trámites y Marita se iba al hospital a ver al doctor que le había recomendado una vecina para que le colocaran un dispositivo intrauterino por la décima parte de lo que costaba en una clínica privada. A mí no me gustaba la idea, sobre todo porque me pareció raro que le pidieran que llevara su documento de identidad para iniciar el trámite, pero Marita insistió porque quería ahorrar ese dinero para el negocio de venta de comestibles que estaba poniendo con su marido. Me dijo: “Quedate tranquila mamá, solo voy a conocer al doctor, cuando tenga que ponerme el DIU, vos me acompañás”, recuerda Susana Trimarco, diez años y tanta vida después.

 

 

“Se puso una remerita color turquesa, un jean y unas zapatillas usadas, y salió de casa en puntitas de pie para no despertar a su hijita. En la puerta me dio un beso. Hizo unos pasos, se volvió y me dijo: ‘Mamá, comprá tintura porque mirá cómo tenemos las raíces, esta tarde nos teñimos’. Y repitió: ‘Quedate tranquila que enseguida vuelvo’. Se fue ligerito. Yo me quedé en el porche, mirándola, sin saber que no iba a verla nunca más.”

 

La historia de aquella desaparición se desgrana desde el pasado 8 de febrero en un juicio oral y público que está a cargo de la Sala 2 de la Cámara Penal de San Miguel de Tucumán. Se lo considera un juicio emblemático contra el tema de la trata de personas con fines de explotación sexual y tiene trece imputados, siete hombres –uno de ellos ex policía, que habría sido a la vez empleado en un burdel– y seis mujeres, todos acusados de privación ilegítima de libertad agravada, promoción de la prostitución en concurso ideal y asociación ilícita.

 

 

El juicio es el resultado de la intensa actividad de Susana Trimarco, que movió literalmente cielo y tierra para encontrar a su hija. Hoy, con 58 años, casi no se reconoce en la mujer que era antes de 2002. En su lucha perdió a su marido, que enfermó y murió de tristeza poco después de la desaparición de Marita; perdió su casa y también el departamento y el almacén de su hija, vendidos para pagar su tarea. Ya no tiene auto, ni siestas tranquilas y de su cara solo quedan músculos duros y gestos rígidos. Pero nada detiene su camino, escoltada por su nieta Micaela, o Mika, como le dicen, que estuvo a su cuidado todos estos años y ahora es casi una adolescente.

 

Susana Trimarco instaló el tema de la trata de mujeres con fines de explotación sexual en la agenda pública y política de Argentina. Pateó literalmente las puertas de los despachos oficiales pidiendo respuestas, se disfrazó de prostituta y de proxeneta para averiguar el paradero de su hija y se convirtió en un referente público más confiable que la policía local, al punto que gente de todo el país acude a ella cuando desaparece un familiar. Con su escaso metro sesenta de altura y muy poco apoyo del Estado, Susana logró acompañar operativos policiales donde participó del rescate de alrededor de cien jovencitas que vivían esclavizadas en prostíbulos de todo el país, incluyendo a 17 mujeres argentinas que se vieron obligadas a ejercer la prostitución en Bilbao, Burgos y Vigo, en España.

 

Nada ha logrado detenerla. Ella dice que está jugada, que no tiene nada que perder. Le envían pistas falsas, la espían, le hacen celadas, le dicen que la van a matar, intentaron dos veces atropellarla con automóviles, y recibió cientos de amenazas anónimas asustándola con represalias contra su nieta, que hoy vive con custodia financiada por el gobierno central. Pero nunca pudieron apartarla del camino, el único sentido que le quedó a su vida: cinco años después de la desaparición de Marita, el 19 de octubre de 2007, creó la Fundación María de los Ángeles, donde se reciben denuncias y se asiste a las víctimas de la trata de personas a través de un equipo de profesionales. En julio de 2008 inauguró el primer refugio especializado para víctimas, cuya experiencia se ha duplicado en los protocolos de asistencia en las provincias de Buenos Aires y Córdoba. Y en diciembre de 2010 abrió en su fundación el Centro Materno Infantil para brindar atención integral y contención a los hijos de las víctimas de trata mientras sus madres terminan sus estudios o se capacitan laboralmente apoyadas por la fundación.

 

A diez años de parirse de nuevo, Susana sigue recibiendo premios y galardones que acepta porque aprendió los réditos que la visibilidad pública aporta a su lucha. En marzo de 2007 recibió en Washington el premio Mujeres de Coraje, entregado por primera vez por el Departamento de Estado norteamericano, en manos de Condoleezza Rice, en el Día Internacional de la Mujer. En diciembre de 2008 fue invitada al Parlamento Europeo para exponer la problemática de la trata frente a personalidades de diferentes partidos políticos. En marzo pasado el Gobierno canadiense le otorgó el premio Defensor de los Derechos Humanos y la Libertad John Diefenbaker por su lucha contra “el tráfico humano y la prostitución forzada”, y ahora la Federación Argentina del Colegio de Abogados –que integra 80 colegios de abogados de todo el país– elevó su candidatura para el premio Nobel de la Paz 2013.

 

A través de su lucha se fue viendo la forma que asume en la Argentina el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual, un negocio muy lucrativo que mueve millones en todo el mundo. El fenómeno, que originalmente se llamó “trata de blancas” justamente porque la trata de negras era legal y, por tanto, no constituía un delito, creció en las últimas décadas con la globalización y la industria del entretenimiento, al punto que se ha convertido en el negocio clandestino más fértil después del tráfico de armas y de drogas ilegales. En sus redes caen prisioneros cada año más de 700,000 personas de todos los confines del planeta, fundamentalmente mujeres y niñas.

 

Si bien no existen cifras confiables sobre la magnitud del fenómeno en Argentina, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en el país existen por lo menos cinco grandes redes de tratantes, vinculados a clanes familiares que se interconectan a través del sistema de “plazas” donde las jovencitas son dejadas “en consignación” por lapsos no superiores a los 40 o 45 días. De acuerdo con datos de la policía de Tucumán, una sola joven genera entre $800 y $1,700 por semana, una cifra “rentable” si se considera que cada prostíbulo tiene entre 15 y 20 mujeres “trabajando”.

 

Según consigna la OIM, el reclutamiento responde a tres modus operandi: 1. El rapto a pedido, luego de un trabajo de inteligencia para identificar y marcar a la presa. 2. El reclutamiento por parte de los dueños de prostíbulos. 3. El engaño, a través de promesas de amor o de trabajo en lugares lejanos, incluso en el exterior, para luego explotarlas personalmente o venderlas a prostíbulos donde terminan esclavizadas.

 

Las estadísticas de la Oficina de Rescate y Acompañamiento a Personas Damnificadas del Ministerio de Justicia de la Nación revelan, por su parte, que desde la sanción de la Ley 26364 contra la Trata de Personas, en agosto de 2008, fueron liberadas 2,774 víctimas, procedentes de todos los rincones del país.

 

¿Cuál es el perfil de estas jóvenes? Mercedes Asorati, responsable del Programa Esclavitud Cero, de la Fundación El Otro, dice que se trata en un 98% de mujeres, con edades de entre 18 y 25 años, bajos niveles de escolarización, pertenecientes a grupos familiares numerosos o con necesidades básicas insatisfechas, donde la mayoría de sus integrantes se encuentran desocupados o realizan actividades primarias no calificadas por las que perciben ingresos extremadamente bajos. “El perfil típico es una mujer joven, madre a cargo de sus hijos o de su familia, que se encuentra en pueblos rurales, sin posibilidades de acceder a un salario para mantener a su familia. Por eso no rechazan una oferta laboral en Buenos Aires.”

 

En este sentido, el rapto de Marita Verón fue un error que parece estar costándole bastante caro a sus captores.

 

En los meses que lleva el juicio oral y público, Susana Trimarco contó con pormenores su historia familiar, su vida antes y después de la desaparición de Marita. Pero por sobre todo, habló y develó complicidades políticas, policiales y judiciales que tiene en Tucumán un punto de inflexión en la figura María Jesús Rivero, la ex mujer del empresario de remises Rubén Ale. Según pudo reconstruir muchos años después, a Marita la secuestraron en un remise de la empresa de Ale y la trasladaron a dos casas diferentes en las afueras de la capital de Tucumán. Cuando Trimarco pidió ayuda a Julio Miranda, el gobernador de la provincia, este le dijo que sería la propia remisería la que iba a colaborar con la búsqueda de su hija. “Tienen más autos que la policía”, le dijo el gobernador a Trimarco, y puso al zorro a buscar a la gallina.

 

Según se va conociendo en las audiencias, Marita Verón estuvo en varios prostíbulos de Tucumán y desde allí habría sido vendida por 2,000 pesos (hace diez años, con la paridad peso-dólar, correspondían a $2,000) a una red de prostitución establecida en la provincia de La Rioja –distante casi 400 kilómetros de la capital de Tucumán– donde uno de los proxenetas la habría tomado como mujer y la habría embarazado. En ese tiempo le cambiaron la fisonomía, le cortaron el cabello, se lo tiñeron de rubio y le pusieron lentes de contacto azules.

 

De la causa surgen rutas de tráfico de mujeres entre varias provincias argentinas y desde allí a España. Pero llamativamente, según advirtió hace semanas el fiscal de cámara, varias líneas de investigación que se fueron abriendo durante la instrucción a partir de testimonios no se indagaron.

 

Entre los 150 testigos propuestos por la querella, hay una decena de jóvenes rescatadas de burdeles que declararon haber visto a Marita en los meses posteriores a su desaparición –e incluso durante 2003–. La describieron en muy mal estado de salud, a veces drogada, con el cabello teñido de rubio, y afirmaron que era trasladada y escondida en otros sitios cada vez que los encargados de las whiskerías se enteraban de que se haría un allanamiento.

 

 

Mariela López –que tiene otro nombre y otro apellido y que prefiere mantener en el anonimato–, concurre los días 3 de cada mes a la movilización de protesta que decenas de organizaciones convocan frente al Parlamento para pedir por la aparición de Marita Verón y por tantas otras jóvenes secuestradas para la prostitución. Ella fue también víctima de la trata pero en la tercera modalidad de captura. Vivió la esclavitud sexual durante 16 años a manos de un hombre que decía ser su marido luego de ser seducida con poemas de amor y promesas de matrimonio y de familia. Al igual que Marita, Mariela nació en la provincia de Tucumán, pero, a diferencia de ella, tiene el típico perfil de una víctima de trata, aunque nunca haya pisado un prostíbulo. Fue una presa muy especial porque podía caminar por la calle a la luz del día: el calabozo lo tenía dentro de la cabeza.

 

Impactada por la historia de Marita, siguiendo paso a paso el juicio en Tucumán, Mariela, de 45 años, se atreve a contar su martirio que terminó hace seis años, cuando logró recuperar su libertad: “Durante 16 años viví aterrorizada, tratando de que este hombre no se enojara porque con cada enojo venían los gritos, los golpes, las patadas y una vez, hasta un serrucho en mi cráneo, todo en presencia de mi nena, que me pedía de rodillas, por favor mamá, por favor, no lo hagas enojar. Y lo peor es que yo no había hecho nada, o ya no sabía qué había hecho mal esa vez”.

 

Como cada día, Mariela había caminado los 35 metros desde la esquina –siempre la misma– donde la dejaba su marido, hasta el hotel donde el eventual acompañante obtendría lo deseado por unos pesos que debía pagarle por adelantado. Y de ahí otra vez a la esquina hasta que cayera la noche y volviera su marido en auto a buscarla, para llevarla a casa a descansar lo suficiente para volver al otro día a la misma esquina, en el barrio Flores de la ciudad de Buenos Aires, capital de la Argentina.

 

“Mi papá murió cuando tenía cuatro años, y ahí mi mamá tuvo que arreglárselas como pudo para que sus ocho hijos no pasaran hambre. Desde los cinco años hasta los 14 yo estuve pupila en un colegio de monjas con una beca del Estado. Ahí conocí la discriminación con la forma de un plato de comida: los chicos que estábamos becados nunca comíamos carne como los demás. A nosotros nos daban polenta (harina de maíz cocida) con una rodaja de mortadela (el fiambre más barato de Argentina). A los 14 salí a trabajar, para ayudar a mi mamá y a los 19 me enamoré por primera vez en mi vida. Quedé embarazada porque no sabía que tenía que cuidarme, y tuve a mi hija totalmente sola.”

 

 

Fue poco después cuando conoció a ese hombre que no sabe cómo llamar. El primer día la invitó a comer a un restorán: “Comí milanesas con papas fritas y pedí también un plato de tallarines. Nunca me había sentado en un restorán... ¡No sabía lo que me iban a costar ese plato de tallarines y esa milanesa! Él tenía automóvil y me atendía, me cuidaba y yo pensé que por fin alguien me iba a dar un hogar para mi hija... Lo único que me llamó la atención fue que poco después me pidió mi documento de identidad para averiguar no sé qué cosa. ¡Pero yo qué podía saber en aquel tiempo!”

 

Al principio vivieron los tres en un hotel en Tucumán, pero llegó el día en que su hombre le dijo que a la semana siguiente se iban a Buenos Aires para poder trabajar los dos y comprar una casa. Llegaron directo al hotel; la ciudad que vio pasar por la ventanilla del auto le pareció enorme. Al segundo día, él le mostró lo que sería su trabajo: “Tenés que pararte aquí y cuando frene un auto le decís que es tanta plata. Y después vas hasta ese hotel, hacés lo que el tipo te diga y me traés el dinero”. Cuatro días estuvo Mariela prometiéndole a su hombre que trataría, pero no pudo acercarse a nadie, hasta que él se cansó de hacerse el bueno, la metió en el auto a empujones y siguió golpeándola en el hotel hasta dejarla casi inconsciente. “‘¿Sabés qué pasa? –me dijo–. Ya no nos queda plata y tenemos que pagar el hotel, y la casa... Y tu hija se va a morir de hambre, no va a tener pañales'. Así, de repente, todo lo que me había ilusionado no existía más. No tenía adónde ir. Y empecé.”

 

Ya no se acuerda cómo fue el primero, pero jura que está viva gracias a Dios. Tuvo sífilis, estuvo presa, y cada vez más presión y más presión: ya no disponía de su hijita porque él la llevaba en auto de acá para allá. Dice que es lo peor que a uno le pasa: que agarren de escudo a los hijos, y que poco a poco va bajando la autoestima y ya no se piensa más... “Cuando estás en estado de explotación pasás las peores humillaciones, perdés el control tuyo. No sos vos. Toda la violencia se te hace normal y pensás: ‘Mejor hago todo lo que dice para no meter problema...’.” Y así pasaron 16 años.

 

“Todas las noches planeaba cómo me iba a ir, dónde... Hasta que dejé de pensar cómo me iba a escapar y empecé a pensar cómo lo iba a matar porque yo sabía que no podía dejarlo con vida porque iba a cumplir su promesa de dejar a mi hija en un lugar para que se pierda, o me iba a dejar renga o me cortaría la lengua. Pero fue gracias a mi hija, le estaré eternamente agradecida, que pude escapar. Ella ya era más grandecita y lloraba mucho, en silencio, o lloraba en el colegio para que él no la viera, porque ni nos permitía que estuviéramos juntas. Fueron las autoridades del colegio, gracias a mi hija, las que denunciaron la situación y el tipo huyó para que no lo agarraran, amenazándonos de muerte si decía quién era.”

 

Como tantas otras mujeres, Mariela estuvo años recorriendo esa cuadra en pleno Buenos Aires y pasó semanas presa en la comisaría de la zona, golpeada y enferma y nunca nadie nada. Muchos hombres disfrutaron de su cuerpo golpeado y nunca nadie nada. Salvo las maestras de su hija, nadie en esos 16 años, trató de ayudarla. Escuchando a Mariela cobran fuerza las palabras de Susana Trimarco en uno de sus testimonios durante el juicio:

 

“Las jóvenes que ayudé a rescatar me contaron que a ellas las hacían participar en las fiestas del poder. Si ellas veían a sus proxenetas sentados con jueces, ¿cómo se iban a escapar? Lo único que tenían para hacer era sobrevivir”, razona Trimarco, “la trata de personas es un proceso que incluye diversas acciones: el reclutamiento o secuestro, el traslado, la recepción y el alojamiento de la víctima en el lugar de destino, y su explotación en un contexto de amenazas, engaño, coacción y violencia. Si esto puede darse es por la complicidad de muchísimas personas, hombres y mujeres, que cierran los ojos y mantienen el silencio”.