La última que fui al Vietnam jugaba El Salvador contra Panamá, un domingo lluvioso de junio de 2008. Fui con un grupo de... (digamos) amigos que se les ocurrió dejarme solo justo cuando comenzábamos a caminar sobre el pasillo central de la localidad. Vestía de azul, llevaba una bandera amarrada al cuello pero los gritos de “panameño, panameño” venían de todas partes. Fijé la mirada hacia delante, caminé lo más rápido que pude, esperando no terminar fusilado con bolsas de agua y meados. No había forma de detenerme para explicar que había nacido en la Policlínica, esa que antes estaba situada en la 25 avenida norte. Tampoco podía voltearme y reclamar a mis colegas, que algún día, estoy seguro, me pagarán la que me deben. Pero esa es otra historia.

 

El Salvador ganó 3-1 y avanzó a la siguiente fase de las eliminatorias para el mundial de Sudáfrica de 2010. Esa tarde, que acabó con un diluvio de proporciones bíblicas, muchos salieron esperanzados de que esta vez, ajá, sí se podría regresar a un mundial. En Vietnam hubo lo de siempre: tipos que, ante la falta de cerveza a la venta, compraban y bebían cualquier cantidad de bolsas con agua para tener insumos que arrojar a los de abajo; cientos de analistas deportivos que gritaban indicaciones a De los Cobos, y el otro sin escucharles; varios desubicados que llegaron con alguna prenda verde, acreedores de la irracionalidad de la masa, pese a que el rival de turno fuera Panamá y no México.

No recuerdo cuánto pagué por la entrada al Vietnam. Seguro no fue $15 ni $12 porque no recuerdo indignación colectiva por los precios. Un momento, que busco en los archivos del periódico para no quedarles mal con la información... Sol general costó $8, y efectivamente no hubo protestas ni presión mediática para que bajaran los entradas. Todo el mundo pagó, se asoleó, se bañó con meados y después se lavó con lluvia, cantó los tres goles, puteó a los negros y luego se marchó feliz para la casa.

Esta vez la afición, que poco tiene de noble, sí protestó en grande. Muchos se quejaron porque los precios reñían con lo delicado de la economía nacional, un punto que abrió la puerta para que otros criticaran que los aficionados prefieren pagar $25 o $40 en un chupadero para ver un partido de la liga española antes que regalar $15 a la Fesfut para ir al estadio.

Protestas al margen, estoy segurísimo de que la gente hubiera pagado $15 o $20 por ir al estadio, especialmente si hay oportunidad de insultar a la selección mexicana. Lo que aún no termino de comprender es la necesidad de ir a ver ese partido al Vietnam. ¿Qué es lo que fascina de ese maloliente graderío de cemento, decorado espantosamente de amarillo y rojo, donde casi todos, excepto los de la última grada de arriba, prestan más atención al graderío que a la cancha?

No es para apreciar buen fútbol. No es para ver el partido tranquilamente, porque para eso uno se queda en casa y lo mira en TV. No es para pagar menos, porque muchos de los que podrían pagar más añoran estar ahí dentro. No es para ir en familia, porque los trogloditas de las bolsas se ensañan particularmente con las mujeres. No es por la comida y la bebida, porque las cervezas son más caras que en las tiendas y de la carne aún no se ha probado científicamente su procedencia. ¿Y entonces?

La única razón plausible es extradeportiva: vamos porque necesitamos de ese relajo, esa oportunidad sana de disfrutar a costa de alguien más, esa rara costumbre de volver normal lo insensato. Y reírse a carcajadas de ello. “Lo más probable es que nuestro equipo pierda, entonces el dinero a invertir debe remunerarnos con un poco de exceso colectivo”, me dijo seriamente el escrutador de la realidad y columnista de esta revista Orus Villacorta para explicar el fenómeno. Nos vemos en el Vietnam para tirarnos bolsas y llorar con el himno nacional. Bendiciones.