Carta editorial
El deporte en el país sigue siendo pobre. No en talento, ni en ganas, ni en afición. Sigue siendo pobre en todo aquello que demande proyección, buen manejo emocional, inteligencia, planificación. Es decir, en todas aquellas cosas que escapan al músculo y que, léase bien, están al margen de los recursos económicos.
Porque sí, es cierto, en este artículo del periodista Ronald Portillo, también encontrará repetida, de muchas formas, aquella vieja excusa de la falta de dinero. Sí, la piedra de siempre en este y muchísimos ámbitos más. Es cierto, el dinero para proyectos deportivos no sobra. Pero esta tampoco es excusa.
Achacar los pobres frutos deportivos solo a la poca inversión es reducir y simplificar demasiado un tema complejo. Es darle validez a ese círculo vicioso en el que un país pobre va a tener siempre gente que da resultados igual de pobres. Y es no reconocer la amplia variedad de ejemplos que niegan esta teoría. El más reciente y más mediático es el de la selección de fútbol playa.
Cuando se trata de repartir responsabilidades, no se puede solo mirar hacia los directivos. También hay que ver a los atletas y la forma en la que han sido educados. Las prioridades que marcan en sus vidas y el orden que siguen para intentar alcanzarlas también influyen. Ningún triunfo se labra solo en los escenarios deportivos. Hay más. Hay mística, de la que a ratos tenemos mucha. Pero también hay cabeza fría y calculadora, que es de lo que menos tenemos. Hay constancia. Y hay disciplina.
Si este país quisiera cosechar ídolos integrales, tendría que dejar de apelar a los milagros, a la suerte y a las carreras individuales. Tendría que trabajar en la forma en la que ve a sus atletas y en la forma en la que estos atletas se ven a sí mismos. Un profesional no es el que más dinero gana ni el que más dinero maneja; es el que sabe que lo que hace requiere trabajo, un trabajo para el que ha sido capacitado. Un trabajo que le gusta y que lo satisface porque le ayuda a pulir sus talentos y habilidades. Un trabajo por el que es apreciado. Un trabajo que demanda sacrificios, pero que así retribuye satisfacciones. En los escenarios deportivos y en esas oficinas en donde se define el rumbo deportivo debería haber más profesionales.