Kate, ¿adónde querés ir?
Salimos del cine con la imaginación frustrada. No me pregunten qué película habíamos visto. Solo recuerdo que la actriz principal se parecía a Winona Ryder y que el actor principal tenía un aire inequívoco a Sean Penn. Pero eso era lo de menos. El argumento de seguro carecía de charme, porque ninguno de los dos hubiera sabido cómo resumirlo unos minutos después. En realidad, ahora ir al cine es pernoctar por un par de horas en un salón habilitado para desplegar los efectos especiales de la tecnología de punta, tan diferente a lo que sentía yo en la infancia, cuando ir al cine era salir a un campo de aventura, dilatado y polvoriento como las planicies del viejo Oeste, o penetrar en un santuario de carismáticas pasiones.
Entonces le hice la pregunta de cajón:
Kate, ¿adónde querés ir?
Ella es provocadora por naturaleza, y lo es más cuando quiere salir lo más pronto posible de alguna opacidad anímica.
Quiero ir al cielo o al infierno, a tener siquiera una probadita
Qué buena idea reaccioné mecánicamente--. ¡Qué buena idea! repetí al hilo, con algún interés--. ¡¡Qué buena idea!! volví a decir de inmediato, ya con el brillo de lo
entusiasmante--. ¿Por dónde empezamos?
Por el infierno, a ver qué tal.
Así lo hicimos. El Infierno es un pequeño bar en una esquina de apariencia inocente. Luces rojas girantes, de seguro para simular llamaradas. Estuvimos ahí un buen rato, probando cocteles presuntamente incendiarios, que parecían esfumarse al nomás traspasar el arco del paladar. Allá al fondo, una música de discjockey ponía la reminiscencia de la era disco. Grata experiencia, pero no lo suficientemente sulfurosa para ser memorable.
Ahora al cielo, pues. Para que valga la pena, la aventura tiene que ser un péndulo.
Mi carcachita de otro tiempo bufó, como acuerpando mi sentencia. Las calles aún estaban llenas de tráfico, porque la hora era temprana. En una camándula de paradas nos acercamos al sitio. Está ahí, en ese centro comercial de media vida. Su nombre en letras parpadeantes, no por piquete sino por desgaste: El Cielo.
De entrada, el deschongue. Había una banda de metal pesado, que sin embargo producía efectos sonoros casi litúrgicos. De seguro era una ilusión acústica, pero de realismo sensorial impecable. Entramos, nos ubicamos. En el ambiente parecía deambular una nube descocada. Los cocteles que pedimos tenían la sedosidad aparente de las bebidas gentiles, pero al derramarse por dentro se volvían bengalas sicodélicas.
Así las cosas, llegó el momento de hacer mutis. La noche aún era joven, aunque joven adulta.
Ya en la salida, repetí mi pregunta ritual:
Kate, ¿adónde querés ir?
Ella había agotado sus opciones espontáneas e hizo un gesto enigmático, dejándome libertad para elegir. Era mi momento de triunfo.
Bueno, veamos qué sale.
Fue mucho más inocente de lo que ustedes, malpensados, pueden imaginar. El carro estaba en el estacionamiento, pero de seguro necesitábamos aire fresco, y nos fuimos caminando hacia un jardincito público cercano. Sin temor, como si viviéramos en una ciudad segura. No había nadie en aquel espacio que sólo contaba con un par de faroles mortecinos para lidiar con la tiniebla. Buscamos uno de los bancos, junto a un arriate poblado de jazmineros en flor. Sin pensarlo, nos quedamos ahí, respirando en el silencio que quizás en otras condiciones podía haber parecido siniestro, pero que en el mood en que estábamos resultaba sedante y acogedor.
Podemos pasar aquí la noche me dijo, en un susurro.
¿Aquí? ¿Al decampado?
Ya probamos el cielo y el infierno y salimos ilesos, y sin mayores estímulos para volver. Quizás este pequeño jardín en el que nadie espera nada sea el refugio ideal.
Me sorprendí, lo confieso. Kate, la provocadora, se mostraba de pronto como una insospechada encarnación del hada de la serenidad. Mi respuesta sólo podía ser un beso, profundo, largo, reparador. Si había alguna estrella, de seguro estaba mirándonos.
ANOCHECER LLUVIOSO
--Hoy no tengo ganas de soñar le dijo ella, mientras él cerraba los cristales y corría la cortina.
Pues no soñemos le respondió él, volviendo a la cama donde todo estaba dispuesto para el reposo nocturno.
Afuera, la oscuridad parecía ser la excusa perfecta para que los relámpagos se escaparan de su refugio en la soledad del horizonte.
Ella encendió su lámpara de noche, y se incorporó sobre el espadar afelpado.
¿Vas a leer? le preguntó él, deslizándose dentro de las sábanas y las colchas superpuestas.
No sé. Quisiera leer algo líquido; ahora no me apetece nada sólido.
Eran términos que usaban para salir de lo común. Aroma triste, ternura intrépida. Pensamiento húmedo, distracción porosa.
¿Quieres que te proponga algo?
¿Líquido?
Por supuesto.
Bueno.
Él salió de su envoltorio invitador y se levantó, desnudo como estaba, hacia la puerta cerrada.
Ya vengo.
No te tardes.
Esa última frase tuvo el efecto de una contraorden, porque pasaron los minutos y él no reaparecía.
De pronto se hicieron presentes las ráfagas nerviosas que anunciaban el clímax de la tormenta. Ella tiritó, como si la envolviera una nube friolenta. Deseó con apremio que él estuviera ahí, para cobijarlo, no en tela sino en piel.
Rogó, en voz audible:
¿Por qué estás tardando tanto?
Y él, junto a ella, le respondía con tono juguetón:
Si aquí estoy. ¿Te gustó el chubasco?
DILIGENCIA PRELIMINAR
Cuando descubrieron el desfalco y dieron parte a la autoridad, todas las investigaciones policiales conducían directamente hacia aquel empleado que siempre había pasado inadvertido por su timidez y su retraimiento. Y se trataba de un desfalco de muchos miles de dólares. Lo llevaron al interrogatorio en la sede policial, ya en plan de indiciado:
¿Usted tomó ese dinero?
Sí, yo lo tomé. Era mío.
Hombre, ¿cómo que suyo? Era dinero de la empresa, usted lo sabe bien. Y ni siquiera se cuidó de no dejar rastros. ¿Qué le pasa, amigo? Con las pruebas que tenemos, usted va directo a Mariona.
Revisen bien los libros, señor. Hagan bien las cuentas. Yo tomé mi dinero y dejé el que le pertenece a la empresa. Y para que entienda, pongo en su conocimiento que acabo de concluir los estudios de mi nueva especialidad: soy mago.