En el extenso grupo había de todo: estudiantes universitarios, albañiles, licenciados con corbata, ninis, periodistas de radio, cobradores de coasters, vendedores de saldo, ingenieros eléctricos, asistentes de diputados, abogados, bisneros y un largo etcétera. Lo más sorprendente era que el partido había terminado hace un par de horas cuando el grupo ya planeaba las acciones para el eventual regreso de la selección enemiga. El estrés era mayúsculo pues la incertidumbre pasaba por adivinar si los enemigos regresarían en unos cuantos meses, como los especialistas deportivos indicaban, o si había que esperar cuatro años para la siguiente eliminatoria mundialista. Aquello más parecía un histérico comité de festejos patronales que el consejo nacional del Comité Odiamos a México.
La reunión de ese martes, celebrada en uno de los locales del Comité, un amplio chupadero ubicado en la zona real, tenía como principales puntos de agenda las acciones a tomar en el corto plazo, la captación de nuevos miembros y formas más creativas para odiar a México. La siguiente caravana, dijo uno, debería ser más ruidosa, ya ven que ni los despertamos. ¿Ideas? Morteros #50. No, creo que están prohibidos. Una pichachada de batucadas. Demasiado choteadas, si hasta en las bodas y los bautizos las usan ya. ¿Y si traemos las bocinas de una de esas iglesias que no dejan dormir los domingos en la mañana? Podría ser, se dijeron en coro. Lo cierto, dijo otro más proactivo, es que deberíamos demandar a los dueños de ese hotel por apátridas: ¡esas ventanas deberían estar prohibidas! Todos aplaudieron.
El vicepresidente de ideología tomó la palabra y preguntó al pleno sobre las razones para odiar a México. Una avalancha de respuestas: porque se creen el gigante de la región; porque una vez alguien, seguramente un futbolista o así, dijo que jugábamos con pelota cuadrada; porque nos miran de menos por el color de nuestra piel; porque el color verde es muy fuerte para la vista; porque el habladito suena a culerada; y porque, esta última repetida hasta la saciedad, se la pican y se la llevan de vergones. El vicepresidente anotó lo escuchado y agregó que deberían pensar en nuevas y frescas razones para motivar a las nuevas generaciones a odiar a los mexicanos. Algo así como inventar que los aztecas planearon un secuestro del Atlacatl antes de la llegada de los españoles o que grupos radicales antisalvadoreños en el DF han organizado una quema masiva de pupusas frente a nuestra embajada. Ese vicepresidente era un jodido visionario.
El encargado de organización pasó al siguiente punto y preguntó por las próximas acciones a tomar. La creatividad en ese momento era como una bola de nieve en bajada, imposible de detener. Uno propuso que la Asamblea, vista la actual disposición, ordenara un antejuicio contra el árbitro del partido que claramente afectó el resultado. En una de esas y hasta lo fusilan, complementó otro. Un miembro del Comité dijo que el gobierno debería reforzar con militares nuestras fronteras con México para evitar futuras invasiones. Eso sí, agregó, habría que hacer excepciones para permitir la entrada a Vicente Fernández, al Potrillo y a los grupos musicales que tengan la delicadeza de reunirse, como OV7 o Magneto, para deleitarnos con su espectáculo. Hubo más de uno que quiso decir que El Salvador no compartía frontera con México, pero al ver a sus compañeros de odio tan eufóricos decidieron callar. Total, la gente qué sabe, reflexionaron. Otro propuso prohibir la palabra chícharo porque qué era esa culerada de andar diciéndoles de otra forma a los petipuás. Otro comentó que habría que prohibirle a Omar Angulo que se vistiera de charro.
El Comité firmó el acta de reunión de ese día y los miembros chocaron los envases. Como las bocas se habían terminado, el presidente mocionó para que se fueran a los tacos del Lips. ¡Y de ahí al Trovador, josdepú!