El deporte puede ofrecernos cierto reflejo de las malandanzas de la política. Dependiendo del cuarto de espejos desde el cual se aborde la faena, cuando el deporte acude a afeitarse, la política se asusta por el impecable tino de lo reflejado, lectura inalcanzable hasta para el más infalible de los clarividentes timadores de la cuadra. Solo es cosa de estar atento a las similitudes. Y de no sufrir de náusea.

Por ejemplo, y ya que hablaré de política, lo mejor sería comenzar por el deporte rey del ‘planeta de los chanchuyos’: el boxeo... (esta es la parte en la que uno suspira al evocar el recuerdo que los almanaques narran por lo ocurrido entre Firpo vrs. Dempsey, Alí vrs. Frazier, Tyson vrs. Holyfield o hasta Pepe el Toro vrs. Boby Galeana).

 

Y como todo tiempo pasado siempre será mejor, el otrora arte del pugilismo ha cambiado el sabor de sus mieles por el del arte del carterismo, gracias a una corrupción descarada. Si bien no es algo nuevo, el cinismo de los últimos tiempos podría ahuyentar a buena parte de los seguidores del boxeo y hacerlos migrar hacia la adaptación moderna de los ‘Munus Gladiatorium’: la UFC (Ultimate Fighting Championship), o dicho de otra forma, las lides donde (casi) todo se vale.

 

Hace dos semanas vi la pelea de Manny Pacquiao versus Timothy Bradley, en la que este último fue tan justo vencedor como justo es que un diputado que nunca supo qué es un ábaco tenga el poder de decidir por nosotros. A “Pac-Man” le robaron la pelea de la misma manera en la que en su beneficio le habían robado antes la pelea a Juan Manuel Márquez. Es decir, ladrón que roba a ladrón...

 

El asunto es que en la pelea contra Bradley, Pacquiao se confió de que llevaba una ventaja sólida y decidió eludir el riesgo de mayores conflictos, lo que enlaza perfectamente con la postura más reciente adaptada por el equipo de campaña de Enrique Peña Nieto en México. De acuerdo con la encuesta de los periódicos El Universal y The Dallas Morning News, el candidato del PRI aventaja por más de 15 puntos a su más cercano adversario. Esta comodidad, por ejemplo, le brindó la confianza como para no asistir al debate organizado por el movimiento “#YoSoy132”, de gran impacto en los votantes urbanos. A una semana de las elecciones presidenciales en México, la estrategia del cierre de la campaña de EPN, puede ser vista como la de Pacquiao en Las Vegas.

 

¿Se llevará una sorpresa? Eso sería dudar de la transparencia del Instituto Federal Electoral (IFE), responsable de cumplir con la función estatal de organizar las elecciones federales de México. Es una duda que ya tuvo Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2006 –y que incluso derivó en acusación de fraude–, pese a que en aquella ocasión (al igual que en el presente) dijo que respetaría el resultado oficial. Inevitable es entonces la comparación con José Mourinho, técnico del Real Madrid, y sus célebres conferencias de prensa en las que ha apuntado hacia un posible complot arbitral en beneficio de su némesis, el FC Barcelona.

 

Y qué me dicen de Gabriel Quadri, el candidato del Partido Nueva Alianza, quien gracias a su ventajosa elocuencia ha logrado que muchos lo vean como una especie de Ted Williams. Hay talento de sobra... el problema es quiénes le rodean. Pero ‘salvadoreñizando’ el ejercicio, acaso el FMLN no es como la prensa deportiva española que antes acusaba de ‘villarato’ solo cuando se veía afectada (un codazo de Tassotti acá, una Corea mafiosa allá), pero cuando ya en el provecho del poder (o en poder del provecho) ve como normal lo que antes denunciaba. Por ahí también viene el retorno (presidenciable) de Michael Jordan tras su fracaso como beisbolista; o cómo obviar el recuerdo de la absolución de O.J. Simpson por aquel “incidente” que tuvo con su esposa.

Lo dicho: el deporte y la política tienen la capacidad de asquearnos, si nos ponemos demasiado suspicaces.