Juego de virtudes

 

—¿Su nombre?

—Esperanza.

—¡Qué lindo nombre! Propio para estos tiempos.

—¿Para estos tiempos? ¿Por qué?

—Porque es lo que más se necesita…

—Ummm…, no estoy segura. Hay cosas más importantes que la esperanza.

—¿Por ejemplo?

—Que la Luna se encienda cada noche.

—Pero eso no depende de nosotros, sino de las leyes cósmicas.

—¿Cree usted?

—Estoy seguro.

—Entonces, usted se hubiera llevado muy bien con aquel señor que se llamó o al que llamaron Cristóbal Colón.

—¡Jajajá!

—Se lo digo en serio. Don Cristóbal creyó en las leyes cósmicas y por eso se lanzó al mar desconocido en tres cascaritas de nuez. ¡Para eso se necesita tener fe!

—Fe y esperanza.

—Bueno… Fe, esperanza y caridad.

—¿Caridad? ¿Qué tiene que ver, aparte de formar parte del triduo de las virtudes teologales?

—Caridad para entender las incongruencias del misterio.

—Que son las mismas de la vida.

—¡Jajajá!

—¡Ah, hoy es usted la que se ríe!

—Es que la esperanza es risueña por naturaleza, ¿no le parece?

—Bueno, no siempre, porque a veces duele.

—¡Baje la guardia, hombre, que a este mundo hemos venido a ser felices!

—¡Uy, pero no se lo vaya a decir a ninguno de esos profetas de la catástrofe, que son los que hoy más aparecen en los medios!

 


ADOLESCENTE EN VACACIONES

Este día, temprano, las voces del entorno están a tono con el ánimo de la brisa. Es el primer día de las vacaciones largas. Un acontecimiento anualmente estelar. Noviembre en vivo. Y ahí, sobre la ceja del horizonte boscoso, la última estrella de la noche, que parece querer sobrevivir a los avances del alba, envía un mensaje de acompañamiento inspirador. Y entonces él suspira. Es un suspiro de comunicación íntima con todo lo que está alrededor. Hubiera querido poner aquel sentimiento espontáneo en alguna página compartible, pero como eso no es dable, tiene que comunicarlo a su modo, haciendo vibrar el universo de sus hojas. Porque el adolescente en vacaciones es un árbol, un árbol feliz…


AMAXOFOBIA

Todas las mañanas salía de su casa hacia el trabajo, y el trayecto lo hacía a pie. En el garaje quedaba su vehículo, que era ejemplar de carrera, de esos que hacen ruidos extravagantes para demostrar que van ahí. En el vecindario se le tenía por un personaje excéntrico, y por eso nadie extrañaba su actitud. Pero más de alguno pensaba: “¿A quién se le ocurre andar vagando a pie por estas calles tan insalubres e inseguras cuando se tiene un Jaguar a la disposición?”

Y un día de tantos, el aludido apareció montado en una bicicleta de las de antes, como si la hubiera ido a rescatar de un garaje de antaño. “Éste sí que es extraño”, se comentó entre los vecinos. Pero él iba sonriente, tal si estuviera redescubriendo una antigua libertad.

Al regreso, se asomó al garaje, por dentro, sin que nadie lo viera. Ahí estaba el Jaguar, en retiro forzado, con la evidente ansiedad de ir camino de ser chatarra.

—Ahora ya sabés lo que es ansiedad, amigo –le dijo él, con ánimo conciliador--. Pero te prometo que el día en que yo pueda vencer mi fobia, con auxilio de esa nueva amiga que tiene apariencia anoréxica pero que está más saludable que tú y que yo, vamos a salir a divagar ceremoniosamente por los alrededores…


DESCUBRIMIENTO DE LA ESPUMA

Unos metros antes de llegar al punto de cruce con la línea del tren, una pequeña hilera de casas hace saber que la estación está cerca. Sí, a solo unos pasos. En una de esas casas de adobe hay una especie de cervecería que pertenece a dos personajes singulares: don Bruno y la Niña Juana Andreatta. Él es un italiano ya mayor, de pelo cano y figura espigada. Aquí no tiene acceso a los vinos de su tierra, pero sí a los aguardientes legales e ilegales del ambiente.

Don Bruno apenas sale a los alrededores. La Niña Juana, que es del lugar, se ve con frecuencia por los entornos. Muy cerca, en la esquina frente a la vía férrea, está la casa entre altos árboles donde vive Mario Gamero con su esposa Dora; acaban de formar pareja, y él ya contempla la posibilidad de cumplir su sueño: ir a estudiar medicina a España. Lejos, lejos, lejos. Dora sonríe, queriendo conformarse con la ausencia anunciada.

Al otro lado de la vía férrea, y unos metros al occidente, el rustico edificio de la estación se alza como una mole oscura. Ahí están don Toño Martínez, el jefe de estación, y su mujer, la Niña Chentía Gamero, de nombre original Presentación. Él, cabezón y rechoncho, con su andar a paso inseguro porque una de sus piernas está enganchada a una pata de palo, luego del accidente en que un durmiente de la vía le provocó el colapso de una de sus piernas; la Niña Chentía, pequeña de cuerpo, virusca de ánimo, animosa de gesto, pendiente de su jardín aledaño y muy dedicada a sus habilidades de cocina.

Todo está ahí. Todos están ahí. La tarde empieza a caer, entre celajes que parecen evitar las peinetas surrealistas de los follajes. Alguien, un niño de seguro, observa el entorno desde su lugar favorito: ese promontorio de hierba fina, cubierto por un dosel de enredaderas colgantes, que apenas dejan espacios para la contemplación.

De pronto, hay un bullicio en el aire. Una bandada de pericos pasa como el jirón de una túnica voluntariosa que escapa por su cuenta entre el aire indiferente. Se aleja la bandada y el aire vuelve a quedarse quieto.

El contemplador infantil parece estar aguardando algo más.

Por el lado de la calle de polvo, que viene bajando en pendiente, se oye el ruido de una máquina. Es algún camión arenero que llega a recoger producto en las vegas del vecino río Las Cañas, con más arena que agua. Y en distintos puntos del entorno cerril y boscoso se alzan pequeñas columnas de humo, que anuncian fogones en acción.

Entonces cruza una nube más blanca que todas las que la rodean y un pájaro solitario hace giros como si anduviera en busca de su hábitat natural.El contemplativo prende la mirada a los vuelos circulares del ave que ha aparecido de repente. Sabe, por intuición pulsante, que no es de los seres voladores que son comunes por ahí. Y con rapidez busca entre las imágenes que tiene almacenadas en el estante de sus primeras percepciones. ¡Sí, ha visto un ave igual en las páginas de su libro escolar sobre estudios de la naturaleza!

—¡Una gaviota! –exclama, sobrecogido de emoción.

Y cuando lo dice, todo el paisaje parece teñirse con esa emoción desconocida. ¿Una gaviota? ¿Pero qué hace una gaviota en aquella reducida atmósfera de lomas, colinas, hondonadas, potreros, riachos, viviendas desperdigadas entre sembradíos y ramajes…? Una gaviota es el emblema…

Del mar. Y al evocar la imagen, conocida también por las estampas de los libros escolares, el contemplador infantil se queda en suspenso. Su alma de navegante, desconocida y sigilosa, le hace una seña desde lo ignoto de la conciencia.