OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

* Periodista salvadoreño

Cuando nací, Matías, El Salvador era diferente. Impresionante, claro, pero con otra suerte de características que, cuando seás consciente, te parecerán hasta ridículas. Los niños, por ejemplo, jugaban en la calle, en las colonias, en los barrios. No había alambre razor decorando los muros de las casas, algo que a vos te parecerá una negligencia de seguridad. Y ahora que lo pienso, porque esto que te cuento ocurrió hace 30 años, los buses que circulaban en la ciudad de seguro estaban nuevos. El problema, como seguramente te darás cuenta en algunos años, es que no los han cambiado desde entonces.

Había guerra, Matías. Montón de muertos cada año, y así durante 12 largos años. Salvadoreños contra salvadoreños, dos bandos que no encontraron otra solución para dirimir el rumbo que debía tomar el país. Los políticos hablaban, decían que discutían, y poco o nada se ponían de acuerdo, una sarta de enfrentamientos verbales, descalificaciones, que defenestraban cualquier arreglo. Gente como tus abuelos miraba todo aquello con desesperanza pero también pensaban que no había de otra, que había que seguir viviendo.

El mundo, aunque no lo creás, se fijó en este pequeño país. Hubo presiones para buscar una salida dialogada. Incluso desde Estados Unidos, que como ya te darás cuenta tiene vocación de vecina chismosa. Se meten en todo, opinan de todo y (casi) siempre obtienen lo que quieren.

Diez años después de que yo nací, hubo algo que se llamó Acuerdos de Paz. No nos dimos cuenta del error en el nombre porque aquello, en realidad, fue un acuerdo para terminar la guerra. No era poca cosa terminar la guerra, pero estar en paz, nos daríamos cuenta después, implica mucho más que dejar de dispararse estando uniformados.

Los años siguientes sirvieron para mucho en favor de pocos: vendieron bancos, cerraron empresas y tantísimos fueron los que engrosaron las filas de desempleados. Muchos terminaron más pobres y tantos más se largaron para Estados Unidos.

No sé cómo decirlo, Matías, porque me da mucha vergüenza. Han pasado 30 años y no es que la historia se haya repetido, pero muchas cosas dejan el mal sabor de boca de lo poco que hemos aprendido. Tu tía diría que hemos caído en un bucle de autodestrucción.

Ahora hay un conflicto grave, Matías, incluso muchos la han llamado una guerra entre pandillas. Montón de muertos cada día. Salvadoreños contra salvadoreños. Las razones son diferentes hoy día, pero el resultado es similar: dos bandos que resuelven sus diferencias matándose. Estos días también se evocan los Acuerdos de Paz por algo que comenzó poco antes de que nacieras. Las pandillas han llamado a un pacto en medio del escepticismo nacional. Los políticos (en este y en muchos otros temas) siguen sin ponerse de acuerdo, y la opinión de Estados Unidos, como advertirás, sigue siendo tan importante como escuchar misa.

Es cierto, como seguramente me corregirás en el futuro próximo, que este país ha cambiado mucho desde 1982. Y sí, tampoco te voy a mentir: ahora podrás jugar y correr en los centros comerciales o en alguna colonia fortificada. También es cierto que te dejamos menos árboles y sapos y más carreteras y restaurantes ‘macníficos’. Ya lo siento, en serio.

Pero me callo ya, que tampoco quiero causarte una depresión infantil siendo tan negativo. Solo me quería desahogar, contarte cómo van las cosas aquí donde te tocó nacer. Mejor te saco unas sonrisas y somos felices, ¿querés que te cante una de Crí-Crí al estilo Bunbury? ¡Te reís de lo lindo!

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No tengo hijos aún; lo más cercano es el primer hijo de mi hermano mayor. Matías cumple hoy cuatro meses. Besos, nene.