Lo nuevo es lo de siempre
Nunca entendí cómo funciona la Memoria. Soy obsesivo, y quizás eso me pone barreras, entrepisos y puntos ciegos. Muchas veces se lo he preguntado a ella, cuando nos quedamos solos en las noches de desvelo, paradójicamente después de una jornada fatigosa. Cada vez acabamos en lo mismo, sólo con alguna brizna diferente, tal vez. Ella siempre está ahí, sentada sin reticencias frente a mí, en su diván poblado de almohadones y cojines, propio para el descanso perezoso. Yo, en contraste, como siempre, me arrebujo con dificultad en el camastrón heredado, cuyos resortes ya piden jubilación y que, quizás con propósito de reclamo, al menor movimiento me desafían a los músculos que nunca tuvieron entreno deportivo.
Este día ha sido para mí especialmente intenso, con mil exigencias por cumplir; y estoy mentalmente dispuesto a estabilizar energías en el sueño. Pero ya sé que no todos los propósitos se cumplen. Y, como ya me debería haber sido perfectamente previsible, dadas las tendencias espontáneas de mi psique voluntariosa, lo que me llega es un espabilamiento sin cansancio, como si acabara de gozar una larga siesta sin interrupciones.
Dirijo la vista, como es inevitable, hacia el diván de la Memoria, y, para mi sorpresa, ahí no hay nadie. ¿Dónde estará?, pienso, girando los ojos. Y, para mi sorpresa, la descubro encogida como una oruga en uno de los rincones. Me inclino sobre ella.
¿Estás bien?
Es una pregunta suave y familiar, pero ella reacciona con sobresalto:
¿Me hablas a mí? ¡No me pasa nada! Estoy bien.
Me aparto unos pasos, como para que no se asuste más.
Entonces, es buen momento para hablar de lo nuestro. Al verte asi, siento que la ternura me invade.
Ella simplemente se incorpora a medias en el sitio donde está. Ambos nos quedamos unos segundos en silencio. Y, aunque según las circunstancias del momento pareciera que estoy en posición ventajosa, algo se me anuda en la garganta. Ella, sonriente, me observa, ya con su autosuficiencia consabida.
¿Tú no tienes nada qué preguntarme? me aventuro, para que el silencio no se estanque.
Yo, la Memoria, nunca pregunto. Todo lo que podría preguntar está resuelto en mis archivos voladores.
La frase me provoca de inmediato: ¿Archivos voladores? ¿Y eso qué significa?
Son justamente esas preguntas o esas invocaciones que giran alrededor de ti se explica, adivinando mi inquietud.
Pero es que tú tampoco me respondes como yo necesito casi le reprocho, como lo he hecho tantas veces, cuando quedo en blanco o con referencias fragmentarias.
Ay, amigo mío, es que lo que tú pretendes no se puede: yo no soy un depósito público de datos oficiales: yo sólo soy la Memoria, tu memoria, es decir, esa personificación de tu presente que quiere hacerse presente en el pasado. Tenemos que dejarlo así. Yo hago lo que puedo, no lo que tú quieres. ¿Estamos?
¿Dónde estamos?
Aquí, en tu habitación.
¿Cuál de todas?
Ah, empecemos por ahí. ¿Cuántas veces tendré que recordarte que estoy en todas?
Bueno, algo es algo. La Memoria y yo. Pareja perfecta. No nos entendemos casi nunca, pero no podríamos vivir el uno sin el otro. Frase hecha.
Hechísima. Un día de estos vas a querer llevarme a la sacristía, jajá. Mejor descansemos. Hasta mañana.
DESERCIÓN ESCOLAR DE NIÑAS
Las estadísticas no engañan, dicen los expertos. Vaya ilusión. Si hay algo francamente fantasioso son las estadísticas. Y para muestra, un botón de sastre. Se dice que en 2011 hubo menos niñas que niños en las escuelas públicas. Y los expertos hablan de causas como la violencia, la migración y el trabajo infantil. El periódico se halla abierto sobre la mesa de madera viva, en la página que trae tal información. El hombre de pelo hirsuto y camiseta raída está inclinado sobre el papel. La voz de la mujer viene llegando desde la cocina que es un rincón ahumado:
Si volvés a comprar el diario no vamos a tener para comer nada en la noche.
Ummmm. Lo compré para ver los clasificados.
Enseñá
¿Cuáles avisos? Aquí lo que dicen es que las cipotas ya no van a la escuela. ¿Aguantás? ¿Y para qué quieren que vayan?
Para que aprendan algo que les sirva.
¿Dónde?
En la vida.
Si la vida no se aprende, maje.
Ella pone sobre la mesa el plano con frijoles, cuajada y una tortilla.
¿Y todo esto es para mí?
No, para los dos. Vos fuiste a la escuela y yo también. Merecemos desayuno, ¿veá?
Y los cipotes, ¿ya comieron?
Uhhh, hace ratos. Vos estabas en el quinto sueño, como desocupado que sos. Ellos ya se fueron para la escuela. También la bicha, que después quiere ser cosmetóloga.
¿Y eso?
¿No te acordás? A vos te va a poner el tratamiento en el pelo, que se está volando, y a mí en las arrugas, que se me están insolentando. A ver si es cierto. ¿Te acordás? La falta de quehacer como que te quema las pilas. Así que dejá de estar viendo noticias y ponételas.
MÁS SENCILLO DE LO QUE PARECE
La tristeza es un arte. La alegría es un deporte. ¿Será? Mientras caminaba por la peatonal superpoblada a esa hora, le brotaba interiormente un surtidor de imágenes de alguna manera relacionadas con la alegría y la tristeza. Alrededor, los abigarrados comercios mostraban en sus vitrinas y en las mesas sobre la calle la multitud de los objetos turísticos.
Se detuvo en un café, en el que no había nadie a aquella hora. Tenía que elegir entre afuera y adentro. Escogió adentro, porque la calzada estaba demasiado concurrida, y él de seguro necesitaba cierta intimidad. La mesera que se le acercó para atenderlo tenía un aura especialmente atractiva, o al menos eso fue lo que él sintió de inmediato.
¿Qué va a ordenar?
Que usted se siente conmigo.
Ambos se rieron al unísono.
No, en serio, ¿qué va a ordenar de la lista de bebidas?
Nada, porque yo no vine aquí a beber.
Ah, pues lo dejo tranquilo.
¡No, quédese conmigo un momentito! ¿Puede?
Sí, ahorita no hay clientes. Lo que no puedo es sentarme.
Entonces yo me paro.
Lo hizo. Él fue a acomodarse en la barra y ella se ubicó a la par.
Solo quiero hacerle una pregunta: ¿Está triste o alegre?
¿Ahorita? preguntó ella, medio sorprendida.
Él asintió. Y ella soltó la carcajada:
Estoy triste, porque mañana me voy de aquí, y eso me pone ante el dilema de ver lo que hago y cómo lo hago. Y alegre, porque mañana me voy de aquí, y eso me va a permitir salir a correr por las mañanas, al menos hasta que consiga empleo.
Él también soltó su carcajada. Sí, el arte y el deporte. Sin dramatizar.