Ser madre no es algo para lo que una mujer pueda prepararse. No hay instructivos ni manuales que valgan. No hay manera de evitar la angustia, la desesperación, el miedo o las lágrimas en determinados momentos en los que la situación supera al cuerpo. Y aunque a veces sobran los consejos, cada caso en tan diferente que lo que funciona para una, puede ser contraproducente para otra. Ser madre es algo que siempre será difícil.
En este país, sin embargo, a las angustias que ya incluye la maternidad se les suman factores externos que complican todo incluso más. Desde hace años, por ejemplo, El Salvador no ha podido bajar el porcentaje de madres adolescentes que parece clavado en 30. En 2011 se registró una baja en el número de niñas que ingresaron a parvularia y a tercer ciclo. Ante la falta de educación, se hace todavía menos probable que la información acerca de cómo denunciar abusos de cualquier índole llegue a las mujeres de las zonas rurales, que acaban siendo siempre las más vulnerables y las que más hijos tienen. Y, además, las iniciativas para promover que los hombres crezcan como padres responsables son tímidas.
Así, ser madre en El Salvador adquiere, en muchos casos, un aire de heroicidad. Al menos cuando se triunfa, cuando los hijos crecen a pesar de no tener suficiente para comprar comida. Cuando estudian pese a que en el camino a la escuela haya cualquier cantidad de riesgos. Cuando la suerte toca y se vence tanta calamidad. Pero, de nuevo, no se puede medir a todas las madres con la misma vara. Y siempre hay casos en los que falta más que suerte, fe, entrega o instinto. Hay casos en los que habría que tomar en cuenta el daño que la madre acumula, sus circunstancias, para entender por qué hace esto o lo otro.
Aunque como país nos encante esa idea de que las mujeres al tener hijos adquieren superfortaleza, no podemos hacer de ciegos y sordos ante maternidades complicadas, como la de Silvia Jiménez, quien a los 18 años tiene un hijo de dos años al que no ve desde que fue arrestada acusada de intentar matar a otro hijo, uno que recién había parido y del que no le había dicho nada a nadie. En esta edición hacemos un esfuerzo por entender a mujeres como Silvia, a las que se hace fácil juzgar pero a las que difícilmente alguien busca escuchar.