Rosa Ashley Orellana tiene apenas seis años. Su nombre hizo noticia en junio, cuando fue detenida por los agentes del tristemente célebre alguacil Joe Arpaio mientras intentaba, junto a otros 16 inmigrantes, cruzar la frontera desde México.
La niña es apenas una de las caras visibles de un fenómeno cada vez más frecuente: niños y niñas viajando sin el cuidado de sus padres o parientes cercanos el camino de más de 2,500 kilómetros entre El Salvador y la frontera entre Estados Unidos y México.
Es un camino en donde la distancia es lo menos atemorizante. Redes de traficantes de personas, narcotraficantes, pandillas, las mismas autoridades federales, el calor del desierto... La lista de peligros es enorme incluso para un adulto.
Cada vez más enfrentan ese vía crucis menores de edad, de acuerdo con un informe reciente de la Oficina de Atención a los Refugiados, una dependencia del Departamento de Salud de Estados Unidos. En 2004 esa oficina recibió a poco más de 5,500 menores que fueron encontrados como indocumentados sin sus padres. En 2011 la misma oficina atendió a 11,000, la mayoría de ellos niños, pero también a un número cada vez más grande de niñas.
¿Qué diablos está pasando en Centroamérica? ¿Cómo mandan a menores solos?, se preguntaba Jessica Jones, una empleada del Centro de Protección de Mujeres de Arizona, alarmada por ese aumento. La respuesta es sumamente complicada. Tiene mucho que ver con el hecho de que muchos de los inmigrantes en edad reproductiva llegan a Estados Unidos dejando tras de sí a una prole que depende de lo que ellos les envían. Para muchos, en especial para las mujeres, emigrar como indocumentadas equivale prácticamente a perderse los mejores años de sus hijos, a conformarse con una llamada telefónica semanal que intente, de mala forma, suplir el contacto directo.
La reunificación familiar de los inmigrantes en Estados Unidos, incluso por la vía legal, es larga y complicada antes de obtener la ciudadanía estadounidense. Incluso si se logra la residencia legal, las peticiones de reunificación ocupan el último lugar de la fila detrás de los ciudadanos. Además, la falta de oportunidades en Centroamérica sigue haciendo que el paradigma de emigrar hacia el Norte siga siendo la principal alternativa. A pesar de campañas de concienciación sobre los peligros de viajar como indocumentado, las cifras siguen aumentado de manera dramática.
Los números de menores viajando solos contrastan agudamente con las cifras de la patrulla fronteriza, que dice que los arrestos en la zona fronteriza están en su nivel más bajo en los últimos 20 años. El aumento del número de agentes en la frontera, más los peligros en México y la falta de empleos en Estados Unidos suelen citarse como las causas en el descenso de ese flujo de indocumentados.
Pero la migración de menores no obedece a causas económicas, sino sentimentales. Sus padres pagan en algunos casos hasta $6,000 por cabeza para traerlos a Estados Unidos. Hay incluso coyotes especializados en transportar menores, bajo la premisa de protegerlos de manera especial de los peligros del camino. Pero es un trato sin ninguna garantía. La posibilidad de terminar en prostíbulos o de ser vendido como mercancía y sufrir abusos incluso de parte de las mismas autoridades es enorme.
Los menores indocumentados son la cara más frágil e indefensa de ese fenómeno en el que Guatemala, Honduras y El Salvador siguen actuando como máquinas centrífugas que expulsan a grandes sectores de su población por la falta de oportunidades.
Así que la respuesta a esa pregunta, ¿qué diablos está pasando en Centroamérica?, sigue siendo la misma de siempre. El hambre y la soledad pueden más que el miedo.