Violencia, narcotráfico, conflictos entre poderes y la legalización de drogas no son problemas que tendrían que preocupar a nuestros jóvenes. La juventud debería de ser un momento de sonar y de dar pasos firmes para alcanzar metas, es tiempo de estudiar, de prepararse y de gozar la vida.

 

A finales de la década de los noventa cuando salía del bachillerato e iniciaba la universidad, lo único que me preocupaba era entrar a una universidad, sacar mi carrera y conseguir un empleo.

 

Lo que se sabía de las pandillas se limitaba a que eran riñas entre estudiantes y rivalidades entre instituciones. Estas eran un verdadero problema, pero allá en Estados Unidos. Salvo unos enfrentamientos en el centro de San Salvador, las pandillas parecían un problema lejano.

 

En algunos puntos de la capital había muchachos tatuados que exigía un “peso” y los asaltos a bordo de los buses eran el pan de cada día. Pero de eso a tener que sufrir las consecuencias de las extorsiones y ser “rentado” en tu propia colonia hay una diferencia abismal. Salir huyendo del país por amenazas de pandilleros no lo conocimos nosotros en nuestra juventud.

Recordamos a los que abandonaron el país durante la guerra por la inseguridad, por amenazas, pero eso ya había pasado.

Los que cumplimos la mayoría de edad después de los Acuerdos de Paz teníamos una visión esperanzadora de nuestra realidad.

 

Nos preocupaba la educación, la economía, la seguridad, pero ¿a qué generación no le ha preocupado lo mismo? Al menos no cargábamos con los problemas complejos a los que se enfrenta la generación de hoy. Los problemas que se han venido heredando, que han estado debajo de la superficie y los que se han importado de otros países.

 

En mi juventud, el narcotráfico era un problema de Colombia, México y Estados Unidos. En El Salvador solo conocíamos a los huelepegas en los semáforos y un par de fiestas rave famosas.

 

Los jóvenes de esa época estábamos llenos de esperanza y optimismo sobre nuestro futuro y el caminar del país. Las instituciones estaban nuevas y aparentaban estar libres de vicios. No veíamos pleitos entre los poderes del Estado, donde no se respetaban el uno al otro e intentaban cancelar las decisiones entre sí.

 

 

Habíamos concluido ya la etapa de transición de la guerra a la paz y había bastante avance en la transición de una sociedad militarizada a una desmilitarizada.

Los Acuerdos de Paz eran un recuerdo fresco y en la radio y televisión te bombardeaban con anuncios de las convocatorias de la ANSP, mientras que las encuestas decían que el principal problema para los salvadoreños era la delincuencia. Pero teníamos aún esperanzas de que esto cambiara.

 

Y aunque uno ve el peso que cargan los jóvenes de hoy en día, es alentador saber que la juventud salvadoreña es lo suficiente madura para ver que estos problemas son graves y tienen sus propias opiniones sobre lo que está sucediendo en las instituciones, en el país y más allá de las fronteras de El Salvador.