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Abuelos. En “Tierra de infancia”, Lars describe el carácter y la genealogía de sus abuelos maternos, Felipe Vega y Carmen Zelayandía de Vega. Esta imagen debe tener un siglo.

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  • Abuelos. En “Tierra de infancia”, Lars describe el carácter y la genealogía de sus abuelos maternos, Felipe Vega y Carmen Zelayandía de Vega. Esta imagen debe tener un siglo.

  • Hogar. A la izquierda, el patio de la casa de Armenia donde vivió Carmen Brannon. Roy, su hijo, no sabe decir si la muchacha de la sombrilla es Carmen. Sin embargo, reconoce a su tío, Juan Brannon, y a la mascota de la familia, el perro Fanor. A la derecha, aparece Carmen Brannon cuando ya se había reiventado como Claudia Lars, en 1933. Ese año, Claudia cumplió 34 años de edad. Fue hasta 1959 cuando publicaría “Tierra de infancia”.

  • Reliquia. Esta foto podría ser de fines del siglo XIX. Es Manuela Vega, la mamá de Claudia Lars.

  • Mascota. En la imagen aparece Fanor, el perro de la familia Brannon-Vega que vivió en una casa-portal frente a la iglesia de Armenia. Según un apunte de la mismísima Claudia Lars, el niño de la foto es Max, su hermanito.

  • Madre. El último capítulo de Tierra de infancia, Claudia Lars lo dedica a su madre, Manuela Vega Zelayandía. La describe como humilde, silenciosa, paciente, servicial, fuerte y a la vez fragil.

  • Ruina. Claudia Lars anotó algo en este collage del terremoto-erupción de 1917:

  • Terruño. Según un apunte de Lars, esta es la hacienda de su abuelo, Las Tres Ceibas. “Sus peones recibían miserables salarios, pero sabían que el abuelo pagaba mejor que la mayoría de finqueros”, describe Lars en su libro Tierra de infancia.

  • Juventud. Se ignora la antigüedad de esta fotografía. Carmen Brannon luce aún adolescente. Roy Beers, su hijo, tampoco sabría decir si esta foto fue tomada en el corredor de su casa de Armenia o en Sonsonate.

  • Recuerdos. Roy Beers, de 84 años, extrae los recuerdos de su madre, Carmen Brannon. Algunas de las fotografías tienen más de 100 años de antigüedad.

  • Infancia. En la fotografía, Carmen Brannon -Claudia Lars- aparece de pie junto a su hermana menor, María Brannon, Maruca. Carmen nació en 1899, esta imagen tendría un siglo.

  • Ayer. En “Tierra de infancia”, Lars cita los cambios que sufría Armenia. Según ella, sobre un antiguo mercado indígena instalaron este quiosco, al que confundían con un palomar.

  • Ruina. Claudia Lars anotó algo en este collage del terremoto-erupción de 1917:

  • Ruina. Claudia Lars anotó algo en este collage del terremoto-erupción de 1917:

  • Ruina. Claudia Lars anotó algo en este collage del terremoto-erupción de 1917:

  • Generaciones. A la izquierda, Lars aparece con su pequeño Roy. Alrededor de 1926, la poetisa contrajo nupcias en Nueva York con un estadounidense llamado Roy Beers. En 1927, regresó a El Salvador para parir al que sería su único hijo. A la derecha, Manuela Vega Zelayandía, la madre de Carmen Brannon. Esta fotografía podría datar de finales del siglo XIX. Roy heredará estás imágenes a su hija, Florens.

  • Histórico. Esta imagen, de alrededor de 1910, perteneció a Claudia Lars. Sobre la fotografía está escrito con su puño y letra: “La iglesia donde me bautizaron”.

  • Agradecimiento. Juan José Cañas, el diplomático salvadoreño que creó el himno nacional, falleció en esta capital el 18 de enero de 1918, a los 95 años. Patrick Brannon lo estimó mucho. Cañas fue uno de los primeros en descubrir el talento literario de Carmen Brannon cuando ella era apenas una adolescente. En 1916, le publicó, sin su consentimiento, “Tristes mirajes”. Dicen que Carmen recogió todos los ejemplares y renegó de su primer libro. Patrick Brannon (a la izquierda) también escribía. Como ejemplo, le dedicó este mensaje póstumo a Juan José Cañas.

Abuelos. En “Tierra de infancia”, Lars describe el carácter y la genealogía de sus abuelos maternos, Felipe Vega y Carmen Zelayandía de Vega. Esta imagen debe tener un siglo.

Fotografías de Giovanni Lemus y cortesía de Roy Beers

C

laudia Lars –la escritora salvadoreña más destacada del siglo XX– tuvo un único hijo, uno solo, Roy Beers Brannon.

Su aspecto es tan agringado como su apellido; sus gestos, adustos; sus ojos, grises. Su nariz, respingada. Y sus pantalones, Dockers. En Navidad cumplirá 85 años de edad y ha querido compartir, por última vez para un medio de comunicación, los recuerdos que le resultan más entrañables: los que involucran su niñez y la de su progenitora.

Con una llave en mano, Roy Beers camina por un largo pasillo de su caserón en plena colonia San Francisco. Atraviesa una biblioteca salpicada con libros y fotografías de Claudia Lars. Luego, transita frente a un óleo firmado por Salarrué y otro por José Mejía Vides. Y prefiere detenerse frente al retrato de una niña envuelta en encajes blancos. Es Claudia Lars.

—¡Esta es la niña de “Tierra de infancia”! Así la pintó Valero Lecha (un pintor español que radicó en San Salvador) inspirado en una fotografía de ella. –explica Roy. Y prosigue su marcha.

Se detendrá ante un dibujo infantil: una casita de colores junto a tres árboles.

—Esta es la famosa hacienda Las Tres Ceibas. Así la dibujó Cristina, una nieta –dice sonriendo ante esa pintura naif.

La casa de Roy Beers Brannon tiene algo de “Tierra de infancia”. “Tierra de infancia” es el famoso libro autobiográfico de Claudia Lars –de lectura obligada en escuelas nacionales– que inmortaliza los primeros años de su vida en su natal Armenia, Sonsonate. El libro fue publicado, por primera vez, alrededor de 1959.

En este punto, resulta imprescindible saber que Claudia Lars era el seudónimo de Margarita del Carmen Brannon Vega, quien nació en 1899 y falleció 75 años después, en 1974. En 177 paginitas, Claudia Lars nos zambulle en El Salvador de inicios del siglo XX. Lo describe como un país más rural, “temeroso ante la mariposa negra o ante el canto huidizo del tecolote”. Hablaba de indios huraños, del volcán de Izalco que solía escupir dragones ardientes, de los vientos casi fríos de octubre, de las luciérnagas de septiembre, de su caballito Medias Negras, de su perro Fanor. Hablaba de su finca, Las Tres Ceibas; de sus abuelos maternos, los Vega-Zelayandía; de su padre, Patrick Peter Brannon, un irlandés-estadounidense de rostro blanco “aunque tostado por los soles del trópico”.

—Yo conocí a Patrick Brannon, lo llamaba Papa-Patrick –comenta Roy, quien se ha detenido frente a un archivador de aluminio.

Le quita doble llave y extrae un montón de cosas que pertenecieron a Claudia Lars: el pergamino de un doctorado honoris causa de la Universidad Centroamericana (UCA), el medallón de la Orden José Matías Delgado, una ánfora de bronce y una antigua caja de bombones rellena de cartas y fotografías. Roy ignora si estas fotografías son inéditas. “Yo no recuerdo haberlas visto publicadas antes. Ojalá le gusten a los lectores”.

Una de ellas exhibe la antigua parroquia de Armenia, un templo de graciosas líneas neoclásicas, que lleva como pie de foto un mensaje borroso con la inconfundible caligrafía regordeta de Claudia Lars: “La iglesia donde me bautizaron”. La imagen debe tener más de 100 años. En ella, posan varios caballeros, uno parece ser un sacerdote vestido de negro. Roy descarta que alguno sea su abuelo: “Papa-Patrick no era ‘iglesiero’. No creo que salga en la foto”.

Lo cierto es que para 1890 la fachada de esa iglesia aún estaba en construcción. Eso atestigua la “Geografía Elemental de El Salvador” de Guillermo Dawson, publicada ese año. Sin embargo, para el 7 de junio de 1917, a causa del terremoto-erupción del volcán de San Salvador, la misma iglesia se vino al suelo. Entonces, Claudia tenía 17 años.

“La iglesia no era más que una ruina, sus torres se habían despedazado en las losas del atrio. Nuestro portal aún estaba en su puesto, pero el interior de la amplia vivienda se derrumbaba en varias partes y toda la estructura del edificio daba la impresión de que iba a desplomarse en cualquier momento”, Claudia Lars describe esto en su “Tierra de infancia”. Vivía a un lado de la iglesia. En una casa-portal que –bastante deteriorada– actualmente sobrevive como sede del partido FMLN.

En otra fotografía, aparece un camino arbolado que Lars ubica como Las Tres Ceibas. Hay también tres fotos de Fanor, el perro de los Brannon-Vega, parece juguetear con el hermano de Carmen, Max. Otra imagen exhibe el quiosco del parque central de Armenia. Hay varias fotografías de Papa-Patrick y algunas de cuando Carmen Brannon no tenía más de seis años. Hay una serie de fotografías de la destrucción que causó el terremoto de 1917, un cataclismo que, según Claudia Lars, “la alejaría para siempre de su tierra de infancia”. La destrucción del terremoto la hizo mudarse a Sonsonate. Más tarde, viviría en Nueva York, San José-Costa Rica, Ciudad de México, San Francisco y San Salvador.

Roy continúa extrayendo fotografías de su archivador. Hay unas libretas en inglés que parecen haber pertenecido a Papa-Patrick. Hay fotografías de Juan Brannon, un tío que fue diputado. Y hay otras donde aparece Claudia Lars –con su distintiva mirada melancólica– sujetando a Roy cuando aún era un bebé.

—¿Cómo era Claudia Lars como madre? ¿Cocinaba? ¿Le leía libros en la cama?

—Qué iba a andar cocinando, ¡no, no, no! –Roy ríe.

Sin embargo, asegura que cuando era un niño, Carmen Brannon solía leerle libros en su cama antes de dormir. “Me leía ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’ de Bernal Díaz del Castillo. ‘Camen’ (como siempre la ha llamado) leía que los españoles luchaban ferozmente contra los indios y que estos, desde lo alto de sus pirámides, dejaban rodar sus cabezas. Nos daba risa cómo Bernal Díaz los pintaba como bárbaros y a ellos como víctimas.”

Hay cosas de las que a Roy no le gusta hablar, como su falta de afán literario. Lo suyo, en definitiva, fue el mar, los navíos. Dice que manejó una empresa llamada Transmares. Conoció los puertos de todo el mundo, Rotterdam, San Petersburgo, Veracruz... Dice que le ha quedado poco tiempo para revisar mejor sus recuerdos.

Antes de despedirse, Roy extrae de su archivero un sobre manila en el que resguarda sus fotografías más antiguas, quizá de finales del siglo XIX. Se trata de los retratos de sus bisabuelos maternos: Felipe Vega y Carmen Zelayandía de Vega. La estirpe de ambos –indígena del lado de los Vega– está descrita con amenidad y detalle en el libro de “Tierra de infancia”. Sylvia Puentes de Oyenard –una reconocida escritora uruguaya– considera que este libro, el único que Claudia Lars publicó en prosa, debería ser “lectura obligada” no solo en El Salvador, sino en las escuelas de América y España “para impregnarse de poesía y descubrir la magia de la vida cotidiana”.

De momento, estas fotografías inyectan una dosis de realismo y magia a “Tierra de infancia”. Al leer el libro y ver estas imágenes, uno entiende claramente cómo su niñez fue determinante para lo que llegaría a convertirse: la poetisa más reconocida de El Salvador.

Claudia Lars escribió: “Entre el volcán y el mar nació la niña de este libro: el volcán de sus abuelos morenos; el mar de sus abuelos blancos. Nacer y crecer en una costa tan aromada y dulce, entre yerbas, frutos y pájaros de mil colores, es recibir desde la cuna maravillosos dones de belleza. En el valle natal mi corazón se fue abriendo como una flor gozosa y su raíz de sangre y arrobamientos se anudó, con fuerza oculta y permanente, al seno acogedor de la Madre Tierra”.