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¿Quién debe pedir perdón? (porJacinta Escudos)

Seamos sinceros: las heridas de la guerra civil en El Salvador nunca cerraron. El trauma social que nos dejó todavía no ha sido superado.

Escrito por Jacinta Escudos
Domingo, 19 abril 2009 00:00
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Opinión

Gabinete Galigari

Jacinta Escudos

 

El pasado 29 de marzo el arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, declaró que el Estado salvadoreño debe pedir perdón por los crímenes que se cometieron en la guerra civil que concluyó en 1992. Las afirmaciones fueron dadas en una rueda de prensa en el marco de la conmemoración del 29.º aniversario del asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero y de un foro desarrollado en la Universidad Centroamericana (UCA) en memoria de todas las víctimas.

 

Dicha declaración se da en el preciso momento de una transición radical en nuestro país: después de 20 años de gobierno de derecha del partido ARENA, vamos a inaugurar un gobierno de izquierda con el FMLN, o sea, las precisas fuerzas enfrentadas durante la guerra.

 

Los gobiernos de ARENA han insistido durante todos estos años en que debe haber “perdón y olvido”. Que no sería saludable para la sociedad salvadoreña derogar la Ley de Amnistía para la Consolidación de la Paz, abrir procesos judiciales o realizar actos de restitución pública, porque eso “volvería a abrir” las heridas dejadas por la guerra. Pero seamos sinceros: las heridas de la guerra nunca cerraron. El trauma social que nos dejó todavía no ha sido superado. Una demostración de ello es la rabiosa polarización política en la que hemos vivido durante todos estos años.

 

Hay que rescatar la memoria histórica y aprender las lecciones del pasado. Olvidar no es saludable si nos hace propensos a cometer los mismos errores una y otra vez. Es necesario aprender del pasado a través del análisis, la discusión objetiva y el asumir responsabilidades. Será después de un proceso así que podremos superar la polarización y constituirnos en una sociedad más sana.

 

Es contradictorio que en un país de formación católica tan profunda como este, los rencores y desconfianzas estén a la orden del día y que eso sea todavía el obstáculo para evitar un auténtico diálogo nacional.

 

Cuando monseñor Escobar dijo que el Estado debe pedir perdón, de inmediato me pregunté cuál de los dos gobiernos debería hacerlo: ¿el gobierno saliente de ARENA o el gobierno entrante del FMLN?

 

Si me preguntan a mí, pienso que ambos. Como las caras visibles de las partes en conflicto. Como Estado y como oposición. Ambos, como responsables, cada uno, de sus respectivos crímenes de guerra. Porque en una guerra no hay bando inocente. Y porque la dinámica del enfrentamiento fuerza a los participantes a cometer todo tipo de actos insensatos.

 

Habrá quien diga que pedir perdón no servirá de mucho, porque no se podrá acceder a la justicia ni lograr reparo por los daños ocasionados, debido a la Ley de Amnistía. Pero pienso que en el acto y en su intención podría estar el primer gesto para lograr algún tipo de conciliación nacional.

 

Recordemos que la guerra de los ochenta fue la culminación de cosas que venían ocurriendo desde décadas atrás. Y todavía, como sociedad, guardamos esqueletos en el armario, esqueletos que no queremos ver ni enterrar. Pero ignorar su existencia no significa que no estén ahí.

 

No es tarde para que el Estado pida perdón por los crímenes de guerra. Mientras más tiempo se deje pasar, menos favorable será su impacto entre los salvadoreños. Y se prolongará innecesariamente el dolor de las heridas y la posibilidad de que, por fin, cicatricen. Pero si el presidente electo Mauricio Funes decide hacerlo cuando ya esté en funciones, no tendrá el mismo impacto que si lo hiciera el presidente Antonio Saca antes de retirarse.

 

Cientos de crímenes de la guerra causaron conmoción nacional e internacional, como el asesinato de Monseñor Romero, el de los padres jesuitas, el de las monjas Maryknoll, las horrendas masacres de miles de civiles en El Mozote y el río Sumpul, entre tantos dolorosos capítulos de aquellos años. Muchas situaciones no fueron esclarecidas, investigadas ni juzgadas, aunque en la gran mayoría de los casos es un secreto a voces la identidad de los respectivos culpables.

 

Es claro que esta transición de gobierno es la oportunidad ideal para buscar una reconciliación nacional efectiva. Y que las heridas de la guerra podrán comenzar por fin a cicatrizar cuando la sociedad, en su conjunto, note un cambio de actitud en las fuerzas que se enfrentaron. El perdón es importante, no como una frase dicha del labio para afuera, mucho menos para ejercerlo como un acto de oportunismo político. Perdonar es un proceso largo, triste, doloroso, complejo, pero necesario para continuar con la vida sin amargura, sin rencor, sin odio.

 

Para quienes se aferran al orgullo, me atrevo a decirles que pedir perdón no es signo de debilidad. Pedir perdón no significa claudicar a los ideales o a nuestras creencias, sino asumir que nos equivocamos y que las cosas pudieron resolverse de mejor manera. En realidad es un signo de carácter, de humildad y sin duda, un gesto de valientes. De un ser humano cabal.

 

Si, como parecen coincidir todos los analistas políticos, la votación a favor de un cambio de gobierno, de la derecha hacia la izquierda, significa que hemos madurado como democracia, ¿por qué no graduarnos como humanos, aceptar nuestros errores, pedir perdón y por fin conciliar a la sociedad salvadoreña para que juntos trabajemos por el progreso de esta nación?

 

Ya pasó suficiente tiempo. Ya vivimos suficiente dolor. Y ahora el país reclama, con urgencia, nuestro esfuerzo conjunto. Sin resentimientos. Hacia adelante.

 

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