Revistas > Séptimo Sentido > Ídolos con pies de barro (Por Jacinta Escudos)

Compartir

Ídolos con pies de barro (Por Jacinta Escudos)

Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta Escudos
Domingo, 17 mayo 2009 00:00
Imprimir E-mail Facebook Google Twitter

 Qué pena me da el asunto del padre Alberto Cutié. Pero más que pena, me asombra el tamaño de su ingenuidad. Digo: no creo que el padre no tenga conciencia de que es una “estrella mediática”, cuyo rostro es fácilmente reconocible por tirios y troyanos. Aún así, se fue a meter a una playa pública con una mujer, aceptó besos, arrumacos y hasta una pierna de la susodicha encima, situaciones que algún avispado (y seguramente avisado paparazzo) fotografió y publicó sin clemencia alguna.

 

Dejarse ver así en un lugar público fue más que una imprudencia. Sus programas de radio y televisión donde dialogaba con grupos de jóvenes y sus frecuentes apariciones en otros programas de audiencias masivas como el show de Cristina Saralegui lo convirtieron en un personaje bastante popular, aunque quizás muchos no conocieran su nombre completo.

 

Su simpatía, su sentido del humor y su disposición a dialogar sobre temas delicados como el aborto, las drogas o el sida lo convirtieron en un sacerdote en quien muchos confiaron. Es muy raro tener ese don de conectar con los jóvenes y hablar su mismo lenguaje, pero el padre Alberto, aprovechando su carisma y el alcance actual de los medios de comunicación, logró hacerlo.

 

A mí me gustaba verlo por esa flexibilidad que tenía para escuchar a la gente. No juzgaba a las personas, no las regañaba, sino que ponía a todos a pensar en el origen de las situaciones que hubieran llevado a alguien al abismo desde el que solicitaba ayuda espiritual. El padre Alberto siempre parecía tener la cita bíblica adecuada o la palabra necesaria para que los afectados encontraran consuelo y esperanza sin ser juzgados en su calidad humana, que es lo que uno desea encontrar en un guía espiritual.

 

Lamento además ver al padre Alberto arrastrado en ese lodo de lo que dan en llamar “la prensa del espectáculo”, algo que considero una forma deleznable de “informar” (y que ni siquiera merece llamarse periodismo). Esa prensa del chisme, enfocada en artistas y personalidades, que por lo general se concentra en todo lo negativo y destructivo de otras personas: quién se acostó con quién, con cuántos lo hizo, estaba o no en estado de ebriedad, tomó drogas y cuáles, se puso calzón o no, y si se lo puso, de qué color era.

 

Se dice que esta prensa del chisme existe porque hay una demanda para ello. Y que si, por ejemplo, a un fotógrafo le pagan miles de dólares por una foto de X o Y personalidad es porque hay público dispuesto a pagar por ver. Me pregunto cuánto se habrá pagado por las fotos del padre Alberto y quién querría verlo en una situación tan comprometedora. No nos sorprendamos si la mujer con la que se le fotografió fuera parte de una trampa muy bien montada.

 

Lo cierto es que esta prensa del chisme del espectáculo obedece a la explotación del morbo y de una característica por demás lamentable que tenemos los seres humanos, que es la de regodearnos con el fracaso y las faltas ajenas, quizás porque eso nos hace sentir menos mal ante nuestras propias miserias. Mal de muchos, consuelo de tontos.

 

A estas alturas, lo del padre Alberto no debería sorprender, luego del montón de hijos que le salieron al ahora presidente de Paraguay, Fernando Lugo, hijos que supuestamente engendró con diferentes mujeres siendo todavía obispo. Esos casos me parecen casi comprensibles y menos terribles que las denuncias de abusos sexuales a menores y otras situaciones inapropiadas frecuentemente denunciadas.

 

Imagino la decepción de muchos que depositaron en el padre Alberto su confianza espiritual. Una confianza que no puede ni debe ser tomada a la ligera, porque los asuntos del espíritu son (o deberían de ser) los más importantes de este mundo terrenal. No se trata solamente de que un sacerdote esté a la altura del cumplimiento de sus votos. Se trata de respetar un juramento hecho ante Dios mismo, lo máximo de lo sagrado. Si no se cumple ante Dios, ¿se podrá cumplir ante los humanos?

 

Seguramente los que publicaron las fotos no pensaron en la cantidad de personas que iban a salir afectadas en su sensibilidad religiosa con ello, los que sentirían su confianza traicionada, el desconcierto de los cientos de jóvenes que se han abierto con el padre Alberto y que lo han seguido y tomado parte en su labor comunitaria.

 

El caso pone de nuevo sobre la mesa la discusión de lo viable que es el celibato entre los sacerdotes. Se dice que es una disciplina, una forma de vida, una ofrenda a Dios. Que hay quienes sí han podido cumplirlo. Y que parte del sacerdocio mismo está en vencer las tentaciones que se presentan, día a día.

 

Pero si alguien de plano no se siente en condiciones de cumplir con su palabra, debería liberarse de la situación que le obliga a mantener vigente esa promesa. A fin de cuentas, el sacerdocio no es la única manera de servir y amar a Dios. Y sería una salida más honrosa y honesta que ser pescado con las manos en la masa.

 

Finalmente todos cometemos equivocaciones, incluso los sacerdotes, que también son humanos. No deberíamos idealizar a nadie. Tampoco podemos tirar la primera piedra. De todos modos, los ídolos con pies de barro caen por su propia cuenta.

 

blog comments powered by Disqus
Publicidad
Ídolos con pies de barro (Por Jacinta Escudos) - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador

Publicidad