El bulto salió corriendo despavorido, como tantas otras veces, hacia la maleza. Los hombres le adivinaron ciertos rasgos femeninos. Huía semidesnuda, el pelo enmarañado. Un chirajo mal tapaba el escuálido cuerpo. Y se perdió, como tantas otras veces, entre los matorrales. Sucedió algún día de 1982 en Morazán, en pleno conflicto armado. Las riberas del río Sapo, a su paso entre los cantones El Zapotal y La Guacamaya, eran el escenario de fugaces apariciones que alimentaron el mito. Dos años después, un grupo de guerrilleros atrapó a la extraña mujer del río, atrapó a la Siguanaba.

 

De aquello ha pasado ya un cuarto de siglo, pero la Siguanaba sigue viva. Su casa está en el caserío Los Quebrachos, uno de los cinco asentamientos que conforman la comunidad Segundo Montes, municipio de Jocoaitique, en el norte de Morazán. Para llegar, hay que tomar un desvío en la carretera que conduce desde San Francisco Gotera a Perquín y aventurarse entre caminos polvosos y accidentados, unas tres horas en carro desde San Salvador. Hoy son pasadas las 12 de la tarde de un jueves de mayo. Las calles hierven, y se percibe una soporífera quietud. Desde su casa, una construcción mixta de bahareque y cemento, Andrea Márquez, una mujer mayor de piel tostada y cabellos negros, recibe a las visitas en unas sillas de plástico: “Siéntense”. Calla. Un rato después, comienza a contar lo que su mente y la guerra hicieron de ella. Porque hubo un tiempo en el que Andrea fue la Siguanaba.

 

De la leyenda se dice esto: es una mujer fantasmagórica que se aparece a los hombres trasnochadores e infieles. Quienes se topan con ella, enloquecen. La Siguanaba o Siguamonta es uno de los personajes mitológicos más recurrentes de la tradición oral de El Salvador y la vecina Guatemala. El cuento dice que Sihuehet –“mujer hermosa”– tuvo un romance con el hijo del dios Tlaloc, del que quedó embarazada. Como castigo, fue condenada a vagar por ríos y barrancos y que la llamaron Sihuanaba –“mujer horrible”–. En Nicaragua y Costa Rica la conocen como Cegua. Y en México tienen su propia versión en la figura de la Llorona. El mismo espanto con distinto nombre.

Alta, seca, uñas largas y sus dientes salidos. Su piel terrosa y arrugada le da un aspecto espantoso. Sus ojos rojos y saltones se mueven en la sombra, mientras mastica bejucos. Esa es la Siguanaba del salvadoreño Miguel Ángel Espino, descrita en su libro “Mitología de Cuscatlán”. El personaje también fue retomado por autores como Manlio Argueta, Salarrué y el historiador chapín Celso Lara.

Al margen de la literatura, en los años de guerra, Morazán tuvo su propia Siguanaba.

 

Se llama Benito Chica, pero prefiere que lo llamen Sebastián Torogoz. Sebastián por su alias en la guerrilla y Torogoz por ser un integrante del grupo musical Los Torogoces de Morazán, cuyas melodías contaban la guerra. Ahora trabaja en PRODETUR, una asociación que busca hacer de los siete municipios que forman la denominada Ruta de la Paz un destino turístico sostenible. Sebastián conserva intactos los recuerdos del conflicto. Alto, ojos claros, bigote ralo e infaltable sombrero, aceptó gustoso ser el intermediario para llegar hasta Andrea.

 

Una hamaca multicolor que atraviesa el pasillo resalta desde antes incluso de entrar a la casa. En las paredes, un calendario y un afiche con fotografías y nombres de lugareños víctimas de las masacres que la Fuerza Armada cometió durante la guerra. Detrás, un patio con un lavadero y el baño, oculto tras una cortina blanca. Andrea no parece nerviosa ni extrañada; sin embargo, tiene la mirada perdida. Y eso es algo que no variará en las conversaciones siguientes. Juan, el hijo mayor, escucha atento desde el interior de la casa, desconfiado, como si vigilara lo que le preguntan a su madre.

 

—Como todos se vestían iguales, yo los confundía.

 

Andrea creyó estar huyendo durante dos años y medio del Batallón Atlacatl. Ante sus ojos, soldados y guerrilleros eran lo mismo. Pero sabe que el miedo a su apariencia también hizo que estos últimos la confundieran. Que hicieran de ella un fantasma, un espíritu de los ríos.

 

—Yo me les corría y llegaron a creer que yo era Siguanaba –dice y suelta una risa tímida.

 

Su voz llama la atención. Tiene un tono agudo, como de niña. Habla rápido y le cuesta pronunciar de forma clara. Tanto tiempo sin intercambiar palabra con ningún ser humano debió dejar huella, cree Sebastián.

 

Andrea vive con sus dos hijos: Juan, de 20 años, y Mario, de 13. También tiene en casa a su madre, una anciana que dormita en la hamaca multicolor. Días atrás, Sebastián ofreció la llegada de un médico a la casa, pero aún no ha aparecido. Andrea está preocupada: las dolencias de Anacleta, de 95 años, la mantienen en vilo. La acuesta, la baña, la sienta, la alimenta, la vuelve a acostar. Lleva dos semanas sin ir a su trabajo en una guardería de Jocoaitique. Ahí es la cocinera. Con eso y con lo que su hijo Juan gana como ayudante en un cibercafé la van pasando.

 

Se levanta y se adentra en la penumbra para atender a su madre. Ella es el único ser querido con el que pudo reencontrarse años después de haberse convertido en la Siguanaba, después de las masacres.

 

En diciembre de 1981, el Batallón Atlacatl inició el operativo Operación Rescate. El rescate en realidad no fueron más que masacres indiscriminadas y sucesivas en los cantones La Joya, Cerro Pando y en los caseríos Los Toriles, Jocote Amarillo, Ranchería, y El Mozote, del municipio de Meanguera. Una estrategia que, según lo consignado en publicaciones históricas, buscaba también la desarticulación de la Radio Venceremos, cuya primera transmisión desde las montañas de Morazán inició en enero de ese mismo año.

 

Desde el Museo de la Revolución, en el centro de Perquín, un avispado ex combatiente que trabaja como guía y que se identifica como Misael recuerda el episodio con amargura.

 

—Le decían también Operación Tierra Arrasada porque su táctica era quitarle el agua al pez. Los militares decían que los compañeros combatientes eran un pez alimentado por la población campesina, el agua. Por eso no hubo perdón ni para los niños. Y hasta mataban a los animales.

 

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA registra así lo que pasó en aquel diciembre: al amanecer del día 11, los pobladores de El Mozote fueron reunidos en la plaza del caserío. Por la mañana iniciaron las ejecuciones masivas de los hombres adultos y adolescentes. A las mujeres las violaron primero antes de matarlas. El mismo día, el cantón La Joya sufrió un embate similar: los soldados entraron y mataron a todos los que allí estaban. Las masacres continuaron los días 12 y 13 en el resto de cantones y caseríos.

 

La OEA registra que al menos 765 personas, en su mayoría mujeres y niños, fueron masacrados. Con el paso de los años, otras organizaciones de derechos humanos adecuaron la cifra al millar de fallecidos. En esa vorágine de mortandad se vio involucrada Andrea, entonces de 23 años. Solo en el cantón La Joya, donde vivía, las personas asesinadas sumarían después más de 130. Sus hermanos, tíos, el marido...

 

Ella huyó. Cuando la Fuerza Armada se adentró en La Joya, salió corriendo en dirección a la quebrada El Cacalote hasta esconderse en las riberas del río Sapo. Su madre, como presintiendo lo peor, había partido una semana antes hacia el campo de refugiados de Colomoncagua, en Honduras, a cuatro kilómetros de la frontera con El Salvador. La mañana en la que Andrea huyó, otra mujer de nombre Rufina Amaya se escondió detrás de un arbusto y se salvó. Logró escapar de sus verdugos en el ahora emblemático cantón El Mozote. Su testimonio la convertiría semanas después en sobreviviente eterna. Para Andrea, en cambio, el infortunio recién comenzaba.

 

Antes del mito y de las balaceras, Andrea había sido madre primeriza de una niña a la que llamó Ana Maribel. Esa mañana, cuando el Batallón Atlacatl llegó a La Joya, no huyó sola. Salió con lo que llevaba puesto, pero atinó a agarrar a su hija en brazos. Corrió. Una vez se supo lejos del cantón, disminuyó la velocidad y cargó a la niña en hombros. Caminaban entre matorrales cuando Andrea asegura que escuchó balazos y sintió empapado su vestido. Era sangre. Ana Maribel dejó de moverse y se desplomó como si fuera una muñeca de trapo. Dice que una bala perdida le destrozó la cabeza. Tenía año y medio.

 

Eso la trastornó. Durante ocho días mantuvo el cuerpo consigo. En su mente no estaba muerta. Hasta que con las manos cavó un hoyo debajo de un palo y la enterró. Hoy día, aunque quisiera, que no quiere, dice que ya no podría dar con el lugar exacto.

 

No pasó mucho tiempo para que en los campamentos guerrilleros se comenzara a hablar de la misteriosa mujer del río Sapo, de la Siguanaba. Sebastián cuenta que la mayoría se lo pensaba dos veces antes de hacer vigilancia por las noches cerca de las aguas. El temor a ser encontrada hizo que las noches fueran día. La Siguanaba bajaba de su escondite en lo alto del cerro La Guacamaya y ahí, en la orilla, agarraba pequeños peces que comía crudos. Una que otra vez recolectó mangos y aprendió a comer hojas. Se medio bañaba también así, íngrima, a la orilla del río. Llegó 1982 y pasó 1983. El mito cobró fuerza.

 

—Había días que yo me admiraba, todos los días hallaba pescados en el mismo lugar –dice Andrea mientras junta las manos en su regazo. Mientras mira jugar a su hijo, repite la única explicación que conoce: tenía miedo.

 

En la zona las incursiones contrainsurgentes cada vez eran menos. El Ejército se retiró a los meses de haber llegado a los cantones de Meanguera. La Siguanaba, mientras tanto, seguía huyendo. Soñaba que oía fusiles disparándose. Durante esos dos años y medio, hubo momentos en los que también pensó en aventurarse lejos, pero el pánico pudo más.

“Aquello no era para bromas. Junto al río, de noche, corriendo y haciendo correr a los hombres, solo podía ser ella.” “La Siguanaba nos está rondando y hay que andar el ojo bien pelado, dijo un viejo.” Son fragmentos del libro “Las mil y una historias de Radio Venceremos” del periodista cubano José Ignacio López Vigil, que documentó algunos relatos de la guerra. Entre esos el de la Siguanaba del río Sapo. Uno de los hombres asustados en aquel tiempo fue el fundador y voz principal de la clandestina Radio Venceremos, Carlos Henríquez Consalvi, o Santiago. Este periodista de origen venezolano también incorporó el relato de Andrea en su libro “La terquedad del izote”.

 

—Nos íbamos a bañar por las mañanas al río y llamó mucho la atención ver unas pisadas muy separadas una de la otra, daba la impresión de que era alguien siempre en carrera. Y alguna vez vimos una especie de sombra en el río y, claro, eso comenzó a generar entre todos nosotros la parte mítica: es la Siguanaba la que está apareciendo.

 

Y es que el drama humano de una guerra hizo que Andrea llenara las características de un personaje mitológico salvadoreño. Lo dice también el antropólogo Jorge Colorado. A su juicio, el mito cumple la función de explicar algo indescifrable para las sociedades y que por eso no es de extrañar que los guerrilleros le hayan puesto nombre a aquello que desconocían.

 

Son las 2 de la tarde y el calor no da tregua. Sebastián se acaba de dar un chapuzón en las tibias y achocolatadas aguas del río Sapo. Para llegar aquí, hay que transpirar durante tres kilómetros de pendientes, bajadas, piedras y excremento de vaca. El camino de regreso hacia Los Quebrachos tampoco será ningún paseo.

 

—Por aquí la atraparon –dice Sebastián.

 

Señala con un dedo índice un área boscosa, densa, tres metros adelante. Se sube en unas piedras enormes, levanta el brazo por encima de su cabeza y apunta hacia el cerro La Guacamaya, que circunda el río Sapo.

 

—Este era el paso normal, los caminos por donde bajamos eran los que ella controlaba.

 

Y un día se descuidó. En “La terquedad del izote”, Consalvi ubica en julio de 1984 el momento en el que los combatientes lograron someter a la Siguanaba. Su apariencia, en efecto, era de espanto. Su figura, esquelética. No era alta. Su metro y medio de estatura es lo único que la apartaba del personaje mitológico. Gruñía. Se resistió como pudo, con patadas y golpes.

 

La llevaron con Eduardo, el médico que estaba en la zona. Durante varios días la atendió y le dio suero. En el albergue de Colomoncagua, se reencontró con su madre. Luego de los baños, alimentación y cuidado médico, la Siguanaba se convirtió en la joven campesina llamada Andrea.

 

En el refugio recuperó la lucidez, el habla y la feminidad. Ahí, los refugiados, que llegaron a ser 8,000 durante los nueve años de exilio, estaban bien organizados. Se crearon talleres de cocina, ropa, calzado. Y Andrea aprendió a confeccionar sombreros.

 

De ese tiempo, si algo recuerda bien, es que volver a probar comida caliente fue un suplicio.

 

—Estuve en la clínica y, como no comía nada antes, cuando comí me cayó mal y se me hinchó todo. Ah, y ya no hago sombreros.

 

Los niños preguntan por ella. Este jueves, dos semanas después de la última vez que llegó, los niños de la guardería siguen preguntando por Andrea.

 

Aquí, las profesoras Gloria Maribel Sánchez y Sonia Concepción Argueta hacen lo que pueden para mantener sentados y quietos a 26 infantes. A media tarde, es hora del refrigerio en el centro de bienestar infantil de Jocoaitique. Y una niña que no pasa de los seis años, de grandes ojos color miel, dice que le hace falta que la tía Andreíta le cocine.

 

Este ha sido su segundo hogar desde 1993, un año después de que junto a su madre regresó de Honduras para integrar la comunidad Segundo Montes. Desde entonces se la ha pasado de la guardería a la casa y de la casa a la guardería. “Los niños lo quieren a uno.” Después de perderlo todo, le nació nueva familia. Del padre de Juan y Mario no cuenta mucho, nomás que era un hombre que nunca creyó en la Siguanaba.

 

—¿Sabe quién es Andrea Márquez?

—Ah, sí. Por aquí vive la señora. Péreme, quiero ver... Es la que anduvo varios años solita por el río, ¿verdad? Me acuerdo que al principio todo se le hacía difícil, pero ahora ya aclaró la mente –dice una mujer cincuentona justo en el desvío a Jocoaitique.

 

Respuestas como la anterior son comunes en esta comunidad. Unos dudan al principio y fruncen el ceño cuando tratan de acordarse. Pero la mayoría conoce el infortunio que la llevó a convertirse en la Siguanaba. Si de cualidades se trata, la describen como alguien valiente y humilde. También hay otros, los más jóvenes, quienes no saben ya quién fue la Siguanaba del río Sapo.

 

Son pasadas las 4 de la tarde en Los Quebrachos, y ha comenzado a llover. Desde el patio hasta la entrada de la casa escurre un lodazal. Adentro, Mario juega a perseguirse con un chucho negro. Juan, el mayor, vuelve a vigilar, desconfiado. Andrea lo observa.

 

—Mis hijos lo que dicen es que hay que seguir para adelante. No les gusta que cuente estas cosas.

 

Con el tiempo, Juan y Mario se enteraron de la historia de aquella Siguanaba de la guerra, pero no de labios de su protagonista. Su madre nunca se lo contó. Juan se enteró como parte de una tarea escolar. Un día, el profesor de Sociales encargó a su clase reunir información sobre el conflicto armado en el país. Fue a la biblioteca de Los Quebrachos, la más gran de la zona norte de Morazán. No fue difícil que el joven hallara el libro que le habían comentado sobre las historias de la guerra. Para su sorpresa, entre sus páginas encontró a la Siguanaba con nombre y apellido.

 

—Como yo no sé leer, ellos me han leído lo que dice en algunos libros.

 

Sabe bien que personificar un mito, sin querer, le trajo inconvenientes: un reconocimiento que no pidió, pero al que se ha tenido que acostumbrar.

 

—Mucha gente viene porque les cuesta creer lo que leyeron y quieren ver a la persona, porque creen que es mentira. A veces yo no estoy, porque cuando iba a trabajar aquí me decían que me habían venido a buscar.

 

Pero cuando sí está en casa, ella los recibe y les ofrece asiento en una silla de plástico, porque lo que le tocó vivir, dice, es algo que nunca podrá olvidar.

 

Ya dejó de llover. Andrea se despide. Se adentra y mira el afiche con las fotografías en la pared. Predice que dentro de unos meses tendrá más visitas. Que hasta su casa llegarán a preguntar por la Siguanaba de Morazán. Que tendrán curiosidad por saber si el mito es realidad. Y que ella, amable, ofrecerá asiento. Hace mucho que la vida la transformó en algo que no era, pero también en esto que es hoy: una sobreviviente. Porque hubo un tiempo en el que Andrea fue la Siguanaba.