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El presidente de los niños

Escrito por Un perfil de Glenda Girón/ Fotografías de archivo y Francisco Campos
Domingo, 07 junio 2009 00:00
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La vida de este artista no ha sido fácil, pero no me quejo. Voy a seguir siendo payaso siempre que siga habiendo niños.”

Basta que el moderador diga su nombre para que todos se unan en un aplauso. Insatisfechos, se ponen de pie y siguen aplaudiendo al homenajeado. Antes de dejarle hablar, el público le canta: “Somos los personajes...”. Arístides Alfaro Samper se emociona hasta las lágrimas. Su gente, los payasos, le dicen que no solo le guardan respeto, también cariño. “Te queremos, Chirajito, te queremos”, le gritan.

 

Hoy no lleva pintura en la cara. Tampoco se ha cubierto la cabeza con peluca y sombrero. Llega al teatro del Museo Nacional de Antropología, en San Salvador, como un hombre de 72 años al que las afecciones cardiacas y otros males lo hacen apresurar un sentido discurso de agradecimiento. Se retira de la mano de su pareja envuelto en un mar de muestras de aprecio. Muchos quieren apretarle la mano, darle un abrazo o tomarse una foto con él.

 

Chirajito, el personaje al que describen como icónico, y Arístides, el hombre al que le achacan un carácter fuerte, conviven en un cuerpo que resiente la dureza de una vida en la que estuvo en un reformatorio, lustró los zapatos de Pedro Infante, conoció a Cantinflas, fue el doble de Aniceto Porsisoca, corrió como candidato a diputado, fundó circos, perdió circos, viajó, durmió en los portales del centro capitalino, pidió para comer y entre tantas otras cosas, marcó generaciones desde su programa de televisión.

 

Más de 200 artistas le aplauden al unísono porque toda su vida fue un payaso.

 

En la grama, en la acera, en bancas a o barandas, los invitados esperaban sentados a que el almuerzo que les prometieron por fin llegara. Era diciembre, y la que estaba por comenzar era una especie de celebración navideña que tenía como anfitrión al afamado Chirajito. La cita era en el redondel ubicado frente a la plaza de El Trovador, en San Salvador. Los invitados, niños y jóvenes sucios, descalzos, sin hogar.

 

Mantener la atención de un grupo no es fácil. Menos cuando esperan con más hambre que paciencia. Chirajito buscó amenizar el momento con juegos. No se trató de aquel de las muecas para bajar una galleta desde la frente hasta la boca. Fueron dinámicas más sencillas que implicaron bailar, resolver una adivinanza o sobrevivir en un juego al estilo de la papa caliente. Los invitados, a ratos, dejaban de lado los botes de pega para poder reírse.

 

El payaso que se veía aquí no era el de la tele, el público tampoco se parecía al de la pantalla chica. El que estaba aquí era un Chirajito enérgico, capaz de imponer su autoridad incluso al más drogado de los niños y jóvenes que tenía alrededor.

 

Le hablaba fuerte al que se burlaba del que tenía el valor de ponerse de pie para participar. Quitaba el bote de pega a los ganadores antes de entregarles su premio. No temía enfrentarse a uno que era más grande y más fuerte que él. Para cuando llegó la comida, los invitados ya sabían que el anfitrión, aunque anduviera vestido de payaso, no era alguien con quien se pudiera jugar.

 

Aparte del circo y la payasada, la causa por los desprotegidos siempre ha sido una de las pasiones de Chirajito. Y su más grande cruzada en este aspecto la emprendió al principio de la década de los ochenta, cuando recorrió los mismos alrededores de la plaza de El Trovador para convencer a niños adictos de que dejaran la pega y se unieran al circo que estaba fundando.

 

Lo llamó el Circo de los Niños. La carpa la armó con una tela que le donó la Fuerza Armada. Reclutó artistas para que fueran tutores. Juntó sus pasiones y pensó que a fuerza de voluntad haría que aquel entuerto funcionara. Y lo logró, al menos por unos años.

 

En aquellos tiempos de guerra, el dinero no llegaba con fluidez a la taquilla. Casi 30 años después, dirá desde su escritorio en el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA) que no sabe qué pasó con los más de diez niños que recogió. Pero que de vez en cuando alguien lo encuentra en la calle y le hace saber que aquel circo humilde fue el inicio de la salvación. Habla de un Saúl, que una vez llegó a su casa con un bebé a agradecerle lo que hizo por rescatarlo. Esa anécdota es de las favoritas de Chirajito. La cuenta cada vez que quiere justificar la energía, el tiempo y el dinero que invirtió en aquella empresa que naufragó.

 

En diciembre de 2008, con niños y jóvenes drogados a su alrededor, hizo saber cuánto le gustaría volver a tener carpas y una pista para ofrecer a los presentes algo más que almuerzo y juegos.

 

Famoso pero no rico. La falta de dinero ha acompañado como sombra los proyectos y la vida de Chirajito. La Fundación Amigo, la que está detrás de los almuerzos con los niños y jóvenes adictos a la pega, no es más que un grupo de familiares suyos que reparten la comida y algunos conocidos que donan los alimentos, dulces, ropa usada y juguetes que sirven para premiar.

 

Una de las que casi siempre acompaña esas jornadas es Irma, la sexta hija de Alfaro y la última de las que nacieron dentro de su primer matrimonio. Es de las más cercanas. En los almuerzos parece más atenta a las necesidades de su padre que a la actividad.

 

¿Qué significa ser la hija de una figura? Es la pregunta, y ella contesta que es un orgullo. No es la primera vez que responde a esta interrogante. Se lo han preguntado decenas de veces, y la respuesta no ha variado.

 

Ya sin grabadora de por medio, cuenta sin frases hechas que su madre ha sido la única esposa de Arístides, que las otras han sido parejas, pero la que aún se hace llamar señora De Alfaro es Irma Yolanda. Sigue casada, pese a que desde hace años ella reside en Filadelfia, Estados Unidos.

 

Cuando habla de cómo su padre dejó a su madre por otra hace unos siete o diez años no puede ocultar el rencor y el dolor que eso le causó. Y como quien las rebaja, Irma dice que las otras han sido un montón.

 

Arístides, ahora con una calvicie que avanza desde la frente, reconoce que uno de sus vicios y debilidades han sido las faldas. Sin profundizar mucho, zanja el tema diciendo que se arrepiente; pero que, a veces, el hombre y la mujer necesitan equivocarse.

 

Tanto ha ido este personaje por ese camino que de los diez hijos que tiene tres llevan por segundo nombre Arístides. Hay un Kevin Arístides, un Roberto Arístides y el menor de todos es Rubén Arístides. El creador de Chirajito ha procreado al menos con cuatro mujeres.

 

Irma continúa hablando de lo que significa ser la hija de una figura. “El payaso vende el tiempo de sus hijos”, dice refiriéndose a que fueron pocos los fines de semana que el payaso compartió con su descendencia.

 

En más de cincuenta años de carrera, Chirajito ha amenizado las piñatas de hijos de grandes empresarios, de alcaldes, de presidentes. Pero en todo este tiempo solo ha amenizado una piñata para uno de sus diez hijos, y a estas alturas, no recuerda la de cuál de ellos fue.

 

“Candil de la calle, oscuridad de la casa”, dirá alguien que lo conoce. Y no lo hace en tono de crítica. Dice que a este payaso muchos tienen algo que agradecerle. Desde hacer radiotones para reunir dinero para un tratamiento médico, hasta llegar a los gritos con ministros y otros funcionarios públicos por defender a los que él considera desprotegidos. “Arístides ha defendido sus causas y ha pagado un precio por eso”, dice un artista que esta vez prefiere mantenerse anónimo.

 

Las anécdotas que sin parar relata Arístides refuerzan esa teoría. Cuenta que una vez tuvo que pedirle un carro a Rolando Herrarte, quien entonces ocupaba un alto cargo en la Fuerza Armada y que hasta hace unas semanas se desempeñaba como diputado. Lo hizo para ayudar a una colega que se había quedado varada en mitad de la noche.

 

Otra vez escuchó por radio que la titular de la Procuraduría de Pobres hablaba mal de los niños de la calle. En cuanto pudo, marcó el número de la emisora y, como él refiere, le pegó su bandiada por ignorante.

 

También se ha exaltado con los directores de espectáculos públicos. “Es que es lamentable que en esos cargos, que se tratan de defender al artista, pongan a gente que nunca ha cantado ni los pollitos”, dice este hombre que empezó a pintarse la cara con tile cuando tenía siete años y vivía en la calle.

 

De esos arranques y otros más sabe Carlos Sandoval, el Pizarrín de Jardín Infantil. Para él, Arístides es un hombre que no se anda con medias tintas, que dice lo que piensa, aun sin pensar lo que dice. “Es de los que toman atol en guacal de morro, de los que menean el shuco antes de tomárselo”, y con esto lo pinta como un salvadoreño de vieja escuela, tozudo a veces, tierno otras y auténtico siempre.

 

Arístides vive en Cuscatancingo, en una casa que aún está pagando y que comparte con su pareja Sandra Rivera y algunos hijos. Pero el lugar en donde cita para entrevistas no es ese. Es otra casa ubicada en las cercanías del mercado Tinetti, en San Salvador.

 

“Aquí le di cinco cinchazos a Cocolito”, dice en referencia a Roberto Alfaro, su sobrino. Esa vez lo reprendió porque lo encontró fumando. Esta es la casa en donde fundó su primer hogar. Es en donde se ha quedado a vivir Irma con su esposo y sus hijas. A este lugar de paredes gruesas y techo altísimo corresponde la dirección y el teléfono que aparecen en las tarjetas de presentación de Chirajito.

 

“Por este lado estaba yo, queriendo abrir la puerta, cuando desde un carro unos hombres me preguntaron si yo era Arístides Alfaro Samper. Les dije que sí y dispararon.” De ese atentado le ha quedado una cicatriz, algo más que una anécdota y los nombres de tres de los involucrados. A uno de ellos, dice, ya lo perdonó.

 

Arístides podría contar algo de cada rincón de esta casa. La historia de su vida, sin embargo, está resumida en la sala. Los diplomas se amontonan polvosos en la pared y llegan casi al techo. Y las tantas placas que reconocen una vida de trabajo con los niños sucumben ante el óxido. En un mueble de madera están acomodadas tres máquinas de escribir. Han quedado como fósiles de aquel tiempo en que Arístides firmaba artículos en varios periódicos.

 

En ese mismo mueble, en un compartimiento debajo del de las máquinas, hay una caja de lustre. Es de madera clara, está nueva. No se parece en nada a la que usaba cuando era un adolescente lustrador. Esta es de adorno. Aquella fue con la que por varios años se ganó la vida.

 

“Don Pedro se veía como un hombre bien correcto. Tenía unos zapatos finos, bellos, y cuando terminé le dije que yo quería ser artista como él.” Ese don Pedro llevaba por apellido Infante. Y Arístides le limpió los zapatos en el hotel Nuevo Mundo, en el centro capitalino. “Él me dijo que me fuera con él para México. Supe que esa vez se llevó a varios, pero yo no me fui. Ahora, los otros a los que se llevó han de tener una buena vida”, dice con nostalgia.

 

Arístides pasó de lustrador a zapatero. Fabricaba, cuenta, zapato fino. Y en el mueble de madera de la sala también hay rastros de ese su oficio. Dos pares de zapatones de payaso que él mismo hizo se pudren en el último compartimiento. Son de cuero. Tienen partes en rojo y otras en blanco. Uno de ellos exhibe en la suela un enorme agujero. “Mire, princesa, es que hubo un tiempo en el que a este payaso le pagaban con tortillas y aguacate”, dice. Tortillas y aguacate.

 

Los asistentes al IV Congreso de payasos, en mayo de este año, son gordos o hambrientos, sucios o brillantes. Algunos van con pelucas, otros pretenden pasar por calvos. Los hay con narices de plástico, pintadas, anchas o muy largas. Son más de 200, según los organizadores. Meterlos en una fotografía oficial no es fácil. Menos fácil es lograr que todos permanezcan sentados en el teatro del Museo Nacional de Antropología. Son una selección de artistas de diferentes clases, formas y colores a quienes les cuesta mantener el silencio o ponerse de acuerdo para realizar una rifa. Cuando se trata de figuras, sin embargo, tienen bien claro a quién respetan.

 

Son los que le aplauden de pie a Chirajito. “Es que él no es solo un ejemplo de payaso. Él es también una de las personas que más ha trabajado para que se realicen los congresos”, dice Luis Peña, conocido como Pildorín y representante de la gremial de payasos.

 

El escritorio de Arístides en CONCULTURA es un mosaico alusivo a la vida del payaso. Hay fotos de Cocolito y de Pizarrín. Y también las hay de circos, esos a los que llama la mejor escuela para un payaso. Desde ahí cuenta su vida en cantidades de dinero, en personajes, en episodios desordenados que llegan a su memoria como cápsulas. Salta de una a otra.

 

El creador de Chirajito no tiene una pensión vitalicia, pese a que ya la ha tramitado. Su empleo como promotor cultural es la respuesta que le dio el Estado cuando el payaso de generaciones solicitó ayuda. Aparte de este ingreso, también recibe una pensión de $180 mensuales que le entrega Telecorporación Salvadoreña, la empresa que durante décadas transmitió Jardín Infantil.

 

Para ir de su residencia a la oficina toma el bus. Y dice que al final del día, si algún cobrador le pregunta hacia a dónde va, le responde que a la casa. Sigue siendo un payaso, aun cuando no lleve ni la cara pintada ni la nariz roja.

 

Aparte de lustrador, zapatero y escritor de artículos, también ha sido futbolista, le decían Chele Araña. Pero de todos los oficios con los que se ha ganado la vida, el único para el que dice tener vocación es el de la risa. Quizá por eso se ha quitado la vida en un intento por unificar al gremio.

 

En 1974 fundó el sindicato en donde confluyen artistas circenses y de otros ámbitos. Y desde entonces ha tenido no pocas reuniones y no pocos problemas para llegar a ver realizado algo que muchos le dijeron que era una utopía nada seria: el Congreso de payasos.

 

Desde ahí es desde donde le aplauden sus colegas. Desde ahí reconocen que más que un maestro del maquillaje y de las rutinas cómicas, lo que valoran es que les haya enseñado a organizarse. “En cuestión de asociatividad, no ha aparecido una figura que pueda sustituirlo”, dice Pizarrín.

 

En el primer congreso, celebrado en el año 2006, fue organizador. En el segundo, también. En el tercero recibió un homenaje y participó de forma activa. Para el cuarto, realizado del 12 al 14 de mayo pasados, apenas pudo llegar para recibir un payaso de porcelana y el aplauso de sus colegas.

 

Arístides ha sido crítico. Ha tenido amigos en varias dependencias de Estado, pero cuando se ha tratado de lanzar sus dardos, no se ha tocado dos veces el hígado. La vida, sin embargo, le ha dado sorpresas. Una fue su proclamación como candidato a diputado por el Partido Liberal Democrático, de Kirio Waldo Salgado, para las elecciones del año 2000.

 

Esa investidura, que cargó por menos de 20 días, la califica como un engaño en el que cayó y como la vergüenza más grande de su vida. “Que me perdone el que esté ahí porque de verdad quiere trabajar, pero yo creo que la Asamblea Legislativa es un circo, con la única diferencia de que los payasos están bien pagados”, dice.

 

El gobierno está en muchas de sus conversaciones. Pero no es hasta que toca la muerte de su hermana que el asunto se vuelve algo personal. Cuenta que en mayo del año 2007 la diabetes llevó a Carmen Olimpia Alfaro, madre del payaso Cocolito, hasta la sala de emergencias del Hospital Nacional Rosales. Ahí, tumbados en el suelo, ambos esperaron por atención.

 

Arístides gritó que cómo era posible que no le ofrecieran a la enferma ni una camilla en donde recostarse. Tras varios días de agonía, la hermana de Chirajito y madre de Cocolito falleció. “Yo me pregunto cómo es que el ministro de Salud (Guillermo Maza) esperó hasta los últimos días de su gestión para decir que no tenía dinero para pagar a los proveedores, si los hospitales están mal desde hace tiempo. Mi hermanita sufrió eso”, reclama.

 

Es mayo de 2009. El lugar es el mismo redondel de la plaza de El Trovador en donde hace años buscó talentos para su circo y en donde hace meses celebró la Navidad con un almuerzo, juegos y dulces para los niños de la calle.

 

Esta vez no hay una ocasión especial. Los invitados son de nuevo los adictos a inhalar pega de zapato que malviven en los alrededores. El que llega, sin embargo, no es Chirajito. Quien se para en el engramado hoy es un Arístides Alfaro Samper ansioso, abatido por un bajón de tensión. El hombre que por más de cincuenta años se ha hecho llamar presidente de la república de los niños está cansado.

 

Mientras espera a que llegue el almuerzo, recuerda aquellos años en los que tuvo más fuerzas y más recursos. Dice que llegó a tener una especie de escuela de vagabundos en su propia casa de los alrededores del Tinetti. Ahí les enseñaba a leer y escribir, les daba un cuarto para que durmieran y a la hora de la comida compartía con ellos y con su familia la mesa del comedor. Ahora ya no se puede.

 

El proveedor de los alimentos se atrasa. Los invitados se impacientan. Y Arístides no saca a su Chirajito de la maleta negra en la que lo lleva. Se siente mal. Prefiere sentarse y dar la espalda al grupo que de vez en cuando muestra conatos de violencia.

 

Después de beber agua de una bolsa, Arístides empieza a repartir la ropa usada que lleva en bolsas plásticas. Intenta calmar los ánimos. Pero el público al que se dirige no es sencillo. No es que lo vayan a adorar por regalarles ropa. Al contrario, sin dejar el bote de pega, algunos la ven y se la tiran de regreso. Arístides no se impone. La toma y se la da a otro o la vuelve a guardar. Este público difícil le hace recordar a los que lo rodeaban cuando andaba en los circos sin carpa en las zonas rurales del país. “Esos gritan de todo, y como están bien cerca de donde uno trabaja, hasta miedo da”, dice.

 

La comida por fin llega. Él la reparte, unos protestan, otros esconden un plato para pedir otro. Arístides se abate. Vuelve a decir que se siente mal. Deja que le toquen sus manos que están heladas, heladas, heladas. Decide marcharse, no sin antes aclarar una última cosa.

 

“La vida de este artista no ha sido fácil, pero no me quejo. Voy a seguir siendo payaso siempre que siga habiendo niños”, dice, y no hace distinción entre aquellos niños que lograron obtener pases para estar en Jardín Infantil o estos que guardan el bote plástico en el que venía el refresco porque después lo van a usar para llenarlo de pega e inhalar. Es Chirajito. Es Arístides.

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