Ser “salvadoreño en el exterior” (Por Jacinta Escudos)
Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta EscudosDomingo, 14 junio 2009 00:00
Hace poco un amigo se fue a vivir a México. Se fue por motivos sentimentales. Y como toda persona que se va a vivir a otro país, tiene que enfrentar el siempre engorroso proceso de legalizar su estadía. Luego de alguna visita a las oficinas de migración en aquel país, regresó pensativo a su casa y escribió: “El mismo idioma y color, cómo es posible que me llamen...”
Dejó la frase inconclusa, pero supongo que fue llamado “extranjero”. Una palabra que en estos tiempos ha adquirido connotaciones algo ofensivas. Una palabra que detrás de sus letras oculta muchos prejuicios. “Bienvenido al club”, pensé.
Mi amigo y yo somos apenas un par de los millones de salvadoreños (y esto no es una exageración sino una triste realidad) que vivimos fuera del territorio que geográficamente nos ampara como pertenecientes a una identidad común, ligada a un lugar específico bajo el sol, a eso que llamamos “patria”.
Se nace en un territorio y, a menos que ocurran circunstancias excepcionales, por lo general uno muere con esa identidad, aunque se cambie de nacionalidad a nivel legal. “Seré salvadoreño hasta la hora de mi muerte”, como dicen los amigos del grupo nacional Pescozada.
Pero ser “extranjero” ha sido siempre poco menos que un estigma para los millones de humanos que, a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, se han visto forzados o impulsados a vivir por algún período de tiempo en una tierra ajena a la propia.
En el caso particular de los salvadoreños, el fenómeno ha ido acompañado de un cariz dramático. Si bien es cierto que siempre nuestros connacionales han migrado en busca de mejor vida, nuestra migración se intensificó desde los 80 con el surgir de la guerra y no ha parado desde entonces. Parte del drama es el viaje en sí, que cientos de compatriotas realizan aún a riesgo de sus propias vidas, lo cual llega a sumarse a las vicisitudes de la separación, las dificultades de adaptación, de encontrar trabajo, legalizar documentos y sobrevivir a la nostalgia.
Los extranjeros solemos ser discriminados y vistos con desconfianza en los países que nos hospedan. Y eso es una realidad globalizada. Desafortunadamente, se nos considera una suerte de amenaza: nos acusan de quitar puestos de trabajo a los locales o de aumentar los índices de criminalidad en los países en los que vivimos, por mencionar un par de ejemplos.
De ahí que esa frase hecha de “ser ciudadano del mundo” me parece una falacia. El ciudadano del mundo no existirá mientras haya que presentar documentos y visas en cada frontera o mientras haya que pasar por largos y vergonzosos calvarios para lograr un permiso de residencia o mientras los países receptores de migrantes no dejen de ver a los extranjeros con preocupación, agresividad y temor.
Pero a veces pareciera que la distinción de ser extranjeros no solamente la vivimos afuera del país, sino también (de manera algo sutil), dentro del mismo territorio nacional. Cuando en el país se habla de “salvadoreños en el exterior”, la frase se comprende casi de automático como referida únicamente a los que están en Estados Unidos. No sin alguna razón. Según el Ministerio de Relaciones exteriores, hay un aproximado de 2.9 millones de salvadoreños viviendo en el exterior (incluyendo segundas generaciones). El 88% de esa cifra, es decir, 2.6 millones, se ha establecido en diversas ciudades de Estados Unidos.
Pero eso no altera el hecho de que varios miles de salvadoreños pueblan también diferentes lugares como Canadá (sobre todo el distrito de Toronto), México, Guatemala, Belice, Costa Rica, Italia (sobre todo en la jurisdicción de Milán) y Australia (principalmente Melbourne), entre varios lugares más.
Ser “salvadoreño en el exterior” no nos convierte en ciudadanos de segunda o de tercera categoría. No nos hace menos nacionales ni menos dignos que los que viven en el territorio nacional. Es nada más algo que nos tocó vivir, muchas veces contra nuestros deseos o voluntad. Nuestra existencia no se limita a “ser remeseros”. Y sin embargo, a pesar de lo agradecidos que están todos siempre con las remesas, que –no puede negarse– ha sido uno de los más importantes pilares del sustento y la dinámica de la economía nacional en los últimos años, al salvadoreño en el exterior se le sigue negando algo tan elemental como el derecho al voto. Una reivindicación que lleva años en discusión, pero que los gobiernos areneros no se animaron a concretar. ¿Será que el actual gobierno nos concederá por fin ese derecho?
Durante los últimos veinte años dio la impresión de que los gobernantes no se preocuparon porque el país fuera abandonado por miles de personas al año (entre los que parten desde campesinos hasta profesionales). La fuga de cerebros y de miles de nuestros trabajadores debería de ser un motivo de alarma para la sociedad en su conjunto. ¿Pero será que por fin eso está por cambiar?
En su discurso inaugural, el presidente Mauricio Funes dijo, textualmente: “Vamos, juntos, a reinventar nuestro país y a traer de vuelta a nuestros hermanos emigrados porque un país que es incapaz de albergar a sus hijos no puede vivir feliz”.
Ojalá así sea. Porque somos muchos los que queremos regresar. Y porque ser recordado a cada vuelta de la esquina que uno es extranjero produce un cansancio muy pero muy grande.














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