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El Ángel y Michael

Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta Escudos
Domingo, 12 julio 2009 00:00
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Su belleza atrapó a todos y en particular a los que en aquellos años cruzábamos esa hosca tierra ignota que separa la niñez de la adolescencia.

Nosotras, las niñas, queríamos ser como ella. Queríamos su sonrisa de blanquísimos dientes, sus ojos azules, su cuerpo de modelo, su simpatía, pero por sobre todas las cosas, queríamos su pelo. Gastamos, o mejor dicho, hicimos gastar a nuestros padres, cantidades inimaginables de dinero en rulos, cepillos, secadoras, sprays y salones de belleza, buscando lograr que nuestros (por lo general) oscuros cabellos tuvieran la docilidad y el fluir de aquella rubia y abundante melena.

Cortábamos su foto de las revistas para forrar con ella nuestros cuadernos y fólderes del colegio. Veíamos cada capítulo de Los ángeles de Charlie y lo comentábamos al día siguiente. Farrah Fawcett era, sin duda, nuestra favorita. Nuestro modelo a seguir.

Su imagen compartía espacio en nuestros cuadernos con los ídolos masculinos del momento: David Cassidy, los Bay City Rollers, Leif Garrett, Vince Van Patten y los hermanos Osmond, un grupo de hermanos que cantaban cancioncitas de lalala y de amorcitos inocentes y que rivalizaba con un grupo totalmente diferente, los Jackson Five.

Estos eran negros, usaban afros, se vestían de colores psicodélicos y bailaban como solamente ellos podían hacerlo. Pero aunque los hermanos funcionaban como grupo, destacaba en especial su vocalista, un niño chiquito, de carita dulce, con una voz maravillosa y una gracia infinita, un niño llamado Michael.

Siempre preferí a los Jackson Five por sobre los Osmond. Su música me gustaba mucho más. Para cualquier niño, ver a otro chiquillo cantando en la televisión de aquella maravillosa manera era todo un suceso. En aquellos años tomaba clases de baile así es que me pasaba las horas ensayando frente al espejo los bailes de los Jacksons, me aprendía las canciones de memoria y no me perdía ninguna oportunidad en que nuestra aún en pañales televisión nacional pasaba algún programa con sus presentaciones.

El tiempo pasó, para ellos y para nosotros. Farrah Fawcett desapareció y reapareció en contadas ocasiones en algunas series y películas, donde su objetivo era demostrarle al mundo que no era una “rubia tonta más”, sino que tenía talento, que era un ser pensante y que podía enfrentar papeles de actuación que implicaran algo más que ser un lindo rostro y tener una bella melena. “Mi belleza es una maldición”, dijo en alguna entrevista, comentando cómo siempre debía imponerse sobre su físico para lograr ser tomada en serio.

Michael Jackson continuó con sus hermanos un rato, no perdió la voz ni el talento cuando se hizo adolescente y de pronto lo vimos convertido en un cantante con méritos propios. Más que cantante, compuso sus canciones, montó sus coreografías, reorganizó su vestuario hasta convertirlo en un sello distintivo y se tomó el mundo musical por asalto, dejando en él una marca indeleble.

Un día pensó que podría hacer una mini-película para acompañar la canción de su nuevo disco. Nació Thriller. Y revolucionó la industria del video musical convirtiéndolo en lo que es ahora. El disco es uno de los más vendidos de la historia y hasta hoy se baila aquella canción cuya melodía ya no podremos olvidar.

Pero Michael tenía su propia maldición. Plantado en un escenario desde los 5 años, jamás volvería a bajar de ellos y era el único lugar del mundo donde podía sentirse a salvo. “Vivo en una jaula, no puedo ir a un parque, no puedo ir a un almacén, entro a los hoteles por la puerta de servicio para no ser acosado”, diría molesto en una entrevista. En realidad no tuvo infancia, ni una vida normal.

Acaso por eso se inventó un reino personal, “Neverland”, su tierra del nunca jamás, donde intentaría ser niño, llenar los vacíos de su alma y encontrar un refugio para que lo dejaran en paz, como cantó en alguna canción. No lo logró.

Farrah Fawcett murió la mañana del mismo día en que moriría Michael Jackson. Como si incluso en la muerte, Michael no quisiera continuar sufriendo la aguda soledad que sintió en vida y decidiera que quería irse al otro mundo acompañado de un bello ángel.

Su muerte causó una conmoción mundial de tal magnitud que obnubiló otras noticias importantes del 25 de junio, como la muerte de la misma Farrah o los acontecimientos que desencadenarían en el golpe de Estado en Honduras a los pocos días.

Mientras miraba aquel interminable fluir de noticias sobre la vida, obra y muerte de Michael Jackson, pensé que éramos testigos de la muerte del último gran ídolo de la música, uno de tal peso y magnitud que acaso solamente pueda compararse con Elvis Presley. Un ídolo hecho a fuerza de trabajo, talento, agallas, sensibilidad social y visión artística (y no a fuerza de marketing, internet, consolas disimuladoras de malas voces y Photoshop, como tantos ídolos pasajeros de hoy en día).

Y al escuchar de nuevo sus canciones, no pude evitar las lágrimas. Lloré porque su música es parte del soundtrack de mi vida. Lloré porque lo sentí como una especie de hermano desamparado sediento de afecto al que me hubiera gustado darle un abrazo alguna vez. Y lloré porque nada me parece más triste que alguien que cantó y bailó llenando el mundo con su luz, no haya podido encontrar la manera de ser feliz.

 

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El Ángel y Michael - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador

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