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Sobre las ferias del libro

Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta Escudos
Domingo, 23 agosto 2009 00:00
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Las ferias del libro se han convertido en los últimos años en eventos esperados con ansias no solo por los amantes de la lectura sino por todos los que buscan un espacio de intercambio cultural variado. Estas han dejado de ser una mera exposición y venta de libros, también se han preocupado por presentar una amplia gama de actividades paralelas. Desde funciones de teatro hasta presentaciones de libros, pasando por encuentros de escritores y talleres para niños y adultos, se puede decir que las ferias del libro se constituyen en uno de los pocos espacios donde la cultura se celebra en su conjunto.

Cada uno de los países de Centroamérica realiza año con año su propia feria. Además, anualmente se realiza también la Feria Internacional del Libro Centroamericano, FILCEN, que rota de sede. La del año pasado se realizó en Guatemala y la de este año se inaugurará en pocos días en El Salvador.

Más allá de las buenas intenciones de los organizadores, muchas veces el despliegue del esfuerzo humano, organizativo y económico de estos eventos tiene aciertos, pero también desaciertos que, vistos desde afuera, resultan desconcertantes. A los salvadoreños todavía no se nos olvida, por ejemplo, la triste impresión que causó la Feria del Libro del año pasado, realizada en el parqueo de un centro comercial capitalino.

La Feria Internacional del Libro de Costa Rica, por ejemplo, ha tenido sus propios vaivenes. En 2005 se dio el lujo de tener como invitado al Premio Nobel de Literatura José Saramago. Sus condiciones mejoraron el año pasado, cuando volvió a realizarse en un punto neural de San José, pero decayó estrepitosamente este año cuando fue trasladada a un lugar no apto para este tipo de eventos. Por lo demás no tuvo ningún tipo de invitados internacionales y pasó por ser una actividad de escaso atractivo para el público.

La Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA) se celebró el año pasado en conjunto con la FILCEN y fue sin duda una de las mejores ferias que se ha realizado en muchos años. Carlos Monsiváis estuvo presente en la sesión inaugural y durante todo el evento, escritores centroamericanos y académicos internacionales estudiosos de nuestra literatura presentaron libros, impartieron conferencias e intercambiaron impresiones sobre diversos temas en mesas redondas.

El programa resultó tan atractivo que era común que uno ni supiera a qué actividad acudir porque se realizaban dos cosas interesantes al mismo tiempo, la gran mayoría además con una buena presencia del público.

Sin embargo, la edición de la FILGUA de este año observó un notorio contraste. Los diversos cambios en el equipo organizativo tuvieron como consecuencia varios desatinos. La mayoría de escritores invitados recibimos nuestros boletos menos de 48 horas antes del viaje. La poca difusión de los eventos y los invitados provocó que varias mesas tuvieran que ser suspendidas por falta de público. Hubo escritores que llegaron y no sabían en qué mesa redonda participarían. A otros se les indicó un tema, pero cuando llegaron a Guatemala resultaba que en el programa estaban asignados a otra mesa.

Fue lamentable que, por ejemplo, a una mesa con invitados de lujo como Claribel Alegría, Arturo Arias y Alfonso Chase, apenas acudieran una docena de personas. Desaprovechar así a nuestros mejores escritores es un desperdicio, como también lo es que los inviten a participar en una mesa con un tema de cajón como “la unidad centroamericana a través de la literatura”.

No sé si en el ámbito legal existe alguna obligación de realizar estos eventos año con año. Pero lo cierto es que ningún evento que se organiza para salir del paso puede obtener resultados positivos. Más de alguno ha sugerido que las ferias del libro de nuestros países deberían realizarse cada dos años, y podrían organizarse de manera que no haya año sin feria en Centroamérica, lo cual le permitiría a la FILCEN seguir con su sede itinerante.

La realización bianual permitiría gestionar mejores patrocinios y organizar al milímetro las actividades, incluida su difusión. Eso permitiría también tramitar invitaciones a escritores de renombre, que muy difícilmente suelen detenerse en nuestra región en sus giras de presentaciones de libros.

Los encuentros de escritores podrían también organizarse con algo más de espíritu práctico. Es un desperdicio juntar a varios escritores para dialogar sobre temas estrictamente retóricos, cuando hay problemas de carácter práctico muy urgentes que poner sobre el tapete. Por ejemplo, las violaciones de contratos por parte de algunas editoriales centroamericanas, violaciones que van desde no pagar los derechos de autor correspondientes hasta el auto-pirateo por parte de editoriales que, lejos de hacer nuevo contrato ante ediciones agotadas, reimprimen ad infinitum un libro, sin pagarle al escritor sus correspondientes derechos.

Los stands de editores y libreros podrían presentar ofertas o descuentos importantes y no vender los mismos libros con el mismo precio que encontraríamos fuera. Los países invitados de honor deberían contar con las facilidades para llevar libros que puedan venderse y no solo ser exhibidos.

En países con niveles de pobreza como los nuestros, es menester hacer un uso óptimo de los recursos. Eso redundará en la consolidación y mejora de un espacio cultural imprescindible para nuestras sociedades y que muchos esperamos con ilusión cada año.

 

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