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Basta ya de violencia

Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta Escudos
Domingo, 20 septiembre 2009 00:00
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El reciente asesinato del fotógrafo franco-español Christian Poveda ha movido a muchos a la indignación y nos fuerza a reflexionar sobre varias cosas. Para comenzar, se nos olvida con demasiada frecuencia que la estadística de los homicidios diarios es algo más que solo un número. Detrás de cada uno de los 25, 17, 13 o cuantos sean los muertos del día, hay un rostro, un nombre y un apellido, una historia de vida, una familia y amigos, sueños, logros y anhelos.

Cada uno de esos homicidios es un ser humano, un salvadoreño cuya vida fue arrebatada de la peor manera. Y la verdad es que cada uno de los homicidios que ocurre a diario en El Salvador debería motivarnos a la indignación y sobre todo, a la acción, para no sumirnos en la inercia del miedo y del lamento.

Se nos olvida también que los índices de violencia en este país no se limitan estrictamente a los homicidios y que hay toda una variedad de delitos que se cometen a diario. Extorsiones, secuestros, robos de vehículos, estafas, violaciones, hurtos, violencia doméstica y todo tipo de crímenes ocurren día a día en el país, muchos de los cuales, con toda seguridad, ni siquiera son denunciados porque la ciudadanía no tiene mayor confianza ni en los cuerpos de seguridad y quizás mucho menos en el sistema de justicia. O tampoco se denuncian por miedo a las consecuencias que eso pueda acarrear.

Esa falta de confianza está relacionada sobre todo con la incapacidad de los mencionados organismos para controlar la ola delincuencial y para ponerle un coto a una situación que viene agobiándonos desde hace demasiados años. Muchas veces pareciera que solo saltamos de una guerra a otra, y que a partir de 1992, la guerra cambió de escenario y de protagonistas, pero no de intensidad ni de crueldad.

Dicho en otras palabras, no hemos tenido una verdadera paz, ni siquiera una tregua que nos permita reconstruir un país en el que sus ciudadanos no se sientan constantemente amenazados y donde los planes de futuro tengan una expectativa concreta de realizarse. Y es a las pandillas, que durante años Christian Poveda estuvo intentando comprender y dar a conocer desde adentro, a las que se le atribuyen el mayor porcentaje de los actos violentos que ocurren en el país.

Desde hace años viene tratándose este problema casi exclusivamente desde el aspecto de la represión, con planes y medidas que han demostrado ser inútiles para contener no solo el accionar de las pandillas sino su expansión y su especialización en otras áreas de crímenes como el tráfico de armas y drogas. El número de pandilleros no ha disminuido sino, por el contrario, aumenta.

Es muy difícil tratar de plantear soluciones para este problema tan complejo. Parece demasiado obvio decir que debe haber más educación, hospitales, centros recreativos y oportunidades de empleo o que hay que ejecutar programas preventivos y de reinserción social. Sobre estos planes de reinserción me atrevo a decir que no deben limitarse a ser dirigidos a los delincuentes, sino a la sociedad en general. Porque dígame ¿usted emplearía a alguien sabiendo que fue marero? Posiblemente no.

Lo que parece que no hemos comprendido, lo que no queremos ver, es la raíz de toda esta problemática. Una raíz que está totalmente enredada y confundida con varios problemas más que abarcan desde la desigualdad social hasta las migraciones de nuestros compatriotas.

Pensar que la solución al problema de las pandillas se puede alcanzar estrictamente a escala nacional sería ingenuo. Por desgracia, las redes internacionales de estas organizaciones se expanden a los países vecinos y más allá.

¿Y qué pasa con todos esos menores que crecen precisamente en los barrios dominados por las maras? ¿Tendrán ellos oportunidad de salir de ese mundo? ¿Cómo se imaginan ellos mismos su futuro, si lo único que ven alrededor suyo es a la mara como la única “familia” con la que cuentan, porque la familia sanguínea y la misma sociedad los rechaza? Una generación de pandilleros reemplaza a la que muere o es encarcelada; otros viajan de país en país para formar nuevas “clicas” y el problema continúa sin final aparente.

Poveda planteaba como una audaz propuesta la posibilidad de que la Mara Salvatrucha y la Mara 18 firmaran sus propios acuerdos de paz. Pero así mismo, pocos días antes de su muerte, expresó su tristeza y preocupación ante el relevo generacional que está ocurriendo en la dirigencia de las pandillas, con gente que no cree en pactos ni diálogos sino nada más en el poder de las armas. En matar o morir, según la ley que los rige.

¿Tendremos, por lo tanto, que resignarnos y aceptar toda esta violencia como parte natural de nuestro destino? Por supuesto que no. No podemos convertirnos en rehenes del miedo ni en cómplices del silencio. Algo hay que hacer aunque confieso que no tengo la menor idea de qué.

Mientras tanto, sería deseable que con la misma diligencia que se investiga el caso del asesinato de Poveda, se investiguen por igual todos los crímenes que se cometen en este país. Que con la misma indignación que protestamos por el asesinato de Poveda, protestemos por todos y cada uno de los homicidios y demás crímenes que se cometen a diario.

Basta ya de violencia. Basta ya de miedo. Basta ya de impunidad.

 

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Basta ya de violencia - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador

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