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“PRIMER ABISO”

Escrito por David Escobar Galindo
Domingo, 15 noviembre 2009 00:00
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—¿Y qué te dijeron, pué?

 

—Nada, que vos tenías que cerrar el pico.

 

—Eso ya lo sé.

 

—Pero quieren estar seguros.

 

—¿Y cómo?

 

—Sólo con que me vaya a vivir con ellos… unos días.

 

—¿Y eso qué quiere decir?

 

—Nada. Que me vaya a’star ahí, a ese lado’e la colonia.

 

—Pero te vas a meter en líos.

 

—Más líos vas a tener vos si nu hago caso.

 

—Entonces, ¿te vas?

 

—¿Y par’ónde, pué? Sí, ahorita. Sólo me dijeron que me llevara un par de costales, quizás pa’dormir. Los cogí de ahi atrás, de los de maiz.

 

Salió sin despedirse. Podía ser de mal agüero. Además, entre él y su tata nunca hubo efusiones. Éste trató de detenerlo con un gesto:

 

—¿Ya se lo dijiste a aquélla?

 

—No, mejor no. De eso encargate vos. Las jefas son sentimentales.

 

Y salió, sin más. Cogió el rumbo sur de la colonia, hacia esa zona donde nadie osaba entrar sin saber exactamente a lo que iba. Los riesgos podían ser mortales.

 

El padre y la madre hablaron del asunto:

 

—Si le pasa algo, vos vas a tener la culpa

 

—Yo no. ¿Por qué? –se rebeló él, encarándosele.

 

—Porque vos has andado con el pito y el tambor. ¿Quién te manda a andar cantando como un loro viejo que viste el asalto y qué sabés quiénes son los hechores?

 

—¿Y qué querés: que esos malnacidos se salgan siempre con la suya?

 

—Pero ya ves lo que salió: que esos malandrines tengan hoy al cipote en la cueva.

 

—¡Es que entendé de una vez por todas: con esos malacates nadie puede!

 

—¡Pues si por eso, mirá!

 

Y se pasaba el pulgar y el índice unidos de las yemas a lo largo de la boca fruncida, como para cerrar un zíper.

El movimiento era interrumpido por un golpe seco junto a la puerta de entrada. Se miraron, como si aquel fuera el golpe del destino, que a su modo esperaba cada quien. Ella hizo un gesto instintivo de contención:

 

—¡Esperate!

 

Pero no se contuvo. Corrió a abrir.

Lo que había era un envoltorio de tejido rústico, que a todas luces encerraba un cuerpo. Y encima tenía prendido un papel escrito a mano con letra parvularia: PRIMER ABISO.

 

 

 

Turismo Global

 

Le echó las dos cucharaditas habituales de azúcar refinada al pocillo de café y siguió leyendo la oferta hallada al azar en uno de infinitos sitios disponibles en la Internet. Una oferta que parecía hecha a la medida extravagante de sus anhelos, que eran más que deseos.

 

“¿Quiere darle la vuelta al mundo gratis? Pues quédese tranquilo en su casa y espere la siguiente llamada”.

 

¿Llamada? ¿Qué tipo de llamada? ¿Por la pantallita mágica, por teléfono, a la puerta…? Cualquier cosa podía ocurrir en estos tiempos perfectamente impredecibles, en los que hasta las grandes corporaciones bancarias patinan sobre el suelo húmedo…

 

Volvió de inmediato a su rutina, porque los apremios apremian, valga la comodidad verbal, y lo primero que hizo fue irse de compras. Tenía que aperarse, por lo del viaje. ¿Alrededor del mundo? Pues había que estar preparado para todo. Alguna ropa de primavera y de verano, ciertas prendas otoñales e invernales. No había mucha disponibilidad financiera, pero siempre se pueden estirar un poco los billetes, sobre todo en las tiendas misceláneas. En fin, estaba de vuelta en su casa ya casi entrada la noche. Su mujer, que le conocía la vena excéntrica, miró todo aquello sin preguntar. Ya vendrían las explicaciones por su cuenta.

 

Cenaron lo de siempre, vieron en la tele los programas habituales, se fueron a dormir al modo sabido. No era noche de sexo, pero él tomó la iniciativa inesperada.

 

—¿Y eso? –le preguntó ella, antes del primer suspiro.

 

—Nada. Inspiración. ¿Te sorprende?

 

—No –susurró, ya consumado el suspiro.

 

Lo demás fue una especie de reanimación molecular indescifrable. El torbellino místico que echa alas de mariposa. Una fantasía oriental, quizás. Y luego, el escalofrío de un soplo casi polar, que giraba hacia las zonas cálidas en cosa de segundos. Al final, la risueña nostalgia de un jardín mediterráneo. El ir y venir, del infinito hacia el infinito. Y la somnolencia perfecta.

 

Al amanecer, todo en perfecta calma. Los cuerpos desnudos eran los de siempre, pero como tocados por un aceite indispensable.

 

Ella despertó primero. Miró hacia la mesilla donde él trabajaba, y lo sacudió suavemente:

 

—Dejaste encendida la compu.

 

—¿Ah?

 

—La compu, que quedó encendida. Hay una luz que da el aviso.

 

Él se levantó para ver. Sí, estaba encendida en la página del ofrecimiento, con un nuevo mensaje:

 

“La vuelta al mundo gratis, amigo. ¿No fue una experiencia inolvidable?”

 

Cerró la cumpu sin dar ninguna explicación. Ella le preguntó, entonces:

 

—¿Y esa ropa que compraste ayer, para qué la querés?

 

—Para el bazar de los indigentes –respondió él, sonriendo sin soltar prenda.

 

 

 

 

 

 

 

REINTEGRACIÓN

 

Hacía tensión dinámica todas las mañanas. Era su manera de estar en forma física para encarar la jornada. Y la manera de estar en forma anímica era imaginar las oportunidades que le esperaban. Aquella mañana, sin ningún motivo evidente, ambos ejercicios parecían estar en plan de intercambio.

 

Mientras practicaba su tensión dinámica, le vino una imagen de futuro:

 

—Voy a subir esa montaña, en cuanto tenga un día disponible –lo verbalizó, en voz baja pero audible.

 

Alguien lo oyó, porque el susurro estaba ahí, a la par de su oído:

 

—Entonces, tendrás que prepararte. Gimnasia mental, porque en la cumbre de la montaña hay un monasterio.

 

Él se quedó pensativo, sin dejar su práctica. Y en eso estaba cuando le nació decir:

 

—Aunque los músculos me duelan, voy a continuar.

 

El susurro fue aún más elocuente:

 

—Si te duelen, es que la técnica funciona. Sigue.

 

Hizo un esfuerzo aún mayor. Todo en él estaba en tensión, desde la coronilla descubierta hasta la planta de los pies desnudos.

 

Parecía como si todas las energías suyas y del entorno se estuvieran concentrando en el esfuerzo, que le sacaba colores a la piel y le abrillantaba los ojos hasta el límite de la sonrisa perfectamente vivencial. En algún instante de aquel proceso tuvo la soberana impresión de que el cuerpo y la voluntad se abrazaban hasta fundirse. Hasta fundirlo en una sola ráfaga insuperable, que aleteaba como si estuviera a punto de liberarse de una antigua clausura ya insoportable.

 

Entonces perdió el control sabido, y asumió el nuevo control. Ése que le permitía escapar de todos sus impulsos previos, físicos y anímicos, para salir al aire y mirar la montaña que estaba enfrente, ya como un refugio ideal e inevitable.

Sí, era cierto: el monasterio estaba ahí, pero no era una construcción de las conocidas, sino una forma del aire. Literalmente una forma del aire. Ese aire vivo que él juntaba todos los días en los pulmones y en al ánima, y que hoy se representaba a sí mismo en una especie de sonrisa cósmica o mágica, o ambas cosas a la vez.

¡Respirar y soñar eran uno por fin!

 

 

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