Ida y vuelta
Actuar con previsión no es privilegio de los brujos de Izalco, es obligación de las autoridades de Protección Civil.
Escrito por Orus Villacorta / Periodista salvadoreño radicado en MéxicoDomingo, 15 noviembre 2009 00:00
(Desde allá –México–) OPINIÓN
Va por la Chapultepec
Quien me conoce bien sabe que siempre odié a la lluvia porque no sabe hacer otra cosa más que joderme el ánimo, la economía y hasta la salud, cosas que comparten el detalle de vivir siempre al filo de la extinción. Y si eso le supiera a poco, ahora también a la maldita le ha dado por joderme la añoranza.Si no fuera por los escasos arranques de conciencia que tuvo en el pasado, en los que cobijó a mi Ford Festiva como un camaleón clandestino entre las calles oscuras de San Salvador —para que así yo pudiera empañar a gusto los cristales cercanos al asiento trasero sin ser importunado por el policía corrupto de turno—, mi enemistad con los chubascos, chaparrones y tormentas sería irreparable. Y pese a tal gesto, apuesto la melena —que no es poca cosa— a que la lluvia y yo no haremos las paces, independientemente de que arribe o se ausente de mi computadora el despacho de noticias fúnebres que enlodan la lupa con la que persigo a El Salvador día tras día. Hoy más que nunca.
Es mi primer estado de calamidad desde el exilio. Y es feo vivirlo con telescopios, preocupado por el trayecto de mi madre y mis hermanos por la carretera de Los Chorros. Saber que una tormenta deprimida puede sacarle DUI a la muerte con tanta facilidad resulta grosero, pero lo es más tener la certeza de que tal DUI tiene vigencia perpetua en un país donde la defunción es ciudadana distinguida, porque la palabra “contingencia” simplemente da hueva leerla. ¿Aplicarla? Zzzz...
Al momento de escribir esta columna han fallecido más de 130 compatriotas y no dudo que la cifra se elevará con el correr de unas horas más veloces que Usain Bolt, como tampoco dudo que con el siguiente huracán depresivo con ansias de hurgar a nuestro país los ríos volverán a desatarse, las lomas vomitarán aludes y las funerarias comprarán más madera para sus féretros. Es un yo-yo que sube y baja, que va y viene, porque hay tanta gente infortunada que, para encontrar hogar no ve más opción que cocerle las costuras a los ríos o que vivir surfeando olas de tierra.
Hay un problema estructural que resolver en las grietas de nuestro pulgarcito, harto de ceder a la gravedad y apuntar al suelo como emperador romano a disgusto. Viene de generaciones ya extintas y no se resolverá chasqueando dedos. Actuar con previsión no es privilegio de los brujos de Izalco, es obligación de las autoridades de Protección Civil, que por distintas administraciones han visto subir y bajar al yo-yo de las calamidades. Ya deberían conocerlo mejor y comprar tijeras.
Seguiré con mi lupa, maldiciendo a la lluvia, pero más a las condiciones que la vuelven tan letal entre los desafortunados.
Ida se fue. Ahora bien: ¿cómo esperamos la vuelta?















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