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Yo boté el muro de Berlín

Escrito por Gabriel Labrador Aragón Fotografías de Agencias y Óscar Leiva
Domingo, 15 noviembre 2009 00:00
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Hay un desatornillador, un martillo y una muralla manchada de grafiti de casi cuatro metros de alto. Miles de personas gritan y ríen a su vera. Se abrazan eufóricos. El desatornillador y el martillo los manipula un sonriente treintañero, un odontólogo de bigote grueso y castaño, de gafas RayBan y que se está quedando calvo. El hombre sujeta el desatornillador con su mano izquierda, coloca la punta en algún lugar sobre el gran muro y con la mano derecha deja ir los primeros martillazos, como si fuera un escultor. Tac, tac, tac... La pared resiste, monolítica. El odontólogo insiste, ahora con un cincel. El paredón se daña. Por fin caen los trocitos de pared, migajas invaluables. Corre noviembre de 1989 y la mole que se desmorona no es ni más ni menos que el muro de Berlín. Se erigió hace 28 años para separar dos sistemas políticos antagónicos. Hoy cae. La Alemania vuelve a ser una, la cortina de hierro comienza a desaparecer y el odontólogo, un salvadoreño de 33 años, recordará este legendario instante el resto de su vida.

 

Raúl Echeverría saltó el charco hacia Europa a finales de septiembre de 1987. Dueño de una beca de tres años para especializarse en odontología, lo poco que conocía de Alemania tenía que ver con las guerras del mundo y el renombrado Adolfo Hitler, que aparecía en los libros colegiales de historia.

 

Echeverría, un graduado de la Universidad de El Salvador, vivía en la colonia San Antonio Las Palmeras, de Santa Tecla, junto a su esposa Cristina y su hija Mónica, de tres años. El día en que dejó El Salvador, el país ya se desangraba con la guerra civil iniciada en 1980, el presidente salvadoreño José Napoleón Duarte acababa de reunirse con uno de los principales financistas de la guerra civil salvadoreña, Ronald Reagan, mandatario de Estados Unidos, y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) recibía apoyo de gobiernos comunistas.

 

El mundo se debatía entre el blanco y el negro, entre el capitalismo y el comunismo. La economía, las sociedades se enfrentaban a ritmo de los tones y sones de occidente, por un lado, y del proyecto soviético, por otro. En 1987, Echeverría llegó a una Alemania distinta a la Alemania de hoy día. El territorio estaba dividido en virtud de la Guerra Fría: la República Federal de Alemania (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA); el capitalismo contra el comunismo.

 

La división se había dado 40 años antes, al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, cuando la Alemania nazi se había rendido ante Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña (los aliados) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Con el fin de la guerra, la URSS se quedó con la mitad oriental de Alemania, mientras los aliados, el lado occidental. La capital Berlín, incrustada en la mitad soviética, se fraccionó igual, con un sector para cada potencia ocupante.

 

La frontera entre la RDA y la RFA estaba llena de guardias y barreras. Como aún no había muro, pasar de la una a la otra era relativamente fácil. Había que pasar un registro, un control migratorio y casi nadie obtenía un no por respuesta. Los orientales comenzaron a quedarse en occidente puesto que los estilos de vida en uno y otro lado fueron desarrollándose a ritmos desiguales. Para los años sesenta, las diferencias en el poder adquisitivo eran demasiado evidentes, y lo eran más para los que vivían en Berlín, pues podían compararse con mayor facilidad. Cada mes se registraban miles de fugas hacia occidente. Unos tres millones de alemanes se fugaron así entre 1945 y 1961.

 

“Cuando yo llegué a Alemania, en 1987, ya existía una Alemania dividida, existía el muro y ya se veían indicios de que Europa oriental estaba teniendo problemas”, dice Echeverría, quien de lo primero que se sorprendió en la Alemania occidental fue de que “todos los carros eran nuevecitos”.

 

“Para nosotros los extranjeros era sencillo pasar el muro hacia el Berlín oriental. Lo hacíamos por turismo, para conocer. Había que pasar un registro individual, había espejos para los vehículos. Pero para los orientales, en cambio, sí era difícil pasar al occidente, porque se pretendía evitar que se fugaran.”

El muro evitó que la RDA se quedara vacía, sin gente, sin intelectuales y sin mentes brillantes. Fue levantado en dos días, comenzando la noche del 12 de agosto de 1961. Era un paredón de 155 kilómetros de largo y de 3 metros con 60 centímetros de alto que aisló entero al Berlín capitalista. Esa y otras medidas económicas dieron un poco de riqueza a la RDA en los siguientes años.

Pero el muro también tuvo su lado funesto. Provocó la muerte de 138 alemanas que hasta 1989 intentaron escapar hacia occidente. Se calcula que en total unas 100,000 personas trataron de superar esa barrera con éxito marginal: la mayoría de casos terminó en capturas, ahogamientos en las vías fluviales, muertes a balazos, suicidios... “Cuando alguien moría, la prensa se escandalizaba, la ciudadanía también. Había una condena drástica. A veces, las personas que recibían tiros mientras intentaban cruzar quedaban desangrándose hasta morir.”

Por eso, cuando en la tarde del 9 de noviembre de 1989 el noticiero de la Alemania Oriental hablaba del libre paso de un lado a otro del muro, la fiesta estalló y la muralla se tornó, de pronto, en un gusano de cemento que merecía la muerte, y solo eso. Por eso los felices picadores sangraban el hormigón con sus martillos y cinceles. Por eso el feliz clin, clin, clin del odontólogo regocijado.

 

Ese jueves 9 de noviembre de 1989, Echeverría se lo había pasado dentro del salón de residentes de la Universidad de Berlín, donde estudiaba su postgrado de odontología. No tenía clases ni tampoco gente que atender. La jornada entera la había dedicado a planificar los tratamientos de los pacientes a su cargo. Lo que había avivado el día, como sucedía casi todos los jueves, eran las discusiones técnicas en las que él y sus cinco compañeros residentes se enfrascaban como parte del aprendizaje. De todos los residentes, Echeverría era el único americano, y para entonces su acento había abandonado los tartamudeos de un año y medio atrás.

 

A las 8 de aquella helada noche, la quietud de los pasillos de la facultad comenzó a transformarse en excitación. Los pasillos se llenaron del sonido de los maletines cuando se cierran y cuando la gente se alista para salir. Un timbre parecía haberlos azuzado. Los estudiantes del salón contiguo, el de los mecánicos dentales, se asomaron por la puerta del salón de los residentes: “¡Abrieron el muro! La gente está pasando”.

Las noticias llegaron a través de la radio a los oídos de los estudiantes recluidos en la Universitat Berlin. La conmoción fue tanta que desbordó lágrimas. La jornada en la universidad había concluido de manera abrupta, afuera se escuchaba y se veía a la gente hablar y dirigirse al centro de la ciudad o a la cosmopolita calle Ku’dam (en realidad Kufursterdam). Echeverría y algunos compañeros también acordaron comprobar con sus propios ojos que la Alemania dividida no existía más, y planearon juntarse a eso de las 9 de la noche sobre la calle Kaisserdam para luego salir hacia la legendaria Puerta de Brandenburgo. “¡Abrieron el muro!” La consigna seguía pasando de voz en voz, alimentada por lo que decían los telenoticiarios.

Casi a las 9 de la noche, la gente aún no estaba cruzando los controles del muro, aunque, según las noticias, la autorización ya estaba dada. Había confusión. En el muro, los policías orientales no conocían las nuevas disposiciones. Cada vez, más berlineses se agolpaban frente a la muralla.

El caos había comenzado con un error del secretario de Agitación y Propaganda del Partido Socialista Unificado de la RDA, Günter Schabowski, quien en conferencia de prensa, a las 6:57 de la tarde, había anunciado algunas reformas migratorias que no debían entrar en vigencia todavía. Había dicho que los alemanes orientales iban a poder entrar y salir sin mayor requisito que presentar el pasaporte. Cuando los periodistas le habían preguntado a partir de cuándo, Schabowski había respondido “de inmediato”: once letras que alteraron la historia.

 

Echeverría pasó primero por su casa, en el barrio de la sección británica Charlottenburg, antes de reunirse con sus colegas. El odontólogo había vivido ahí ya un año y medio junto a su esposa y sus dos hijos, el menor de los cuales había nacido apenas ocho días antes, el 1.º de noviembre. Cuando Echeverría entró a su hogar pasadas las 8 de la noche, notó que era el único que sabía el cuento. “¡Bueno, y ustedes ¿qué están haciendo aquí? ¿No van a ir a celebrar?!” Relató lo poco que sabía y todos lo celebraron igual. “Es que pensábamos que si los grandes protagonistas de la historia se ponían de acuerdo, en un país como El Salvador nos íbamos a tener que poner de acuerdo, de una u otra forma. Sentíamos esperanza y alegría”, cuenta Echeverría 20 años más tarde, desde su amplio consultorio dental en San Salvador. Aquella noche del 9 de noviembre, el odontólogo cogió un buen abrigo, alertado por las bajas temperaturas, y salió a celebrar.

 

Los bares cerca del muro regalaron botellas de cerveza a los transeúntes. Por las calles corrieron flujos de personas en todos los sentidos: lágrimas, abrazos, gritos de júbilo, brindis con champán. Días después, el alcalde de Berlín Occidental, Walter Momper, seguiría diciendo que los berlineses eran las personas más felices del mundo.

 

El camino a aquella velada de felicidad, sin embargo, había sido lento y amargo. El muro cayó solo después de una significativa transformación en los países del Este en los ochenta: las reformas al sistema comunista impulsadas desde Moscú, el triunfo de partidos no comunistas en los países vecinos, el descontento de las clases bajas en diversos países, el déficit y el desgaste económico de la Alemania Oriental... Pero, sobre todo, la fuga de personas hacia el mundo occidental a través de Checoslovaquia y Hungría hacia la Austria capitalista, que se intensificó cinco meses antes de la caída del muro. Hubo miles de refugiados orientales en las embajadas de los países occidentales. El sistema soviético tenía tanta presión encima que las odiseas activaron la cascada de dominó. Cayó el muro, la RDA, luego Bulgaria, luego Rumania...

 

Echeverría y sus compinches se reunieron a eso de 9 de la noche, la hora convenida, sobre la calle Kaisserdam. Abordaron un autobús y avanzaron casi dos kilómetros hasta que la aglomeración de la gente impidió seguir. Continuaron a pie. “Había algarabía de medio mundo. La gente se abrazaba, se alegraba. No se conocían y se abrazaban… ¡Hasta a mí me abrazaban, pues!”, relata Echeverría, mientras sus ojos se vuelven más brillantes.

 

Con la retransmisión de las declaraciones de Schabowski en la televisión, cada vez más eran los alemanes arremolinados frente al muro. Y no era por simple curiosidad. En realidad, todos querían hacer valer el nuevo derecho que les confería la RDA.

 

A las 9:20 de la noche, bajo el asedio de la gente, los oficiales fronterizos permitieron el paso de un puñado de alemanes hacia el occidente. Les sellaron el pasaporte invalidándolo para volver, como lo indicaba una de las nuevas disposiciones migratorias. Los oficiales no sabían que esa cláusula había sido cambiada por la que Schabowski había anunciado unas horas antes: la del tránsito irrestricto. “Yo compartía la emoción de los alemanes. Era comprensible la fiesta porque después de más de 40 años había familias que por fin podían volver a juntarse.” Había pancartas que daban la bienvenida. Los occidentales se colocaban fuera de los checkpoints como quien espera una maratón.

 

Entre las 9 y las 11 de la noche, la inferioridad numérica de los policías orientales en el muro supuso una grave afrenta a la tranquilidad. Harald Jäger, al mando del punto de control de Bornholmer Strasse, realizó una última llamada al cuartel general. Le ordenaron de nuevo que pidiera calma a los ciudadanos y que explicara que las oficinas para tramitar el visado abrirían al día siguiente. Jäger miró por la ventana. El pueblo continuaba vociferando que quería cruzar, que así lo habían ordenado las autoridades. Jäger dudó. “De las imágenes que más recuerdo es esa en la que los policías se ven el uno al otro y, por el montón de gente que se les viene encima, deciden mejor abrir el portón”, cuenta Echeverría. Al final, Jäger ordenó abrir y dejar cruzar a la gente sin ningún tipo de control. Eran pasadas las 11, la multitud atravesó el puente ferroviario que llevaba a Berlín Oriental, y de ahí en adelante, otros checkpoints fueron invadidos por la fiesta de “la liberación”, como la llamaron en Occidente.

Echeverría vio hombres y mujeres incrédulos que rompían en llanto en el preciso momento en que pasaban el límite fronterizo; vio botellas de champán por todos lados; vio los vehículos propios del la RDA, los Trabis, cruzando los controles y siendo recibidos por una multitud de alemanes que pegaban con sus palmas sobre la carrocería en señal de bienvenida; vio pancartas que decían “Willkommen zu West Berlin” o “Test the west” (Prueba el occidente); vio incontables abrazos. Una mujer de unos 25 años no salía de su asombro cuando un gendarme le explicaba que podía visitar a su familia en Berlín occidental sin ningún problema. La mujer tardó en moverse. Agarró con sus manos la cabeza del agente, le pegó un beso, dijo gracias y salió saltando como una niña.

El doctor atestiguó todo ese derroche de felicidad. Volvió a casa momentos después.

 

“Como salvadoreños también teníamos otra sensación: que la paz iba a llegar a El Salvador en corto plazo. Mi papá me mandaba a Alemania editoriales donde se escribía que la Perestroika y el Glassnost eran artimañas de Moscú para obtener dinero de Estados Unidos”, cuenta Echeverría. Él trataba de corregir a su padre. Estaba convencido de que el suceso traería implicaciones inmediatas para El Salvador, donde un operativo guerrillero estaba a la vuelta de la esquina.

 

Al día siguiente, el viernes 10 de noviembre, Echeverría se levantó temprano para seguir en los festejos al pie del muro. Esta vez fue acompañado de su suegra, de su hijita, de un desatornillador y de un martillo. La algarabía era grande y así continuó por lo menos en un mes, según recuerda el dentista. La ciudad de Berlín, esta vez a ambos lados, se convirtió en una de las ciudades del mundo más visitadas. Echeverría recuerda que fueron numerosas las visitas de salvadoreños y de centroamericanos que vivían en Alemania que recibió en aquellos días. “Lo primero que querían hacer siempre era irle a dar al muro”. Los cazadores de souvenirs acribillaron el muro a golpes. Al principio, utilizaron rocas y piedras para sustraer las reliquias de hormigón, ya por último manipularon pequeñas sierras o cinceles. Hoy en día las piezas de muro “originales” se siguen vendiendo a $5 o $10. ¿Quién sabe si 155 kilómetros de muro dé para tanto?

 

Mucho antes de que la muralla comenzara a ser objeto de colección, cuando el paso todavía estaba cerrado y los registros por parte de la Policía oriental eran estrictos y rigurosos, las visitas de Echeverría al lado soviético no habían sido demasiadas, pero sí suficientes como para hacer breves anotaciones sobre el estilo de vida soviético. “Del lado oriental, lo que más me impresionó era que todos se vestían muy parecido, y no todo era tan vivaz. Los mismos colores, los mismos zapatos. Eran muy similares. Llevaban una vida mucho menos moderna que en Berlín Occidental”.

 

Al cruzar desde el lado occidental, las autoridades exigían saber con cuánto dinero contaba el visitante, para que al momento de salir del territorio, las compras coincidieran con el dinero declarado. El odontólogo también recuerda que al atravesar la línea divisoria abordo del Strasse-bahn, una especie de tranvía, los vagones reducían la velocidad por el mal estado de las líneas férreas.

 

El 11 de noviembre de 1989, la primera de las placas de la muralla, ubicada en la Postdamer Platz, fue retirada con una grúa, a eso de la 1 de la mañana. Entre sus manchas de grafiti tenía pintada una cruz gamada de color negro, la esvástica negra de los nazis. Por desarmar quedaban 14 pasos fronterizos, 302 torres de vigilancia, 20 búnkers, 259 zonas de vigilancia canina y 235 kilómetros lineales de fosas antivehículos, vallas eléctricas o de alambre de espino con alarma. A partir de entonces, era evidente que Alemania intentaba pensar como una sola.

 

A partir de entonces, las autoridades buscaron la manera de equilibrar el nivel de vida de sus ciudadanos. “No recuerdo cuántos días pasaron después de la caída del muro, pero el Gobierno occidental dijo que no era posible que sus hermanos visitaran el occidente y únicamente pasaran viendo las vitrinas”, dice Echeverría. El Gobierno resolvió dar a cada ciudadano oriental algo, un dinero de saludo o de bienvenida: 100 marcos alemanes, unos $55, para que fueran gastados en el consumo: Coca-Cola, jeans, revistas... Las filas frente a los bancos eran enormes; la sed de compras, a juzgar por las imágenes, también.

Los gobiernos se plantearon el reto de hacer desaparecer las diferencias pronto. Actualmente, hay un proyecto vigente denominado Pacto de Solidaridad II, que pretende dotar hasta el año 2019 con unos $220,000 millones a los Estados Federados orientales.

Hoy en día, 20 años más tarde, no son perceptibles las disparidades en infraestructura, telecomunicación y urbanidad. Tampoco lo son los sesgos culturales, sostiene Carsten Thiele, el encargado de negocios de la Embajada de Alemania en El Salvador. Las últimas generaciones, explica, ya no hacen diferencia entre el occidente y el oriente, mucho menos van a juzgar a alguien por haber nacido en un lado u otro.

“En cuanto a infraestructura, no se puede mejorar más —dice el diplomático—, pero hay aspectos socio-económicos como que en algunas zonas de la Alemania oriental aún haya un 20% de desempleo. Eso es mucho.”

Con todo y todo, el país ha crecido a pasos agigantados. Es la tercera potencia económica en el mundo. “Hace tres años volví a visitar Berlín y todo me pareció muy moderno, bien abierto y mucho más grande. El mundial la remozó más ja, ja, ja”, dice Echeverría.

 

Reunificar: volver a unir una entidad que en algún momento constituyó una unidad.

La Alemania dividida dejó de existir con el acto de reunificación del 3 de octubre de 1990 en la plaza de la República, ese inmenso jardín frente al Reichstag, a unos metros de la Puerta de Brandenburgo, donde Echeverría había clavado el cincel para sacar sus pepitas de oro. “Fue una verdadera fiesta, hubo conciertos, discursos políticos, pero lo más emocionante era ver la reunión de la gente”.

Echeverría seguía viviendo en Berlín aun después de terminada su beca, pues la universidad lo había contratado como docente e investigador por un año más.

“A esos años yo les llamo el despertar a la vida de mi hija, Mónica, porque en esos años conoció una buena vida”, dice el odontólogo. La niña ya iba para siete años y Rafael tenía uno. “Vivimos una época muy bonita en Alemania, interesante por todo esto que he contado... pero ya quería regresar a El Salvador a enseñar lo aprendido en mis estudios. Tenía un corazón partido, como dicen.”

Echeverría volvió a El Salvador en junio de 1991. La historia volvería a sorprenderlo. Regresaría a casa de familiares y desde ahí, como un salvadoreño más, atestiguaría la segunda reunificación de su vida: la firma de la paz por parte del Ejército salvadoreño y la guerrilla del FMLN en el Castillo de Chapultepec, en México, el 16 de enero de 1992. Esa vez, la alegría le nacería del corazón.

 

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