La transfiguración de Ataco
Escrito por Un reportaje de Carlos Chávez Fotografías de ÓSCAR LEIVA Y ANA MARÍA GONZÁLEZDomingo, 03 enero 2010 00:00
Una suma de alicaídos beneficios cafeteros, polvaredas y carretas jaloneadas por burros. Una población de cantinas y tragaperras. Una desgracia con tejas. Así recuerdan muchos a Ataco.
Durante décadas, Concepción de Ataco se había mantenido resguardada, escondida, en el lecho de una antigua laguna disecada a 1,275 metros de altitud. En una de las estribaciones más occidentales de la sierra de Apaneca, en el departamento de Ahuachapán, rodeada de café, barrancos y silencios. Recién, en los últimos seis años, la ciudad de 18,000 habitantes ha empezado a mutar. A cambiar fachas y aires. El turismo arribó.
Su oferta hotelera suma ya más de 110 habitaciones, de las que no suele haber una disponible los fines de semana. Entres sus calles empedradas se propagan bares, galerías y restaurantes. Hay quien se atreve a asegurar que es más visitada que otras ciudades con mayor tradición en este rubro como La Palma, Suchitoto o su vecina, Apaneca.
Ha sido casi un milagro. Apenas en 2001 Ataco encabezaba la lista de los municipios más empobrecidos del país. El devaluado precio del café, su única actividad económica, provocó incluso que en su área rural se disparara el número de niños con desnutrición, hambre. Y según declaraciones de la Policía de ese entonces, los asaltos eran cosa común. En 2001, la alcaldía local, bajo la bandera del FMLN, reportaba una recaudación de impuestos de apenas $3,500 mensuales, exiguos para obras públicas e incluso planilla.
Nadie sabe decir quién empezó o impulsó el desarrollo turístico de Ataco. En 1996, el Gobierno promovió un circuito turístico llamado Ruta de Las Flores. Un rosario de pueblos serranos que incluyen a Nahuizalco, Salcoatitán, Juayúa, Apaneca y en el extremo occidental, Ataco. A pesar de que el Ministerio de Turismo lo declaró en 2006 “el municipio más pintoresco de la ruta”, los ataqueños opinan que su despunte ha sido una conjunción de factores ajenos a iniciativas gubernamentales que poco les ha beneficiado. En Ataco hablan de que fue la crisis cafetera, los terremotos de 2001, el arribo de jóvenes pintores al pueblo, el alcalde, la geografía y hasta el cura.
Óscar Oliverio Gómez, el alto y moreno alcalde, que reinicia este año un tercer período edilicio bajo el banderín de ARENA, asegura que en 2003 hizo de la casa de su padre el primer hostal de Ataco, Don Oli. Y que ese mismo año unos ciudadanos crearon una “Feria de las flores”, un festival gastronómico y un comité de turismo; y que así empezó todo. Se estableció un banco. Se cambió la esencia cromática de Ataco, las fachadas encaladas del pueblo adquirieron los mismos tonos que los del pico de un tucán o las plumas de una guacamaya. Oliverio, el edil y ex capitán de la Fuerza Aérea, dice que reempedró calles, flanqueándolas con farolas y bancas. Que en lugar de un chorro se erigió una descomunal fuente que gorgotea agua en plena plaza central. Al mercado le dieron apariencia de una antigua estación de tren.
Aquí y allá se construyeron portales de estilo español, con locales para rentar, y hasta un pequeño museo. Uno que aún hoy exhibe monolíticos rostros de jaguar esculpidos por manos indígenas hace más de 1,500 años. Las mismas piezas fueron exhumadas en uno de los cinco montículos, o pirámides, que se esconden bajo el cementerio municipal. Oliverio asegura que no hay otro municipio en el país con mayor número de turistas y prosperidad: “En plena crisis económica mundial, este es un pueblo donde hay prosperidad. Surgen comercios y el número de carros con turistas aumenta cada fin de semana”.
Fray Rafael Fernández, el cura de Ataco, hizo lo suyo también. Luego de que los dos terremotos —los de 2001— tumbaran la iglesia principal y la del Calvario, buscó fondos en la orden franciscana de Nueva York. Con dólares, y asesorado por arquitectos, levantó ambos templos, con fachadas neoclásicas, si bien un tanto toscas, las dotó de inéditas cúpulas blanquecinas que de noche son iluminadas con reflectores. La idea era crear para Ataco una atmósfera más colonial. Algo que, pese a ser una población antigua, nunca ha tenido. Sus viviendas más vetustas son de bahareque o lámina de inicios del siglo XX, producto de pasadas bonanzas cafeteras. Un informe municipal de 1858, cuando la época colonial había acabado, detalla su antigua apariencia: “Una población desarreglada. Sin ninguna calle. Con casas formadas en laberinto y todas de paja, sin más ruinas que la de una portada de iglesia”.
Además de venderse como colonial, en Ataco han intentado hacer suyo el patrimonio de los telares de pedal. Producen y venden telas al estilo de los indígenas del altiplano guatemalteco, a $10 las cuatro yardas. Sin embargo, su verdadero patrimonio, el de esculpir o tallar santos, está un tanto más opacado. Muchos santeros ataqueños no han adecuado sus viviendas al turismo.
En Ataco juran que su turismo es cosa de fin de semana, de turistas nacionales que vienen desde San Salvador o desde distintas ciudades del occidente del país. Pero durante un típico miércoles, uno de los días que aquí consideran muertos, el turismo parece seguir eclosionando desde el mismo centro de la ciudad. Frente a la remozada plaza pública, ocurren muchas cosas. Tres albañiles repellan una escalinata y la fachada de una galería de arte. Casi frente a la galería, bajo la fronda de unos altísimos pinos, dos jóvenes descargan de un camión unas pesadas verjas de hierro forjado, servirán para darle apariencia colonial a un nuevo negocio. Con simultaneidad, en el cabildo, frente al parque, alguien de la alcaldía dicta una conferencia sobre el manejo de alimentos para turistas ante una veintena de mujeres, algunas de ellas dedicadas a hacer los platillos típicos del pueblo: panes con pavo y biscotelas, una especie de galleta revestida de azúcar.
Frente a la misma plaza, un muchacho lava con lejía el piso del atrio de la iglesia, luego cepilla una de las escasas estructuras coloniales del poblado: la base pétrea de una fuente. Mientras tanto, un grupo de gringos se ríen de tres pollos cheles, a los que alguien tiñó de morado, verde y naranja. Y una humilde anciana, llamada Celmira Arévalo, se dirige a un comedor frente a la misma plaza; dice que recibirá $8 a cambio de una guacalada de tortillas que ella misma echó en una apartada zona marginal de Ataco.
Como Celmira, muchos ataqueños de a pie, estiman que la mayoría de negocios turísticos —la Alcaldía estima que el 85%— son de personas foráneas, y eso parece no causarles recelo. Lo ven como oportunidad. En Ataco hay negocios de jóvenes capitalinos como Alexander Ruiz, quien con una enorme sonrisa dice que le va muy bien en su tasca El Arky. Él asegura que se quedó aquí tras una noche de parranda. Le gustó lo que vio e invirtió todos sus ahorros, dice que da trabajo a gente local y se divierte.
Alexander no ha sido el único, en Ataco existen negocios donde hay incluso extranjeros involucrados. Como el restaurante El Botón, propiedad de un afable francés llamado Jean Michel Fouillade, que ofrece quesitos de leche de cabra, vinos o crepas que su joven esposa salvadoreña prepara. O como el “gastro-bar” de moda: El Tayúa, propiedad del guatemalteco Luis Figueroa, quien asegura que emplea a ocho ataqueños con todas las prestaciones laborales. O como el restaurante Sibaritas, el que puja por ser el más sofisticado de todos. Se trata de una casa de esquina de dos pisos, pintada de color zapote, que imita la arquitectura de una de las más elegantes viviendas de Antigua Guatemala. El precio del menú es proporcional a su aspecto. Aquí, un comensal de apetito mesurado, pero caprichoso, requiere disponer de al menos $15 en su billetera.
Bisuterías, panaderías, cibercafés u hostales. Los negocios emergen como champiñones en tierra húmeda, por doquier. Collares de jade: $60. Rótulos que prometen parqueo por $3. O letreros en los que se ofrece el alquiler de un pequeño local de 60 metros cuadrados, cercano a la plaza central, por $300 mensuales. Si se pregunta por el alquiler de un local más grande, responden que $800. Los arrendatarios prometen turistas de clase media y clase media alta. Y que la mayoría espera el ocio nocturno.
De noche, muchos ataqueños ven al turista con mucha complacencia y manifiesta intención de conversar. Mientras se abotona un raído suéter azul, el ajado rostro de Teodora Pérez, de 64 años, asoma al umbral de su pieza de mesón. Uno de bahareque, de fachada encalada, cuyas tejas tienen toda la intención de caer al vacío. A Teodora le gusta ver cómo son los turistas que visitan los negocios vecinos: una joyería y un hotel. Nunca ha entrado a ninguno de los dos. Pero en medio de ambos parece interesada en saber qué puede ofrecerles para vender. Dice que ya probó con pastelitos fritos, pero nada. “Aquí hay mucha competencia, pero ya veré que cosa invento”, argumenta Teodora, y agrega que hasta hace unos 10 años sentía una especie de nostalgia por el Ataco de antes: el de las “pachinelas” o indígenas nahuahablantes. Pese a que ya no hay casas pajizas, dice que “hoy el pueblo está mejor que nunca. Le han hecho micos y pericos”.
Los faroles que salpican las calles de Ataco se encienden casi a la misma hora que el pueblo se enfría, alrededor de las 6. Con simultaneidad, los turistas lo atiborran todo, la plaza y los portales. Los hoteles suelen no tener ni una habitación disponible. Los turistas se adentran en bares y restaurantes, unos de atmósferas bohemias, otros más estirados. Desde los ventanales se puede ver a la Virgen de la Inmaculada Concepción, la patrona de la ciudad, deambulando en procesión, envuelta en mantos y cantos católicos.
En otra calle resuenan los cascos de los caballos que jalonean una carroza en medio de risotadas de niños. En las calles más céntricas, el aire vaga fresco regalando olor a pan recién horneado. Huele a cebollines, ajo, carne asada, alcohol, atol y cigarro. Una veintena de jubilados ahuachapanecos bailan boleros sobre una calle empedrada. Junto a ellos, detrás de unas mesas, sobre las aceras, varios jóvenes capitalinos inician la juerga de la cerveza. El precio promedio de una nacional ronda $1.25. Los bares seducen, en unos hay sujetos jugando con palos chinos envueltos en llamas, en otros música en vivo. Es la hora del flirteo y el cotilleo.
–Ataco fue bonito hasta hace un par de años. Pero ahora se ha salido de control: todos los días surge un negocio nuevo —se queja de la competencia Álvaro Orellana.
Álvaro es un pintor de 32 años. Él mismo se considera uno de los primeros invasores de Ataco. Tiene ojos verdes y el cabello al estilo del cantante jamaicano Bob Marley, con rastas. A manera de contexto, Álvaro explica que en 2003 él y su esposa Cristina Pineda —pintora también— visitaron Ataco cuando aquí no había nada ni nadie, “cuando no había relajo”. Y que ese mismo año decidieron cambiar su domicilio capitalino por un viejo caserón ataqueño. Una vez aquí empezaron a crear sus esculturas y pinturas acrílicas, un tanto hippies: iridiscentes ángeles, nubes acolochadas, cerditos con alas... y sobre todo gatos, muchos.
Álvaro dice que todo este tiempo han podido vivir de los gatos —valuados entre $50 y $500 cada uno según su tamaño y composición— a los que él llama “porquerías para gente que tiene dinero para derrochar”. Como paradoja, hace notar que el incremento de turistas en Ataco le empieza a perjudicar.
Dice que algunos lugareños han empezado a imitar a sus gatos, y que incluso los venden, con descaro, frente a su negocio. “Aquí vieron que los gringos nos compraban los gatos, y empezaron a sacar provecho de lo que inventamos. Hacen versiones más toscas, pero a precios más bajos”.
En adición, Álvaro ha notado que a Ataco le está sucediendo lo mismo que al puerto de La Libertad. Se está convirtiendo en una meca donde el turista nacional busca noches etílicas, tumultos y voceríos. Eso le molesta, porque en teoría, eso ahuyenta a otro tipo de turistas. De los que buscan adquirir arte, o artesanías, entre la discreción pueblerina que Ataco intenta vender.
Ataco no es un microcosmos de contrastes en perfecta convivencia. Algunos propietarios de bares resienten que el alcalde, Óscar Oliverio Gómez, hace unos meses atrás reaplicara una vieja ordenanza municipal. Una que data de 1991 y que dictamina que los antros deben ser cerrados a las 11 de la noche en punto, para evitar escándalos públicos. “Ataco es turismo de familia. De orden. Si alguien quiere chupar o endrogarse mejor que se vaya a San Salvador”, establece su postura el alcalde. Él razona que muchos ataqueños interponen denuncias en su oficina, siendo las más reiteradas las de corta tolerancia a los altoparlantes prendidos hasta el amanecer o a los desórdenes que esporádicamente suscitan los turistas ebrios.
En la sede policial no reportan mayores problemas con turistas ebrios. A diferencia de pandilleros, Ataco siempre ha tenido de los suyos. De los que se empinan un litro de aguardiente en plena calle. Casi no hay cuadra donde no haya uno babeando o esté fondeado en una acera, o intentando mantenerse en pie mientras le ofrece a algún turista interpretar una cumbia a cambio de una “cora”.
En cambio, en 2005, la misma policía local notaba algo que para ellos mismos no tenían explicación. Para ellos, ese 2005, el año en que el turismo se empezaba a perfilar como principal rubro económico de Ataco, no hubo un solo asesinato en la zona urbana. Los dos años previos se habían acumulado un total de 12 homicidios. Una agente, que prefirió no mencionar su nombre, asegura que este año los homicidios alcanzaron el mismo número que el año pasado: dos.
“No creo que el turismo haya acabado con la pobreza y por consiguiente con la violencia. Lo que creo es que como hoy vienen muchos turistas, la Policía de Turismo mantiene vigilancia en amplios sectores de este lugar, incluso en el área rural, y probablemente por eso haya una disminución”, interpreta la Policía.
Ataco incluye a su orografía como propina al turista. El paisaje que lo circunda es estrictamente verde y húmedo. Los arroyos y cascadas se deslizan entre musgos y espesos bosques. Y en los pequeños valles que encierra esta porción de la sierra de Apaneca, retoñan balnearios o negocios que prometen tours en cuadrimotos o ponis, o la experiencia de catar café de altura.
En los picos de los cerros que circundan a Ataco se han construido miradores con farolas, a los que se asciende por veredas. El más cercano es uno llamado Cielito Lindo, que tiene una enorme cruz de concreto que parece flotar a unos 150 metros sobre el pueblo.
En el barandal del Cielito Lindo se apoya un señor de 53 años llamado Pedro Antonio Elías. Parece ajeno al turismo. Lleva una mochila en hombros, comenta que su casa está más adelante, en la montaña. Que el mirador le queda en el camino, pero que siempre se detiene a ver qué cambio observa en Ataco. Señalando con el dedo, invita a ver un cerro picudo que dice es el Himalaya, y luego pide fijar la vista en una de las tantas calles empedradas de Ataco: “Mire, allí va un microbús lleno de gringos”. Al preguntarle que cómo lo sabe o los distingue desde arriba, él responde cándido: “Porque hace ratos dejé de cortar café para ver qué se les puede vender allá abajo. Ese microbús ya me lo puedo”.














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