La memoria como ética
Escrito por Jacinta EscudosDomingo, 07 febrero 2010 00:00
Opinión
Gabinete Caligari
A finales de enero pasado, se conmemoró el 65.º aniversario de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, los conocidos “campos de la muerte”, cuya sola mención sigue causándonos escalofríos. Poco más de un millón de seres humanos fueron asesinados solamente en el primero de dichos campos, aunque según informes posteriores de la KGB rusa, la cifra pudo haber sido hasta de 4 millones.
Estos números se dicen y escriben muy fácil, pero les recuerdo: detrás de cada una de esas cifras había seres humanos. Judíos, homosexuales, gitanos, comunistas, anarquistas, testigos de Jehová, enfermos mentales, lisiados y todo aquel que el régimen nazi considerara debería ser exterminado por amenazar la pureza de la raza aria fue eliminado sin piedad alguna.
Cuando ocurren tragedias así, es difícil que se conozca la historia verdadera. Difícil que se tengan estadísticas certeras. La realidad se va tejiendo puntada a puntada, escena a escena, con los testimonios de quienes pudieron sobrevivir, pero sobre todo, de quienes tuvieron la valentía de hablar.
El ser humano suele bloquear los recuerdos dolorosos. Los distorsiona, los confunde y en muchos casos, hasta los olvida por completo. Esto no es síntoma de enfermedad mental, sino un mecanismo natural de defensa que le permite a la persona continuar con su vida. Muchos de los sobrevivientes de los campos de concentración optaron por el silencio, evitando contarle a sus hijos o demás parientes y amigos, lo que habían experimentado.
Pero ahora que esos sobrevivientes han llegado a los 70 o más años, el proceso natural de la vejez les ha hecho revivir de nuevo aquellos episodios. Esto ocurrió incluso con varios de los protagonistas nazis que, a poco de morir, se animaron por fin a contar su historia, como hizo Traudl Junge, la secretaria de Hitler, una de las pocas sobrevivientes del bunker y que, un par de años antes de morir el 12 de febrero de 2002, escribiera y filmara su testimonio.
Ahora que muchos de los sobrevivientes del horror nazi recuerdan con claridad lo acontecido, sienten la necesidad de hablar. Y entre otras cosas, han confesado que jamás contaron su experiencia para evitarle a sus hijos o familiares pasar por el sufrimiento emocional de la tragedia, algo que ellos consideraban una manera de ampararlos del horror. También cometieron la ingenuidad de pensar que, si no se hablaba de ello, no volvería a ocurrir.
A pesar del consenso mundial de que los campos de concentración y el exterminio metódico de seres humanos no deben volver a ocurrir jamás, lo seguimos viendo pasar una y otra vez. Basta pensar en Hiroshima y Nagasaki (las bombas fueron arrojadas pocos meses después de la liberación de los campos de concentración). Basta recordar las masacres durante la guerra bosnia o el exterminio de casi un millón de tutsis por parte de los hutus, en Ruanda. Basta pensar en cada guerra que se ha dado desde entonces y las que continúan ocurriendo en alguna parte del mundo. Basta pensar en nuestro herido país.
Parece un absurdo y un síntoma definitivo de la profunda estupidez del ser humano. Nunca aprendemos. A pesar de promesas, organismos fundados con el propósito expreso de construir o mantener la paz, firma de tratados y quien sabe cuántos otros gestos de buena voluntad, terminamos matándonos los unos a los otros sin que haya ley u organismo que lo pueda impedir. ¿Pero qué papel juega la memoria en todo esto?
Debería jugar un papel de aprendizaje, de enseñanza, de concientización. No para alimentar el rencor ni la venganza, sino para comprender que la solución de los conflictos del ser humano no puede ni debe pasar por el horror. Porque al final, esas “soluciones” macabras no hacen más que crear nuevos problemas, más sufrimiento y un dolor que se extiende por generaciones. Los sobrevivientes del horror nazi lo saben. Fueron marcados de por vida con el fuego del dolor. Un dolor que les quemará hasta el último aliento. Sin bálsamo alguno.
Muchos de los sobrevivientes no supieron cómo continuar sus vidas. Muchos han sufrido de depresiones constantes, pesadillas, enfermedades y hasta sentimientos de culpa por haber sobrevivido. Algunos se suicidaron. Otros dedicaron sus vidas a hablar de los espantos vividos. Me pregunto qué pasará cuando el último de ellos muera. Ellos, que se han transformado, en muchos sentidos, en la voz de nuestra conciencia.
En la novela Sin destino –del premio Nobel de Literatura 2002, Imre Kertész– basada en su propia experiencia como sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, se narra una escena elocuente en este sentido. Cuando György, el protagonista, regresa a Budapest y es recibido por vecinos, uno de los presentes le dice que tiene que olvidar los horrores para poder vivir. “Con esa carga no se puede empezar una nueva vida”, le dicen. György responde diciendo: “Nunca empezamos una nueva vida sino que seguimos viviendo la misma de siempre.”
Olvidar el pasado no borra lo ocurrido. Vivir en negación o en ignorancia no previene que el horror se repita. Una mínima restauración para las víctimas y los sobrevivientes de cualquier horror, es recuperar la memoria de aquellos sucesos, por muy crueles y dolorosos que sean.
Deberíamos asumir el rescate de la memoria como una tarea ética, como la manera de cumplir con el derecho y el deber que todos tenemos a la verdad.
















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