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Pacto nacional contra la violencia

Escrito por Opinión Gabinete Caligari Jacinta Escudos
Domingo, 21 febrero 2010 00:00
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Resulta desalentador tomar conciencia de que la violencia en El Salvador, lejos de dar signos de mejoría, empeora. Ya no basta con asaltar a los pasajeros en un bus: al que medio mueva una mano o respingue se le mata sin piedad alguna. No basta con matar a alguien, hay que mutilarlo, hacerlo pedacitos. Los buses y los microbuses se queman para escarmiento de los que no pagan la extorsión cotidiana y también para intimidar a los pasajeros recién asaltados. Se lanzan granadas a lugares llenos de gente, causando muertos y heridos a diestra y siniestra. Ahora lo más nuevo: se realizan ejecuciones grupales.

 

Para los que nos toca andar a pie por esta ciudad (y que somos la inmensa mayoría), es inevitable sentirse extremadamente vulnerable cada vez que se sale a la calle. La realidad no puede olvidarse ni un segundo porque hay que caminar alerta, con todas las alarmas encendidas y apretando la imagen de tu santo favorito en el puño, para que ojalá te haga el milagro de ir y volver con bien. Es agotador, cansado y estresante. Créanme que lo es.

 

A mí me gustaría caminar por la calle y no tener que desconfiar de todas y cada una de las personas con las que me cruzo, incluso de los niños y ancianos. Cuando camino y veo a alguien, no importa su aspecto ni edad, me pregunto siempre si esa persona es un asaltante. Y me da rabia y tristeza tener que desconfiar de todos de esta manera, ¿pero qué se hace cuando se vive en el país más violento del continente?

 

Algunas veces leo los comentarios que numerosos ciudadanos colocan en la página web de este periódico, después de las notas que describen algún hecho criminal, y no me cabe duda de que los salvadoreños estamos hartos y cansados de tanta violencia.

 

Los motivos de la violencia son diversos y no pueden uniformarse todas bajo una única causa y agresor. Por lo tanto, la solución al problema también es compleja y no basta con acciones inmediatas de vigilancia y represión. Dichas acciones tienen que ir acompañadas por una estrategia seria, intensiva y permanente que construya en las generaciones más jóvenes no sólo otros hábitos de conducta y mentalidad, sino sobre todo, que les proporcione expectativas sólidas de futuro, oportunidades reales de educación, trabajo y bienestar.

Ahora que el gobierno está montando una estrategia para combatir este complejo problema, me ha llamado la atención la nula inclusión del aspecto cultural como uno de los segmentos que pueden contribuir a su posible solución.

Es lamentable que no se proponga generar programas sociales enfocados en la producción cultural intensiva (por lo menos y hasta el momento de escribir esta nota, no se ha anunciado aún). Porque los muchachos en las barriadas afectadas por la organización pandillera necesitan mucho más que medidas estrictamente represivas para salir del problema. Necesitan valores humanos. Necesitan valores éticos. Necesitan perspectivas sólidas de futuro. Necesitan una reeducación humana y espiritual; y no me refiero a una educación espiritual desde el punto de vista moralista y religioso, sino desde el punto de vista de la esencia del ser humano que es más que materia e intelecto. ¿Y qué mejor que incentivar valores estéticos para ello?

Reconfigurar todo el concepto educativo nacional con la inclusión del elemento cultural para complementar el tiempo libre y fuera de las escuelas es un elemento imprescindible como medida preventiva, sólida y de fondo al problema de la violencia.

Por otro lado, la cultura es un instrumento profundo de auto-conocimiento y de relación entre los seres humanos que podría contribuir a construir un concepto de identidad individual, de barrio y de nación desde las mismas bases, lo que serviría para preservar a la comunidad y a todos sus miembros.

La cultura tiene que verse como parte del desarrollo social de un país y como algo del mismo nivel de importancia que todos los demás elementos que contribuyen al fortalecimiento de la educación y la salud. Una sociedad que está en construcción de su modernidad no puede obviar el papel de la cultura en dicha construcción ni relegarlo a una función estrictamente protocolaria y ornamental.

Quiero tener esperanza de que nuestro país puede realmente cambiar. Pero el cambio no funcionará a nivel político ni social si no se conforma un pacto nacional contra la violencia, que trascienda ideologías, ambiciones personalistas y oportunismos de diversa índole. Necesitamos una tregua ideológica para juntos, todos, salir adelante y vencer este problema. Urge que este plan nacional tenga un enfoque integral, sobrepuesto a las ideologías y a la polarización política. Porque si se sigue utilizando la violencia o cualquier otro problema como mera plataforma política, no habrá una solución real nunca.

Me niego a creer que la esencia dEl Salvadoreño sea la violencia, y que no sepamos resolver nuestros conflictos ni convivir con los demás si no es a través del crimen y la agresión.

No quiero sufrir este país, quiero gozarlo. No quiero bajar la cabeza con vergüenza cada vez que alguien de fuera me pregunta por la violencia del país. Quiero hablar con orgullo de mi gente, de mi tierra, de mi historia. Quiero que El Salvador ya no esté en esa bochornosa lista de “los lugares más violentos del mundo”.

Quiero tener esperanza, pero cómo me cuesta tenerla.

 

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