Desde que escribo esta columna he escrito dos artículos con título semejante, una a finales y otra a principios del presente siglo. El “escribirle a Santa” desde los artículos de opinión ya no es una novedad. Sin embargo, no está demás hacerlo nuevamente justo en el día que celebramos Navidad, no por moda, sino por la necesidad de persistir en los deseos expresados en las cartas anteriores. Tan así que quisiera reproducir la segunda “carta a Santa” que escribí hace unos 12 años, y que con algunas actualizaciones, señaladas en letra cursiva, siguen mostrando la validez de nuestros deseos.

“Recuerdo los tempranos años de mi vida cuando te perdí, recuerdo cuando te fuiste con el encanto y la magia navideña, recuerdo cuando anticipadamente descubrí en el armario de mis padres los juguetes que te había solicitado, recuerdo cuando los grandes almacenes del centro de San Salvador sustituyeron tu taller artesanal del Polo Norte, recuerdo cuando la realidad del Sr. Mercado tomó el relevo de nuestra fantasía. Desde aquel entonces no he dejado de buscarte, queriendo encontrar tu carcajada profunda, tu solidaridad desmedida, tu amor por la naturaleza, tu magia hacia los niños y niñas de este planeta.

No es fácil encontrarte de nuevo. Mientras busco tu risa descontrolada, con frecuencia encuentro el gesto diplomático y los labios estirados por el protocolo y la conveniencia. Entre tanto, a las amplias mayorías que no les “sonríe la vida”, el peso amargo de su pobreza apenas les permite levantar una sonrisa. ¿Es que acaso podré encontrarla en la alegría del que disfruta el dinero mal habido proveniente del narcotráfico y el crimen organizado, de la licitación amañada en el sector público, o de la competencia desleal que lideran los predicadores del libre mercado, y ahora también los predicadores de la intervención del Estado? ¿O la podré encontrar en los que le sonríen al poder y disfrutan de sus componendas, o en el jolgorio que producen los “premios” que se sacan los diputados tránsfugas?

He buscado tu generosidad, pero me enfrento cotidianamente con un Mercado de Valores dominado por los “valores” de un mercado insensible e inmisericorde que separa y excluye a los que menos tienen, mientras fusiona e integra a los que más tienen. ¿Podré encontrarla en los poderosos de derecha o izquierda que usan el Estado para hacer fortuna? ¿O en los comportamientos de aquellos que turbiamente manejan el negocio de la energía en provecho propio, en los que evaden impuestos, en los que son generosos con los corruptos, en los que son solidarios con la picardía de partidos y políticos?”

En fin querido Santa, también he venido buscando tu transparente magia, pero lo que suelo encontrarme son magos que falsean la realidad. No es fácil encontrarte en medio de tantos de esos magos: de los que con frecuencia manipulan nuestras estadísticas, de los que maquillan de democracia sus proyectos autoritarios, de los que quieren hacer desaparecer la independencia de la Sala de lo Constitucional, de los ilusionistas del populismo, de los que viven mirándose en el espejo de su imagen y no en el de la realidad, de los que tratan de esfumar las huellas de su corrupción, de los que quieren hacer desaparecer los esfuerzos por el acceso a la información pública y no quieren Instituto que vele por ello.

Querido Santa, ¡regálanos un pedazo de tu mundo! Una carcajada para sentir profundo. Un gesto generoso y solidario para sentirnos Uno con el semejante y recuperar nuestra ternura. Un poco de amor con la naturaleza para sentirnos más integrados al Universo. Danos un poco de tu magia para seguir soñando, para ver más allá de la realidad que se nos oculta, o para poder ver la realidad oculta. Han pasado muchos años desde que te perdí. No pierdo las esperanzas de encontrarte nuevamente. Desearía no volver a repetirte este tipo de carta. Desgraciadamente, creo que lo tendré que seguir haciendo más adelante.