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En escena. La ganadora del premio Ovación 2011, Alejandra Nolasco (izquierda), abrió la temporada de teatro de este año con su obra “Escondites”.

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  • En escena. La ganadora del premio Ovación 2011, Alejandra Nolasco (izquierda), abrió la temporada de teatro de este año con su obra “Escondites”.

  • Público. Actores, amigos y hasta exalumnos del Bachillerato en Artes de Salomón asistieron a ver “Escondites”.

  • Camerinos. Los actores de “Escondites” afinan detalles antes de realizar su debut en el escenario del Teatro Luis Poma en el día de San Valentín.

  • Perfeccionista. Roberto Salomón (derecha) revisa hasta el último detalle en el Teatro Luis Poma una hora antes de que inicie la temporada teatral 2013.

En escena. La ganadora del premio Ovación 2011, Alejandra Nolasco (izquierda), abrió la temporada de teatro de este año con su obra “Escondites”.
“Es una oportunidad para poder pasar consulta gratis con especialistas.”
Roxana Martínez
beneficiada
Fotografías de Félix Amaya

S

on las 8 de la noche. Las 227 butacas del Teatro Luis Poma han sido ocupadas casi en su totalidad. Roberto Salomón intenta recorrer uno de los dos pasillos de la sala donde la gente se aglomera en busca de su asiento. En su cara se dibuja una sonrisa de oreja a oreja. El bullicio de la muchedumbre que ríe y conversa es el sonido de fondo que acompaña la acción.

Como todo buen anfitrión, saluda a algunos de los allegados mientras avanza hacia el escenario. A otros les ayuda a encontrar su butaca, y a los que todavía se han quedado en el pasillo alfombrado y de luces amarillas, los invita a pasar y sentarse. En un país donde ir al teatro resulta prescindible, “Escondites” está a punto de comenzar. Es la obra que cumple la misión de abrir las puertas a la temporada de teatro más extensa que haya visto El Salvador.

Sin perder la sonrisa, muestra de la felicidad que le invade, este señor de 68 años, de piel morena y cabello blanco ha terminado por fin su caminata pausada para posicionarse frente a todos. De pie, al centro de la gran sala de alfombra gris, lanza una mirada panorámica al público. La gente que aún se encuentra de pie, se sienta, y los que todavía parlotean, se callan. Comprenden que se dispone a hablar. Su silencio es la muestra del cariño y el respeto que le tienen a este hombre que ha dedicado 50 años de su vida al teatro.

Tras su breve discurso de bienvenida, cerca de 227 almas se unen en un aplauso en el Teatro Luis Poma. Casi una por cada butaca roja que existe en la sala. La emoción de los allegados se ha desbordado al escuchar que el teatro está cumpliendo 10 años. Le aplauden al dador. Ese director de teatro salvadoreño que hace una década, mientras se tomaba unas vacaciones en el país, proveniente de Suiza, tuvo la suerte de encontrarle un buen padrino a su proyecto teatral.

Es jueves. Es el Día de San Valentín. El Teatro Luis Poma presenta, con un lleno casi total, la obra “Escondites”, de Alejandra Nolasco. Afuera, en el centro comercial Metrocentro, la gente camina de un lado a otro llevando bolsas de regalo y globos en forma de corazón.

Han pasado tres días desde el estreno de “Escondites”. En las tiendas del famoso centro comercial donde se encuentra el teatro todavía se observan rótulos rojos que anuncian los porcentajes de descuento por el mes de la amistad. Es domingo por la tarde. Las puertas del teatro todavía están cerradas al público. Tras guardar las herramientas con las que ha estado trabajando, César González, el técnico de audio y luces del Teatro Luis Poma, baja de la cabina de controles y toma asiento en una de las butacas del teatro. Al verse ahí descansando, al fondo de la gran sala, su mente regresa tiempo atrás.

Parece que fue ayer cuando vio el Teatro Luis Poma en ruinas; pero en ese entonces no se llamaba así. Se trataba de la sala de CAESS, la Compañía de Alumbrado Eléctrico de El Salvador. Era el año del cambio de siglo. Era el año 2000 y él trabajaba como electricista en el reconocido centro comercial que alberga sus instalaciones.

En ese entonces, era un salón abandonado. Las luces estaban caídas; el suelo, pavimentado y lleno de polvo. Las butacas rojas y acolchonadas en las que ahora se sienta la gente a disfrutar obras como “Escondites” no existían. El techo era de lámina, el piso tenía el mismo desnivel que desciende desde la entrada a la gran sala hasta llegar al escenario; pero no tenía ni señas de la alfombra gris ni del vinilo que recubre el área donde se sitúan ahora los asientos.

“Cuando estaban en la remodelación yo vine varias veces”, dice César, al mismo tiempo que reposa en una de las butacas de la vacía sala de teatro de este domingo por la tarde. Bajo la tenue luz que se utiliza mientras no hay nadie en escena, este hombre de mediana estatura, de ojos pequeños y cabello negro reconoce con asombro que jamás imaginó que él llegaría a trabajar en el teatro, incluso antes de que Roberto Salomón se convirtiera en su director.

Todavía se acuerda de haber visto a la gente con chalecos y cascos trabajando en los andamios y el cemento desparramado por todos lados en la misma sala lujosa en la que ahora se encuentra conversando con una tranquilidad inmutable. Esa ardua labor que cambió totalmente el salón llegó a su fin en 2001, el mismo año en que le entregaron las llaves del teatro y se convirtió en el supervisor.

“Él es don Roberto Salomón y él va a ser el director del Teatro Luis Poma”, le dijo Ricardo Figueroa, el jefe de comercialización de aquel entonces, allá en 2003. Recuerda que, de inmediato, en su cabeza empezaron a germinar diferentes preguntas. “Uno dice: ‘cómo irá a ser, será más estricto, será más pasivo, más humilde’”.

Esta tarde, mientras echa un vistazo con expresión pensativa a los faroles negros que cuelgan del techo del Poma, esos que resaltan bajo la madera del encielado en forma de olas, admite que ha aprendido mucho del director. “Sí, enseña bastante. He aprendido mucho en dirección artística. Con sus regaños… –dice en un tono de resignación–, pero voy aprendiendo cada día más”. Cuando llegó al teatro era un electricista. Ahora, gracias a su esfuerzo y a las indicaciones de su mentor, es el técnico de audio y luces, y hasta sueña con ser director.

La formación de César como técnico del Teatro Luis Poma no es ni por cerca el primer fruto en esta área de Roberto Salomón. Desde 1970, este director, que no repara en regañar a César cuando una luz está fallando, también se dedicó a dar clases de acrobacia, interpretación e improvisación en el Bachillerato en Artes que existió en esa época en el país.

Salomón se puede dar el lujo de decir que ha sido profesor de varias generaciones de actores. En su listado de exalumnos perfilan: Dinora Cañénguez, Ángel Cañas, Francisco Cabrera e, incluso, la mismísima Isabel Dada. Ahora, aunque no esté bajo la planilla de algún colegio o escuela de arte, Roberto sigue enseñando a más generaciones de actores.

Seis días han pasado desde que la obra “Escondites” se estrenó en el día del amor y la amistad. Hoy Roberto tiene frente a él a uno de sus alumnos del taller de teatro que dio hace 12 años en el desaparecido café El Atrio. Fernando Rodríguez, el actor que da vida al personaje principal de la obra “El cavernícola”, se ha convertido en el encargado de su publicidad. Este miércoles a las 4 de la tarde el ambiente de trabajo de Roberto Salomón se ha trasladado hacia el interior del Teatro Luis Poma. Comparte con el actor de “El cavernícola”. Está en su oficina.

Es un cuarto beige –tanto el piso como las paredes–. Tiene un leve olor a pintura, y la mayor parte del tiempo el sonido que se escucha es el de la digitación de sus manos en la computadora. Ahí pasa internado la mayor parte del tiempo cuando no está dirigiendo una obra de teatro. En su escritorio, con una expresión seria y con la boca entreabierta revisa correos, lee papeles e interrumpe su labor de vez en cuando para contestar el teléfono blanco que está a sus espaldas. En esta ocasión se trata de Regina Cañas, la actriz y presentadora de televisión que alcanzó la fama con el personaje de la Tía Bubu.

La fuerte labor administrativa que debe realizar al inicio de cada temporada teatral le impide estar en el escenario coordinando a un elenco de actores. No lo lamenta. Sabe que como director del teatro debe andar metido hasta en el último detalle para que la temporada sea un éxito, y dirigir una obra de teatro en este momento le quitaría tiempo valioso. Además, ya en mayo tendrá la oportunidad de presentar su obra, “Baby boom en el paraíso”, con Regina Cañas como actriz.

Se quita las gafas de pasta café, las que usa para leer en la computadora. Las pone en el escritorio y se pone las que no tienen aro. Es la señal de que se dispone a hablar.

A Roberto Salomón no le gusta ahondar en aspectos familiares. “Uno tiene que proteger su vida privada –enuncia con tal convicción que parece querer que otros lo imitasen-. Eso es lo que trato. No es que no quiera decir lo que como, pero quisiera que el interés en el artista sea más por su arte”, expresa en una cuarta entrevista en la que de nuevo se ha encontrado con una cantidad de preguntas respecto a su vida personal.

La que sí habla de estos aspectos es Naara Salomón, esposa, desde hace 40 años, de Roberto. Ella parece disfrutar de la oportunidad de recordar aquella época, y ocho días después de la inauguración de la temporada 2013 del Teatro Luis Poma, se sienta en la mesa junto al jardín interno de un café que se sitúa cerca de la casa donde habitan, para conversar.

Es la colonia San Benito. Son las 10 de la mañana. Mientras bebe a sorbos un vaso de jugo de naranja, esta señora de cabello gris y rizado, de 58 años, revive el momento en que vio a Roberto Salomón en una estación de tren en su natal Ginebra, Suiza, cuando tenía 18 años. “Yo iba a recoger a ese grupo que bajaba del tren. Habían actuado en Italia y vinieron a Ginebra. Yo era parte del grupo organizador. Ahí lo vi por primera vez, y él me vio por primera vez. Fue así… un encuentro fuerte”. Él tenía 28 años. Seis meses después se vería a sí misma casada con él, viviendo nada más y nada menos que en El Salvador, con un terrible choque cultural. Era la década que precedía a la guerra civil. Era 1974.

A medida que la conversación transcurre en la mesa del café, mientras habla con acento francés y hace ademanes con las manos para explicarse mejor, Naara demuestra que no es salvadoreña. Cuando conoció a su futuro esposo rompieron barreras gracias a que él hablaba francés. Pero una vez puso los pies en tierra cuscatleca, ella se las ingenió para aprender a hablar español en nada menos que tres semanas.

Aunque en un principio vivieron en El Salvador, se fueron en 1980 del país debido a las amenazas de muerte que recibieron de la Guardia Nacional por su trabajo en Acto Teatro, la casa de artes que montaron en el centro de San Salvador. Recuerda que era una época en la que estaba prohibido pensar. Una época en la que la libertad de expresión no existía. Tuvieron que marcharse a Suiza y quedarse allá por 25 años.

El jugo del vaso de Naara por fin se ha acabado, es un detalle que ha ignorado y continúa moviendo con los dedos la pajilla. La conversación prosigue animada. Ahora se dispone a hablar del proyecto en el que su esposo ha invertido 10 años de su vida. El mismo al que se le festejó el 14 de febrero con la obra “Escondites” hace ocho días. El mismo en el que, por ser el Día de San Valentín, terminó con la entrega de rosas de muchos colores para las actrices de la obra, por parte de sus familiares.

“A finales de 2002, en un viaje acá, él oyó hablar de la restauración del Auditorio CAESS. Fue a hablar con don Ricardo Poma sobre el futuro de ese lugar y fue ahí donde hicieron su primer acuerdo de tres meses de prueba”, cuenta Naara de forma resumida. Con una expresión de resignación, se sincera en seguida diciendo que ella no quería volver a El Salvador. Era un país que le había dado demasiadas energías negativas en la época de la guerra.

A regañadientes, y más por las ganas de permanecer junto a su esposo, poco a poco empezó a acompañarlo en sus viajes a El Salvador. Asegura que después de varios viajes, finalmente se terminó entusiasmando con el proyecto de él. Cuando ablandó su resistencia y decidió por fin establecerse de nuevo en este país, tuvo que buscar sus propios proyectos, muchos de ellos incluyeron ser actriz en las obras de su esposo.

A pesar de la tensión, de los fuegos cruzados, de la resistencia al arte y los inconvenientes que pudieron surgir, Naara recuerda que el proyecto de su marido funcionó muy bien. La acogida fue tal que decidieron extender esa temporada de teatro a seis meses. Esa fue la llave que le abrió el escenario y le permitió ser director, administrador y planificador de la iniciativa que rebautizaron como Teatro Luis Poma.

Dos días antes de que Naara recuerde el estira y encoje que pasó antes de decidir acompañar a Roberto, su esposo, él estaba en su escritorio, con las gafas que usa cuando no está leyendo, pendiente de si el director de “Escondites” necesita luces en el teatro. “Fue un encuentro de voluntades. Él –Ricardo Poma– quería que este teatro funcionara y yo le hice un proyecto que le gustó”, explicó, entonces.

Ahora Naara ha cambiado la expresión de nostalgia que le dibujaron los recuerdos. Se despide, porque tiene que reunirse con alguien más en el mismo café. Por como lo frecuenta, bromea que dentro de poco este será su nuevo domicilio.

¿Funcionará una obra de teatro el 14 de febrero?, es la interrogante que estuvo dando vueltas en la cabeza de Roberto Salomón desde que lo escogió para lanzar la temporada de teatro de este año. La inquietud continúa este Día de San Valentín, mientras espera sentado en su oficina del Poma a que la gente empiece a llegar a la boletería y salir a saludar.

La intranquilidad del director de Estudio Teatro Caretas, Napoleón Belloso, es la misma, quizás más profunda. El escenario es diferente. Napoleón y su elenco se preparan en los vestidores del Teatro Nacional para presentar “Romeo y Julieta” en la función de las 3 de la tarde. Si la gente no llega a verlos, tendrán que sacar de su bolsa $150 para pagar el alquiler del teatro de esa función, y $500 más para cubrir los tres días restantes en los que también se han arriesgado a presentarse en la gran sala. La noticia no sería nueva, ya les ha pasado.

Caretas no tiene un teatro. Para presentar sus obras deben gestionar los espacios con anticipación para no quedarse en la lista de espera de espacios públicos o privados hasta el año siguiente. Deben tocar las puertas de escuelas y acudir ahí donde los inviten si quieren obtener un poco más de ganancias en la temporada.

Una semana después, sentado a la mesa de un café del centro de San Salvador, Napoleón recuerda el momento en que se estaban preparando para salir a escena y debutar con “Romeo y Julieta” en el Teatro Nacional. “Estábamos atrás del escenario pidiéndole a la Divinidad que nos llegaran espectadores”, dice este señor de cabello grisáceo y ojos pequeños, mientras espera con ansias para llegar a la mejor parte de su anécdota.

“Fue un jueves a las 3 de la tarde. Lleno total. El viernes fueron dos presentaciones: una a las 10 de la mañana y la otra a las 3, y de nuevo lleno total”. Lo que lamenta es que atestar de gente la gran sala del Teatro Nacional en tres ocasiones consecutivas, con alrededor de 600 butacas disponibles, no haya sido noticia, aún cuando mandaron boletines de prensa a cada medio de comunicación que pudieron.

En sus 30 años dedicados al teatro, el escenario del Teatro Luis Poma lo ha pisado dos veces. En ambos casos como actor invitado por otros elencos. Como director de Estudio Teatro Caretas, nunca. El acceso lo ve difícil, por la programación anual que realizan, pero no pierde la esperanza de que cuando le presente los papeles al maestro Salomón, los revalore y le diga que hay espacio para ellos, que van a trabajar juntos.

Demetrio Aguilar comparte la misma opinión. Este joven estudiante de Arquitectura, que tiene 12 años de trabajar sobre las tablas, dice que el Teatro Luis Poma no es accesible. “No hay convocatoria para llevar nuestro montaje. Como dicen, es por amistad, quizás”, afirma con un gesto de frialdad. Asegura que su director ha hablado varias veces con Roberto para decirle que tiene un nuevo espectáculo. Sus ganas de pisar el escenario del Poma se han quedado en pláticas amigables de pasillo entre dos conocidos.

De Roberto Salomón, Napoleón Belloso opina que su trabajo es plausible. “Si tú tienes el respaldo de una fundación, tú puedes soñar”, reflexiona. No le cabe duda que el factor dinero es importante. Y lo dice habiéndolo experimentado en carne propia.

Tras haber tocado las puertas de universidades e instituciones gubernamentales, todavía sigue esperando a que le llamen, aunque sea para decirle que los disculpe, que no tienen tiempo de escucharlo. Sus proyectos siguen ahí, dormidos entre los papeles de las diferentes oficinas y, con suerte, archivados. “Con dinero puedes reestructurar y hacer buenos proyectos –reflexiona–. Esa es la gestión que Roberto Salomón, a quien admiramos y aplaudimos, ha podido hacer hasta el día de hoy”.

A menos de una hora del estreno de “Escondites”, la escena del Teatro Luis Poma muestra a un director artístico diferente. Aparta su vista de la computadora y observa desde su escritorio la puerta que lleva hacia el teatro. El afán de verificar lo que se realiza en su ausencia le obliga a levantarse de su asiento y empezar a avanzar a paso largo y enérgico. Cruza el pasillo que separa su oficina de una de las dos entradas al teatro. Los técnicos de sonido y audio están trabajando ahí.

Sube a la tarima y de inmediato clava su mirada en las cortinas del escenario. Repara en que están al revés. Se acerca hasta tocarlas y, tras mirar la tenue mancha blanca que resalta sobre el azul oscuro que las colorea, exclama: “¡Qué ‘chucas’ están estas cortinas, Dios mío!” Si de algo reconoce haber pecado Roberto Salomón en todo este tiempo, es de andar metido hasta en el último detalle de la producción.

Nacido de padres franceses en El Salvador, la responsabilidad de Roberto era la de convertirse en el heredero de una industria textil. En su casa de la infancia, ubicada cerca del monumento al Salvador del Mundo, no se respiraba arte, salvo en los tejidos, el macramé y en las estructuras en madera que su madre, quien se dedicaba al hogar, elaboraba. Aun así, desde los 12 años deseaba ser director, y su encuentro con Walter Béneke en ese tiempo le animó a sacar la rebeldía de la juventud y, contra la voluntad de su padre, convertir las artes en su profesión. El Roberto Salomón que ahora revisa el teatro de forma minuciosa es todo un director.

“Escondites”. Duración: 1 hora, reza el pequeño rótulo negro con letras blancas que posa esta tarde en el mostrador de la boletería en el Día de San Valentín. Este espacio de dos metros, ubicado junto al pasillo con piso de mármol, parece un escenario para montar una obra con títeres. Tres faroles brillan en el techo y en la pared roja del fondo cuelga un cartel con la lista de los espectáculos de la temporada. Detrás del letrero dos jovencitas con el pelo planchado, bien maquilladas y con ropa formal verifican datos en la computadora, contestan llamadas y engrapan documentos.

“Quiero dos entradas”, dice la señora alta, delgada y rubia que acaba de plantarse frente a ellas, mientras guarda las llaves del carro en su cartera Chanel. La de atención al cliente le muestra la pantalla del ordenador, mientras le explica con amabilidad: “Lo negro es lo que está disponible”, y se refiere al croquis del teatro con los asientos numerados que aparece en el monitor.

El Teatro Luis Poma, el proyecto de Roberto Salomón, es tildado de elitista. Rubidia Contreras, directora del Teatro de Cámara Roque Dalton, hace una comparación de lo que sucede con los tipos de público en los diferentes teatros. “La gente que va al Poma es gente de carro, porque los espectáculos son a las 8 de la noche. La gente que va al (Teatro) Nacional es gente de a pie”.

Aquí, sentado en su oficina, Roberto Salomón admite que ha aprendido que la gente que viene a Metrocentro, el centro comercial, no necesariamente se interesa en asistir al Teatro Luis Poma. Y no es porque no lo hayan intentado. “Una vez hicimos una obra navideña, era gratis, y con toda la gente de compras no lográbamos que entraran a la sala”, manifiesta con cara de frustración.

La situación de esta tarde no es muy diferente. Frente a la puerta del teatro –que permanece cerrada para evitar que la gente que colma Metro cada día de pago arruine el piso de mármol– la muchedumbre sigue transitando. Unos caminan agarrados de la mano, otros avanzan apresurados con rosas y regalos. La preocupación de hoy es encontrar el regalo perfecto del Valentine’s Day.

Profesores de universidad, actores, actrices, amigos, familiares y hasta exalumnos del Bachillerato en Artes, de Roberto Salomón, son algunas de las personas que han comprado su boleto para ver “Escondites” esta noche. Como si se tratara de un círculo, Roberto parece conocerlos a todos. Todos parecen conocer a Roberto. Sentado en su oficina y con una sonrisa de emoción, termina diciendo una de sus frases favoritas: “Como dice Gertrude Stein, una autora que me encanta, un público pequeño crece, un público grande no hace nada”, y de inmediato agrega: “Funciona lo mismo con los teatros”.

Roberto Salomón está en su oficina. Está contento porque el estreno de “Escondites” del día de ayer fue un éxito, a pesar del temor que mantuvo de que no llegara gente, porque se trataba de un 14 de febrero, día en que la gente opta por ir a cenar o gastar su dinero en flores. Hoy luce un traje más relajado, lleva puesta una camisa celeste casual y un jeans. Lleva puestos los lentes sin aro que usa cuando no está leyendo en su computadora.

Abre la especie de archivo de madera de siete puertas que está en el mismo cuarto. Cualquiera pensaría que está lleno de libros o folletos de las obras que ha montado. Pero se trata de un ropero. Adentro hay una cantidad de vestidos, abrigos, estolas y trajes y más trajes. Los hay con brillo, sin brillo, afelpados o alicrados.

Muchos de ellos no han sido comprados con el dinero del teatro. “Hay gente que me llama y me dice: ‘Mire, mi madre murió y tengo muchos abrigos, faldas o vestidos de noche. Si algo le puede servir para el teatro, se los llevo’”, explica mientras muestra la ropa con entusiasmo. A Roberto esto le sigue impresionando.

Este es un país en donde la tasa de desempleo de la población económicamente activa es de 6.6%, según la EHPM 2011; en donde la mitad de la población vive en condiciones de pobreza, según FUSADES; en donde al 54% de las familias salvadoreñas no le alcanza el dinero para obtener una vivienda formal, según el BID; y en donde 36 municipios tienen altos niveles de desnutrición, según el PMA. Bajo una lógica pragmática, cualquiera piensa que el arte es lo último en lo que se invertiría un centavo. Cualquiera, pero no este hombre que termina de sacar las manos de un ropero lleno de encajes.

Roberto Salomón ha dedicado 50 años de su vida al escenario. Puede darse el lujo de decir que ha dirigido la obra que más entradas ha tenido en la historia del teatro de Ginebra, o que ha dirigido “Los cretinos”, de Roahl Dahl, 500 veces en Suiza. Pero si le preguntan que en dónde le gusta más hacer teatro, sin titubeos contesta que en El Salvador. “Hacer teatro en Europa es como cocinarle a alguien que acaba de cenar, mientras que aquí es cocinarle a alguien que tiene ganas de comer”.