Es en los cuerpos donde se termina expresando esa vaga noción de “enemigo” que es la justificación última del uso de la violencia para eliminar y herir personas.

Todo, o casi todo, se puede reconstruir después de un conflicto. Más tarde o más temprano los puentes sobre los ríos vuelven a tenderse. Los edificios se erigen. Los sistemas de distribución de energía se echan a andar. Lo que es muy difícil reconstruir son las vidas de las personas física y psicológicamente exhaustas. Combatientes militares y personas civiles, heridos, amputados de sus miembros, con sus sentidos disminuidos por la pérdida parcial o total de la vista o el oído, miran que, pasada la guerra, las cosas, mal que bien, comienzan a funcionar, menos sus propios cuerpos.

En 2007 el fotógrafo Gervasio Sánchez publicó un libro admirable: “Vidas minadas”, destinado a hacer evidentes los efectos devastadores de las minas antipersonales sembradas, y a menudo olvidadas, en los campos de batalla. Su proyecto le llevó a visitar Camboya, Angola, Mozambique, Bosnia, Nicaragua y El Salvador, para hacer estupendos retratos de personas cuyas vidas fueron despedazadas por las minas, pero que siguen viviendo con valor y coraje.

La lectura de ese libro vuelve inevitable reflexionar sobre las vidas minadas que dejó la guerra interna en El Salvador. Hace unos días alguien escribía en su muro de Facebook que los combates que tuvieron lugar en el marco de la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989, en San Salvador, habían matado la “inocencia” de millares de jóvenes urbanos nacidos en derredor a 1970.

Si esa pérdida se entiende como la entrada a una experiencia social diferente, más cruda y brutal, podríamos decir que los jóvenes campesinos se quedaron sin “inocencia” bastantes años antes, en una fecha que podría fijarse en 1974. El 29 de noviembre de ese año se produjo la matanza de campesinos en el cantón La Cayetana, en la falda del volcán Chichontepec, que marcó el inicio de la larga cadena de asesinatos masivos de civiles.

No hay una sola persona en este país que no tenga una gran historia que contar sobre aquellos años. No dudo de que la sociedad vive todavía, y vivirá por muchos años más, sus secuelas. El país entero debió someterse a una terapia post-traumática. Pero en medio de los cantos de reconciliación y el festín de la fugaz recuperación económica de posguerra, hubo muchos olvidados.

“Un pueblo nuevo se levanta de las cenizas de una guerra en la que todos fueron injustos. Los miran, desde el infinito, los que sucumbieron. Los están mirando, desde la esperanza, los que esperan”, declamaron los redactores del Acuerdo de Paz.

Los lisiados encarnan como pocos el drama de esos que esperan. Sus capacidades están mermadas. La mayoría de las veces tienen pocas posibilidades de rehabilitación. Si la mayoría de personas en El Salvador enfrentan barreras casi infranqueables desde el momento en que nacen, en el caso de los lisiados se convierte en una marginación radical. Las limitaciones que experimenta ese grupo humano, imperceptibles para quienes no tienen discapacidades visuales, motrices o auditivas, acentúan la discriminación. La pobreza se ceba sobre ellos con mayor intensidad. Son seres marcados por el fuego. Vidas minadas. Carne de cañón de las batallas electorales.

Como escribió Jon Lee Anderson, quien ha cubierto como periodista incontables guerras en todo el mundo, incluida la de El Salvador: “La indiferencia humana es uno de los legados sociales más comunes de los conflictos armados prolongados”.

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