OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos

Antónimo gradual

*Periodista salvadoreño radicado en Washington, D. C.

Reina es una de cientos de miles de salvadoreños que podrá votar por primera vez en su vida. Ella llegó a este país como indocumentada sin haber votado nunca en El Salvador. No le veía utilidad alguna a un sistema que solo se había encargado de acelerar las condiciones que la expulsaron a ella y a millones de compatriotas a una travesía peligrosa hasta Estados Unidos.

En Maryland, a Reina le picó el gusanillo de la democracia. Acá, a pesar de que no puede votar en las elecciones locales por no ser ciudadana (está amparada al TPS), es una mujer activa en su comunidad. Ha sido voluntaria en elecciones locales a favor de los candidatos que representan mejor los intereses de su comunidad.

El 2014 podría ser la primera oportunidad para Reina de ejercer su voto, a sus 35 años, con la aprobación de la ley del voto en el exterior. La primera experiencia pueda que sea, como suelen ser las primeras, difícil, incómoda, pero será inolvidable.

Es posible que la afluencia no sea la esperada, que de los 1.4 millones de salvadoreños que se sabe a ciencia cierta viven en Estados Unidos acudan unos pocos. O pueda que ocurra lo contrario, que los centros de votación no den abasto. Es difícil de predecir, pero mucho tendrá que ver con la eficiencia con la que los centros de emisión del DUI operen antes de la elección. Si lo hacen como lo hacen los consulados con los pasaportes, estaremos en serios problemas. Basta visitar cualquier consulado para darse cuenta de la evidente desmejora en los servicios de emisión de pasaportes en los años recientes.

La elección de 2014 será una primera oportunidad de por fin saber la respuesta a muchas preguntas sobre los salvadoreños en el exterior. Vote. Se dice igual en inglés y en español. Es una petición, casi un mandato al que se le vio con recelo y con ansias a partes iguales por demasiado tiempo.

Por décadas, los gobiernos de ARENA admitieron a puertas cerradas que temían un desbalance en los cálculos electorales en el entendido que, a su juicio, la mayoría de los salvadoreños en el exterior eran de tendencia ideológica de izquierda. Eso puede ser parcialmente cierto. Por lo menos el FMLN ha tenido históricamente un mejor nivel de organización en el exterior que el llamado octavo sector de ARENA, concentrado en su mayoría en algunas comunidades del sur de California.

Otra pregunta que se hacen incluso muchos salvadoreños en Estados Unidos es si ellos mismos tienen derecho a incidir en un proceso político del cual pueden estar informados, pero cuyas consecuencias no sufrirán directamente. La diáspora salvadoreña tiene unas características muy particulares. Incluso en los peores momentos de la crisis financiera en Estados Unidos, cuando el desempleo entre los inmigrantes hispanos llegó a niveles récord, las remesas hacia El Salvador registraron el menor descenso en comparación con los envíos de otros grupos hispanos, en especial de mexicanos y otros centroamericanos, según cifras de varios organismos financieros en Washington. Eso nos da una idea de la conexión que las comunidades mantienen con sus lugares de origen, en gran parte, por la responsabilidad familiar de hijos o padres dependientes de esos ingresos.

Pero claro, una cosa es mantener a sus familiares y otra es interesarse en el proceso político. De cualquier forma, el voto en el exterior abrirá también un camino para los partidos políticos que tendrán que esforzarse por mantener campañas multinacionales con un electorado todavía difuso. Los candidatos también, sin duda, apelarán a la capacidad económica de los salvadoreños en el exterior para financiar sus campañas. Es un terreno fértil que puede dar para mucho y que sin duda hará de esta campaña electoral una de las más interesantes de la historia reciente.

Pero para gente como Reina será por primera vez la oportunidad de tener voto en un juego en el que, hasta ahora, ha sido visto meramente como un factor de sustento económico.