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El Salvador

Madres a la fuerza: Las 28 mil niñas violadas por hombres adultos

En El Salvador, 9 de cada 10 niños nacidos vivos de niñas o adolescentes tienen padres adultos.  Entre 2014 y 2020, según datos oficiales, 28,591 bebés nacieron producto de esas violaciones.

Por DorisRosales , LPGDatos

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La primera vez que Irene se quedó con Juan, él le tocó las piernas mientras estaba acostada. Irene lloró. Le preguntó que qué hacía. Y lloró. Juan se apartó. Horas más tarde, cuando Irene logró, por fin, quedarse d       ormida, él la despertó. La tomó por la fuerza para desvestirla y la violó. Irene, de 14 años, de nuevo, quiso saber por qué le hacía eso. La respuesta fue que “se parecía mucho a su mamá cuando era joven”. El hombre que acababa de violarla era su padre. 

Juan dejó a Irene cuando tenía dos años para irse a trabajar a Estados Unidos. Por eso, la niña se crió con su madre y su padrastro. Pero cuando cumplió 14 años, Juan regresó y quiso compartir tiempo con ella. Le pidió entonces a la madre de la adolescente que la dejara ir a su casa, en un mesón, los fines de semana. 

Dos años más tarde, Irene, de 16 años, se enteró de que estaba embarazada como resultado de las constantes violaciones a las que fue sometida por su padre. 

En El Salvador hay miles de Irenes: niñas forzadas a ser madres por violadores adultos que las someten de forma continuada. Entre 2014 y 2020, el Ministerio de Salud (MINSAL) reportó que 56,745 niños nacieron de madres que aún no cumplían los 18 años.

La cantidad de niños que nacieron de víctimas de violación o de madres a la fuerza es el equivalente a la población total del municipio de San Vicente, uno de los más poblados en la zona paracentral de El Salvador.  

Del total de hijos nacidos producto de una violación, 28,591 tienen como padres a hombres mayores de edad. Dicho de otra manera: En El Salvador, 9 de cada 10 niños nacidos vivos de niñas y adolescentes tienen como padre a un hombre adulto.

De todos estos casos, el Estado registra que más de 22 mil niños nacieron de madres de 17 años o menos que vivían acompañadas de su agresor al momento de recoger los datos. El MINSAL también registra que 3,543 son hijos de hombres menores de edad. En los restantes  24,611 nacimientos registrados en ese periodo, el Estado  no cuenta con  la edad del padre.  

Luego de la primera violación, Irene sintió “cólera”. Y, días después, decidió contarle a su padrastro lo ocurrido. El día que buscó consuelo, su padrastro también la abusó, luego de asegurarle que quería mantener “una relación de pareja” con ella. Y, cuando la madre de Irene se dio cuenta de que su hija y su pareja habían tenido “relaciones”, la echó de la casa. Entonces, Irene, una adolescente sin recursos económicos, tuvo que buscar refugio en la casa de su padre biológico. En la casa de su primer agresor. 

Allí, Juan dejó clara una cosa: que no la quería como hija. Él la quería “como mujer”. Sin lugar a donde ir, Irene se quedó. Así, Juan la violó durante dos años. Dos años en los que la drogó y maltrató para que ella no se resistiera a los abusos. Y así, Irene se convirtió en madre a los 17 años.

Cuando Juan se enteró del embarazo de Irene, se enojó y la corrió de la casa. Por segunda vez, ella se vio sin un techo. Juan negó, además, ser el padre de la niña que ella esperaba. Le dijo que no era suya porque sabía que Irene tenía un novio que, como ella, era menor de edad. Pero una prueba de ADN confirmó que la bebé era su hija.

Según información del Sistema Nacional de Datos, Estadísticas e Información de Violencia contra las Mujeres, 5,052 casos de violencia sexual fueron denunciados en 2020. “El 61.9% de las víctimas que denunciaron hechos de violencia sexual tipificados en el Código Penal tenía entre 14 y 19 años”, consigna el informe anual de este Sistema. Además, en ese año, el 57.4% de delitos contra la libertad sexual se cometieron en el domicilio de las víctimas. Así, como en el caso de Irene. 

El Código Penal de El Salvador es claro: está prohibido tener relaciones sexuales con niñas. Es un delito. En el caso de violación la pena es de 14 a 20 años de prisión, la agresión sexual tiene de 8 a 12 años, el estupro (relaciones con adolescentes de entre 15 y  menores de 18 años) de 4 a 12 años y el acoso sexual de 4 a 8 años.

De esas 5,052 denuncias recibidas, solo 1,153 fueron judicializadas. Además, la Encuesta de Violencia Sexual contra Mujeres —analizada por la Organización de Mujeres por la Paz (Omusa)— muestra que en El Salvador el 94% de las mujeres mayores de 15 años que han sufrido violencia no busca ayuda o no la denuncia. Las razones: no les parece grave o importante o no confían en las autoridades. 

Este texto va sobre los casos de niñas que han parido a hijos engendrados por hombres mayores de edad. Niñas que, como Irene, han sido víctimas de abuso sexual —en muchos casos continuado— perpetrado por personas cercanas. Las historias que cuenta este reportaje han sido retomadas de sentencias judiciales.

El documento que contiene el caso de Irene revela que una prueba psicológica la muestra como una joven con “indicadores emocionales desestabilizados”: presenta inseguridad, nerviosismo, tensión, ansiedad, miedo y síntomas depresivos. Todas estas, señales de quien ha vivido un trauma, explicó la psicóloga que le hizo el diagnóstico.  

Juan también contagió a Irene de VIH. 

El “profe” como agresor
 

Stefany estudiaba octavo grado en una escuela cristiana de Rosario de Mora cuando Luis, su profesor de inglés y educación física, comenzó a acosarla. Stefany le contó a su madre que Luis la “pretendía”. Le prometía que “la iba a pasar a noveno grado” y que “nunca iba a tener problemas con las notas de las materias que él impartía”. Con esas promesas “logró engañarla”. Y, entonces, Stefany, de 15 años, comenzó a salir con su profesor: un hombre diez años mayor que ella. La adolescente relató a las autoridades que eran “novios”. 

Las especialistas consultadas para este reportaje agregan una razón más para explicar el bajo porcentaje de denuncias de violencia contra mujeres menores de edad: muchas violaciones y agresiones sexuales se dan en el marco de una “relación sentimental” que un adulto, aprovechándose de una situación de vulnerabilidad, entabla con una niña. Es decir, en el marco de un delito oculto o naturalizado. 

Luis llegaba a buscar a Stefany en su carro. Lo hacía a escondidas. Y la llevaba de la casa sin autorización de su mamá. Meses después de que comenzaron la relación, la adolescente comenzó a sentirse mal. Su madre, que imaginó lo que pasaba, la llevó a hacerse una prueba de embarazo. Salió positiva. 

La cultura de la violación, señala Silvia Juárez, coordinadora del Programa hacia una vida libre de violencia para las mujeres de Ormusa, se instala sobre cuerpos “vulnerables o vulnerabilizables”. La edad, explica, es una de las determinantes para que un hombre someta a una mujer a violencia sexual. Y, ante esto, se pregunta “¿Cómo puede un hombre sentir placer con enfrentar la sexualidad y la maternidad de una niña, de cuerpos todavía infantiles?”.

En El Salvador, el matrimonio con menores de edad está prohibido desde 2017. Esto, sin embargo, no ha logrado impedir las uniones tempranas, que suelen quedar fuera del radar de las autoridades. 

Además, prohibir los matrimonios infantiles, sin que esta decisión esté acompañada de otras medidas urgentes para erradicar las uniones tempranas, solo significó dejar a las niñas en situaciones de más desprotección. La antropóloga Mariana Moisa lo explica así: “La ley prohíbe el matrimonio, pero hay una lectura poco profunda que no consideró aspectos culturales. Esta prohibición no significa que eso va a dejar de suceder. Sucede de otras formas. Porque para muchas familias, por ejemplo, que sus hijas violadas y embarazadas se casen es una manera de enmendar la violencia. No digo que eso esté bien, pero son situaciones a las que hay que dar lecturas más amplias”.

Juárez explica, además, que hay condiciones menos favorables o de sometimiento económico que llevan a las niñas y adolescentes a uniones tempranas. Y esto, señala, es una forma de castigar la pobreza. “Porque se considera que un hombre puede ayudar a sacar de esa situación a una niña — le promete estudio o al menos que la va a mantener— pero eso, en realidad, significa aumentar una generación más de empobrecimiento”. Esto, señala, porque con las uniones tempranas vienen los embarazos impuestos, los riesgos de mortalidad materna, suicidios adolescentes y la violencia permanente de la pareja. 

Y Moisa agrega que, para muchas niñas que viven violencia en sus hogares, “acompañarse” a temprana edad representa una estrategia para escapar de esos entornos. El problema, señala, es que solo cambian de escenario. “Porque al estar tan vulnerables es muy fácil que caigan en relaciones violentas. En ciclos en los que ya se ha visto que se puede llegar hasta el suicidio feminicida, que es una de las expresiones más extremas de la violencia”, indica. 

La madre de Stefany encaró a Luis después de darse cuenta del embarazo de su hija. El profesor, luego de aceptar que había tenido relaciones sexuales con la adolescente, volvió a hacer promesas: que sí, que iba a hacerse cargo de “la situación”, que iba a asumir los gastos, que Stefany no tenía que preocuparse más por el año escolar. 

“Esta práctica no se identifica como discriminatoria o como una violación sistemática a sus derechos humanos y a su dignidad. Por el contrario, lo que se hace es considerar que el hecho de que un hombre que ha ejercido violencia sexual contra una niña se ‘haga cargo’ de ella representa una buena actitud”, señala Juárez.

Abigail Rivera, psicóloga especializada en niñez que ha sufrido violencia, explica que en la adolescencia todavía no hay claridad de lo que es romántico/afectivo. “Porque todavía no termina de desarrollarse lo que está vinculado con la toma de decisiones para, por ejemplo, iniciar una relación”. Entonces, agrega, estas relaciones, más que en el marco de un vínculo afectivo, se dan en el marco del poder, “porque están basadas, usualmente, en la propiedad”.  

A Stefany la directora de la escuela le dijo que ya no podía volver. Que si quería seguir estudiando, podía hacerlo pero a distancia. Que era “un mal ejemplo para la institución”.

“Ya no aguanto más”
 

Marta recuerda que su madre discutía con José, su padre, porque sus hermanas decían que “él las intentaba tocar”. Cuando Marta cumplió 10 años, su madre murió. Y ella y una de sus tres hermanas se quedaron bajo el cuidado de José, un hombre que se drogaba. Así, vivieron con él por unos meses, hasta que la mayor se las llevó a vivir con ella. 

Pero cuando Marta cumplió 12 años, su hermana ya no pudo cuidarla. Entonces, la niña regresó al “resguardo” de José, quien había aumentado su dependencia por las drogas. Los primeros tres meses, Marta vivió en casa de la abuela. Durante ese tiempo, José se comportó “como un padre”. Y luego, alquiló un lugar propio para llevarse a su hija: una vivienda de ladrillos pintados de verde pálido y techo de lámina, rodeada por un cerco metálico de alambres de púas con trozos de madera. Un lugar que solo tenía un cuarto y cama. Desde ese día el padre comenzó a violar a su hija a diario. Su padre, un hombre de 39 años. 

Dos años más tarde, Marta se enteró de que estaba embarazada y lloró. José, ante la noticia, no supo decir más que “tiene que nacer el niño”. Y luego obligó a Marta a decir, a quien le preguntara, que el bebé que esperaba era de un vecino que la pretendía. Si no obedecía, su padre le pegaba. 

Los datos del MINSAL revelan, además, que la diferencia de edad promedio entre los padres y las madres (menores de edad) de los nacidos vivos entre 2014 y 2020 es de 7 años. Hay casos extremos: un hombre de 70 años que tuvo un hijo con una menor de 15. O el de una joven de 17 años que parió al hijo de un hombre de 67.  

Marta, de 14 años, quedó embarazada de su padre, un hombre 27 años mayor que ella. Entre 2014 y 2020, el MINSAL reporta que 3,553 niños nacieron de adolescentes de la edad de Marta. 

Las relaciones abusivas de hombres mayores de edad con niñas y adolescentes, señala la antropóloga Mariana Moisa, tienen que ver con que los cuerpos de las niñas son considerados mercancía. “En ocasiones, sus cuerpos pueden significar incluso supervivencia para sus familias. Hemos visto casos en los que la violencia sexual es permitida por la madre de las jóvenes. Porque la utilizan como moneda de cambio para asegurar la subsistencia de sus hijos y de ella misma.

Esta relación siempre se basa en una relación de poder. En este caso, de poder económico”, agrega. 

Marta pensó que por su embarazo, de alguna forma, podría significarle un descanso. Pensó que José iba a dejar de violarla. Pero no fue así. 

El simple hecho de quedar embarazadas, señala la psicóloga Abigail Rivera, representa un impacto emocional para las niñas y adolescentes. Porque, contrario a lo que se enseña, “no hay un instinto maternal que aparece al quedar embarazadas”. Y, con la crianza, puede llegar la depresión. Pues, como explica la experta, “disminuye el contacto con las redes de apoyo. Sus amigas ya no están cerca y, a veces, también quedan aisladas de su familia de origen”. Marta estuvo sola durante su embarazo. Y también cuando nació su hijo. Cuando le llegó el momento de parir, José la amenazó para que no dijera que el bebé era de él. La obligó, además, a decir para el registro que era “madre soltera”. 

“(Me siento) mal, horrible por todo lo que he aguantado. Yo no he podido ser feliz. Siento tristeza. No es fácil con el niño, me cuesta porque es inquieto. Dicen que por tener la misma sangre”, cuenta. 

Cuando Marta se negaba a tener sexo con José, él la amenazaba. Le decía que si no accedía, iba a quitarle al niño. Eso también le valió de amenaza cuando Marta conoció a un joven del que se enamoró. Para entonces su hijo ya había cumplido un año. Entonces ella decidió huir de su agresor y acompañarse con ese muchacho. Pero José la encontró y le dijo que iba a llevársela “por las buenas o por las malas”. Y ella, por miedo a que le hiciera daño a su bebé, volvió a vivir con él. 

En 2020, el Fondo de Población de las Naciones Unidas publicó el Mapa de embarazos en El Salvador, un informe que recopiló con datos oficiales el número de reconocimientos de violencia sexual llevados a cabo entre 2015 y 2020 en niñas y adolescentes de 10 a 19 años. La conclusión es grave para un país con altas tasas de impunidad: el 68% de casos respondía a delitos de violación y estupro. “Muchos casos de violencia sexual, de hecho la mayoría de ellos, quedan invisibles y silenciados, pero con estas cifras y teniendo en cuenta la población proyectada a nivel nacional de 10 a 19 años, puede decirse que 1 de cada 44 niñas y adolescentes salvadoreñas en este grupo de edad sufre violencia sexual”, indica el informe.  

José se casó. Y Marta buscó, por un tiempo, refugió en casa de una tía. Luego, se acompañó. Pero José, al enterarse, volvió a acosarla. Iba a su casa a gritarle. A amenazarla. A decirle que él tenía derecho a ver al niño. Y, de nuevo, la violó. Marta, para entonces, había cumplido 18 años. José, 45. “Yo lloraba  todos  los  días.... y  ya  no  aguanté más. Le conté al muchacho (a su pareja) y lo vine a denunciar. Lo detuvieron”, cuenta Marta. 

*Para este reportaje se buscó al Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia, al Instituto Salvadoreño Para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia, a la Fiscalía General de la República, al Ministerio de Salud, a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y la Procuraduría General de la República. Ninguna de estas instituciones brindó entrevistas. 

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  • abusos
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