Cuando hay tantas necesidades y carencias por resolver, lo que se impone es activar en conjunto estrategias realmente funcionales
Opinión

Cuando hay tantas necesidades y carencias por resolver, lo que se impone es activar en conjunto estrategias realmente funcionales

Uno de los puntos más sensibles al respecto es el que se refiere al financiamiento de los programas institucionales, que se ha vuelto un quebradero de cabeza interminable.

El Salvador ha sido desde siempre una sociedad en la que tanto las necesidades como las carencias más elementales han estado en primera línea del acontecer nacional, como cuestionamientos sin resolver. Si bien en el curso del devenir histórico desde que nuestro país surgió a la vida independiente hace ya casi dos centurias se han puesto en práctica múltiples iniciativas de progreso, lo cierto es que a lo largo de todo ese tiempo nunca se ha producido una conjunción coordinada de esfuerzos que posibilitara e impulsara los saltos de calidad que un verdadero progreso necesita para afirmarse como tal. Vamos ya avanzando en el segundo milenio, con buena cantidad de años desde que se instaló la dinámica democratizadora en nuestro suelo, y la presencia de un plan de desarrollo que sea verdaderamente nacional aún no ve venir por ningún lado, manteniendo a la ciudadanía en constante frustración.

Al escuchar analíticamente lo que se está diciendo en la campaña presidencial con miras a ganar las simpatías ciudadanas en función de lo que va a decidirse en las urnas, la sensación que queda es que hay infinidad de ofertas menudas, sin que se puedan identificar los lazos de unión funcional entre todo lo que se ofrece. Queremos insistir en este punto porque el país y su realidad están necesitando, cada día con más urgencia, de planteamientos que no sólo tengan la insoslayable integralidad que es parte viva del buen enfoque y del buen avance sino también las líneas de acción que hagan posibles los resultados propuestos.

Todo esto va conectado con la sostenibilidad de la programación pública, que con tanta frecuencia parece quedar en el aire precisamente por no contar con los sostenes que provee una planificación consistente y eficaz en todos los sentidos. Uno de los puntos más sensibles al respecto es el que se refiere al financiamiento de los programas institucionales, que se ha vuelto un quebradero de cabeza interminable. En este aspecto tan decisivo se juntan, casi siempre en forma traumática y traumatizante, cuestiones como la tendencia irreflexiva al endeudamiento y la falta de un crecimiento económico que responda a las necesidades reales del país y de su gente. Dejar asuntos como estos a la deriva nos ha llevado a carecer endémicamente de los mecanismos ordenadores que garantizan el progreso.

Los liderazgos nacionales se siguen resistiendo a asumir el rol que naturalmente les toca cumplir dentro de la dinámica democrática, que es por esencia cambiante y alternante, y así permanecen inmersos en una conflictividad que se aleja cada vez más de lo que es la realidad nacional en movimiento. Cuando se habla –y se hace con frecuencia pero de manera inconsistente– de alcanzar pactos de nación en cuestiones vitales, siempre se deja de lado el punto vital, que es desatar los artificiosos nudos gordianos que impiden el avance con naturalidad y sostenibilidad.

En el ejercicio democrático siempre hay divergencias de posición, intereses diferenciados sobre la forma de enfocar y de tratar los temas nacionales y diseños programáticos que responden a distintas líneas de pensamiento; y la sabiduría estratégica es el instrumento idóneo para hacer encajar todas esas piezas en función de la tarea común, que es en síntesis resolver necesidades y superar carencias con la mira puesta en el bien común. Hagámonos cargo, entonces, de que hay un factor que debe ser atendido de entrada: la funcionalidad de todo lo que se hace.

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