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Opinión

En los tiempos más críticos hay que hacer prevalecer con mayor empeño las políticas más inteligentes

Los liderazgos gubernamentales son los que más fácilmente se contaminan de simplismo ejecutivo, y la primera razón de ello es que tienden a quedarse encerrados en los recintos de sus correspondientes períodos de gestión.

Al decir "tiempos críticos" en verdad estamos caracterizando lo que ha sido y en gran medida continúa siendo nuestro desenvolvimiento en el curso del tiempo. En el ambiente nacional, lo que ha prevalecido, de distintas maneras y por diferentes causas, es el riesgo constante de no saber lo que va a pasar mañana, lo cual trae como consecuencia que las negatividades tengan más capacidad de imponerse, a costa de las expectativas de mejoramiento continuo. Desde luego, la época actual es, por su propia naturaleza evolutiva, un vivero de inseguridades que mantienen en vilo al mapa global. El Salvador no puede ni podría escapar de tal situación, tan propia de los tiempos, y eso nos conecta directamente con el fenómeno que va ganando preeminencia en el mundo de nuestros días.

Nuestro país es un muestrario de insuficiencias en casi todos los ámbitos de la vida nacional, y de seguro la principal de dichas insuficiencias es la que se centra en la falta de un enfoque político que visibilice los problemas como son y así desde tal perspectiva se haga factible implementar medidas que vayan en ruta hacia las soluciones que efectivamente se adecúen a lo que la sociedad y su proceso necesitan. Esto, como ya está visto en la dinámica sucesiva de los hechos, no es cuestión de ideologías, porque independientemente de quiénes estén al frente de la conducción nacional, los mismos vacíos se mantienen.

En las precisas circunstancias actuales, lo que menos debería hacerse valer es la improvisación en cualquiera de las áreas del manejo público, porque improvisar no sólo es la más errónea forma de administrar lo que se tiene sino el peor vehículo para dirigirse hacia adelante. Los liderazgos gubernamentales son los que más fácilmente se contaminan de simplismo ejecutivo, y la primera razón de ello es que tienden a quedarse encerrados en los recintos de sus correspondientes períodos de gestión. Habría que recordar a cada paso que la conducción nacional es una dinámica permanente, y no el patrimonio exclusivo de quienes en un determinado momento están al frente de dicha conducción, porque los responsables de ésta se van turnando conforme a la voluntad ciudadana expresada en las urnas, y por consiguiente, la responsabilidad siempre es compartida por los que están en el gobierno y en la oposición en los períodos sucesivos.

Habría, pues, que asegurar de manera efectiva un flujo de políticas inteligentes, tanto en los niveles gubernamentales como los espacios que les corresponden a las fuerzas de oposición. La misión es en realidad confluyente, no excluyente, cualesquiera fueren las circunstancias del respectivo momento. Y por eso los que están en un campo o en el otro tienen el deber elemental de servir al objetivo común de modo responsable. Y cuando las condiciones son tan desafiantes y apremiantes como las que hoy enfrentamos los salvadoreños la necesidad de tratamientos concertados se hace todavía más urgente y determinante.

Esas políticas inteligentes a las que hacemos referencia con especial énfasis deben ir acompañadas por un sostén de voluntades que les den capacidad de realización tal como se requiere. Por encima de las turbulencias ideológicas tiene que estar el realismo razonable. Desafortunadamente eso es lo que más falta hace, aquí y en todas partes. Estamos en penuria de razonabilidad, y hay que empezar a activarla a cualquier costo.

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