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Opinión

Las elecciones que se avecinan son un examen sobre lo que puede venir en el futuro inmediato para el país y para su gente

Fenómenos tan amenazantes como el populismo, de cualquier signo que sea, deben ser cuidadosamente evitados, porque está comprobado hasta la saciedad que esos cantos de sirena siempre son repuntes fugaces que dejan nefastas consecuencias permanentes.

Deberíamos estar ya debidamente enterados, porque la experiencia histórica así lo posibilita y exige, de que un proceso como el que los salvadoreños hemos ido moviendo en el terreno desde hace ya varias décadas es la mejor fuente para entender y reconocer lo propio, desde sus mismas entrañas. A estas alturas, lo que tenemos enfrente es la prueba política más desafiante de todas las que hemos experimentado los salvadoreños en el pasado próximo, y no porque el sistema imperante esté como tal en crisis, sino porque los desafíos del cambio que se incuba en el ánimo ciudadano ponen la competencia en un plano donde los viejos métodos ya dieron de sí casi en todos sus aspectos.

En estos momentos, lo que más se está haciendo sentir en el ambiente es la inquietud por el hecho de que los sujetos políticos tradicionales ya no son los únicos que se hallan en competencia, lo cual constituye una novedad que se presenta por primera vez en este tipo de contiendas. La interrogación que circula por todas partes está cargada de ansiedades: ¿Sobre qué bases hay que tomar las decisiones fundamentales en esta precisa coyuntura, para garantizar que el proceso avance y para evitar que haya cualquier tipo de retroceso?

Cuando se dan movimientos de cambio como los que ahora mismo se hallan en movimiento, lo aconsejable y lo pertinente es abrir los espacios del juicio analítico para poder entender en su totalidad lo que está ocurriendo y lo que puede venir de resultas de lo que ocurre, para así poder medir todas las consecuencias posibles de lo que se decida en lo referente a la conducción y a la implementación del proceso nacional. No se puede detener la dinámica evolutiva, y desde luego lo conducente es irla orientando en la dirección correcta, con base en juicios de realidad y de valor que no estén atados a caprichos o a prejuicios, sino que se hallen comprometidos con la buena marcha del país en todos los órdenes.

Electoralmente hablando, la ciudadanía debe posesionarse de su responsabilidad al decidir en las urnas, porque de eso depende en gran medida que el país avance, se estanque o retroceda. Y habría que tener claros los factores de avance, las causas de estancamiento y las condiciones de retroceso. Fenómenos tan amenazantes como el populismo, de cualquier signo que sea, deben ser cuidadosamente evitados, porque está comprobado hasta la saciedad que esos cantos de sirena siempre son repuntes fugaces que dejan nefastas consecuencias permanentes. Hay que tener bien enfocados a los que se montan en la frustración ciudadana para impulsar cualquier tipo de renovación artificiosa, ya que por ahí se va hacia los trastornos más depredadores.

Hay muchas convulsiones presentes en el escenario nacional, y eso exige que el imperio de la razón se haga más vigente que nunca. Esta es una era en que la evolución, como todo, está en tránsito acelerado hacia las realidades del futuro, y a ese dinamismo se le tiene que prestar toda la atención debida, para no perder el paso ni mucho menos el rumbo. Justamente el tema del rumbo, que es tan cuestionado en el país, tendría que ganar protagonismo en la discusión política y en el debate socioeconómico.

Todos los salvadoreños tenemos que hacernos partícipes de los desafíos del momento, para ordenarnos en función de los mejores intereses de la nación.

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