David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
Opinión

No hay que permitir que nuestro proceso de democratización quede a merced de las ansiedades y de las incertidumbres

Lo vemos a diario sobre todo en el desenvolvimiento de la política, cuyos agentes principales, en gran mayoría, carecen hasta de la mínima contención a la hora de reaccionar cuando se dan diferencias de cualquier tipo.

Y cuando volvemos a ese concepto –acuerdo de nación– parecen aglomerarse en torno muchas palabras sueltas, que han estado ahí sin ningún propósito realista que les dé la concreción que se necesita. Y es que lo que en primer lugar habría que tener en cuenta al enfocar la realidad en que estamos inmersos es la verdadera naturaleza de la democracia, que es la interacción permanente. Si bien venimos democratizándonos porque ya no hay otra opción funcional disponible, resulta claro, sin requerir más comprobación, que se ha mecanizado el fenómeno por obra de las resistencias interesadas a asumirlo como tal. No es de extrañar, entonces, que nuestra democracia padezca quebrantos constantes, que no la inmovilizan pero sí le impiden caminar con la soltura y con la gracia que sería de esperar.

Al haber dicho lo anterior parece haber más posibilidad de entender dónde se cultivan las ansiedades y dónde se cosechan las incertidumbres. Tiene que ser ahí: en el nudo de falencias que nos acechan a cada paso por seguirnos negando a cumplir con las tareas que, como sociedad y como individuos integrantes de la misma, nos corresponden. Pero aquí hay una especie de círculo vicioso: las resistencias provocan y producen distorsiones, y las distorsiones hacen germinar las resistencias. Salir de dicho círculo implica reordenar los esquemas perceptivos y realinear las energías conductoras; en otras palabras, que todos asumamos el desafío de reconocernos como partícipes insustituibles del mismo destino nacional.

El problema que está detrás de todo esto es la falta de disciplina en el comportamiento, que se conecta con el abuso incontrolado de la retórica ofensiva. Lo vemos a diario sobre todo en el desenvolvimiento de la política, cuyos agentes principales, en gran mayoría, carecen hasta de la mínima contención a la hora de reaccionar cuando se dan diferencias de cualquier tipo. A esto habrá que darle algún tratamiento correctivo si no queremos que la dictadura de las palabras les gane ventaja irreversible a los fueros de la razón. Y no es una cuestión de segundo orden, porque de ahí provienen gran cantidad de choques que van dejando huellas muy nocivas para el proceso.

Los salvadoreños necesitamos y merecemos que la dinámica nacional en la que vivimos inmersos deje de ser un cúmulo de inseguridades y pase a convertirse en un convivio de oportunidades. Las condiciones históricas están dadas para ello, pero lo que no ha dejado de fallar al respecto es la actitud irresponsable y descuidada frente a las exigencias que la realidad nos va presentando de manera insistente. Eso es lo que hay que cambiar de modo convincente en el plano de los hechos; y en tanto no se haga, el presente y el futuro seguirán a merced de lo imprevisible.

Sólo es cosa de ponerles la debida atención a las señales que la evolución nos pone enfrente a cada paso. Con sólo eso basta para entrar en la ruta que se nos ha abierto históricamente desde que pasamos a esta etapa del devenir nacional luego de cerrar el capítulo de la guerra. ¿Qué más necesitamos para entenderlo y para asumir a plenitud el desafío restaurador? Hagámonos esa pregunta y dispongámonos a responderla sin evasivas.

Sigue navegando