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Es mi esposo, pero no mi pareja

Al principio de la vida en pareja todo es lindo y todo parece color de rosa, pero conforme pasan los meses, o inclusive los años, las cosas que eran especiales pierden su brillo.
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Es mi esposo, pero 
no mi pareja

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Es mi esposo, pero no mi pareja

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Con hijos o sin hijos, la relación cambia y una mañana despiertas y te das cuenta de que el aburrimiento, la monotonía y el hartazgo llegaron y se instalaron en tu hogar sin intenciones de irse.
Hay enojos por cualquier cosa o peor, ni eso, porque ya casi no se dirigen la palabra; no hay conversaciones, y se convierten solo en un par de desconocidos que viven juntos. Es un momento sumamente triste que a esto se reduzca el matrimonio de una pareja que se casó llena de esperanzas, ilusiones y amor.
¿Qué pasó
contigo?
Cuando hay problemas, por lo regular, ves el error en el otro y muy pocas veces reconoces que puedes ser la primera generadora de esos problemas y condiciones de vida.
El aburrimiento nace en tu interior y lo contagias. Cuando una persona deja de tener metas, proyectos, vida propia y se limita a depender de su pareja, pronto se sentirá decepcionada porque espera que sea el otro quien la haga feliz y no busca generar su propia felicidad.
Revisa qué pasó contigo, qué pasó con tus planes, ¿los dejaste olvidados? Pero no olvides a tu pareja: ¿te llenaste de tantos planes y proyectos personales que terminaste haciéndola a un lado?

Las prioridades
 del matrimonio
Muchas parejas inician su vida en común sin nada material, pero llenos de amor. Comienzan a esforzarse, a trabajar y unidos van logrando sus metas. El problema inicia cuando esa hermosa pareja pierde de vista sus prioridades y comienza a trabajar y trabajar por cuestiones materiales dejando a un lado el tiempo juntos, servirse, seguir conquistándose o salir a divertirse.

Cuando tu prioridad deja de ser tu esposo –y tus hijos, si tienen– todo lo demás pierde sentido y solo es cuestión de tiempo para que se derrumbe la pareja.

Una nueva oportunidad
Una vez que reconoces que la situación que vives no es normal, que esta no te hace feliz y que tú misma has colaborado para que se dé, invita a tu pareja a hablar. Hay que sincesarse y hacerle frente a la situación. Nunca es fácil ni agradable. Las primeras pláticas son duras y agotadoras, pero son muy importantes.

Callar solo hace más grande el problema
Shakespeare lo dijo: “...el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe”. Si nunca hablan de lo que les molesta, de lo que daña su corazón, pero exigen atención, poco a poco se irá acabando el deseo de mejorar la situación hasta que todo entre ustedes acabé.
En este punto el divorcio no es la solución para ninguno de los dos; inclusive para divorciarse hay que perdonar y buscar ser perdonado. Separarse porque “el matrimonio no es lo que pensabas”, no soluciona de fondo las cosas que dejas de hacer. Puedes cambiar de pareja y siempre pensar que su matrimonio no funciona o creer que el problema viaja contigo: pensar que nunca podrás ser feliz con nadie.
Hablar e intentarlo sinceramente juntos, una vez más, siempre valdrá la pena
Lo que más duele no es la pérdida del matrimonio. Lo que más duele es que tu relación nunca haya sido, evidentemente, de esas por las que vale la pena alzar la voz, de esas por las que vale la pena decir lo que se siente y se piensa para buscar una solución, de esas que no dejan que el silencio o la cobardía terminen con el amor que un día los unió.

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