Los últimos rehenes de la guerra

Para ellos, el conflicto armado nunca terminó. Son hombres que todavía escuchan las balas, huelen la pólvora y reviven los bombardeos. Son personas que viven con el trastorno de estrés postraumático por la guerra civil. El Salvador firmó la paz hace 20 años, pero nunca habló de las pesadillas que causó la guerra. ¿Qué pasa cuando olvidar deja de ser una opción?
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Ojos cafés. Los ojos de Andrés Bonilla son cafés y parecen enfocar un lugar distante. Adormitados. Como si hace unos minutos, Andrés hubiera despertado de un coma profundo que lo paralizó por años y años. Pero no ha sido así. Andrés solo descansaba en la hamaca que cruza la sala de su casa en el pueblo de Arcatao, Chalatenango; después se incorporó, saludó con un tibio apretón de manos, y ahora está sentado en una silla de madera. Está frente a la huerta de su patio con su mirada perdida, con sus ojos cafés, con su silencio.

Un gato gris se despereza frente a nosotros. Andrés tiene un bigote de escoba como actor de cine mudo. Es moreno, despeinado y dice que él sembró las matas que mira distraído. Andrés asegura, en voz baja, que es agricultor desde que terminó la guerra en 1992, desde que dejó de ser un combatiente. Ya son 20 años en los que Andrés siembra en estas montañas donde antes se libró de la guerra, donde ha envejecido junto a su esposa, y donde su salud mental se ha vuelto cada vez más frágil. Un día de estos años de la posguerra, Andrés vino a esta casa con un racimo de flores que él dijo eran para una novia. Pero tiempo después, la esposa de Andrés supo que su marido se había pasado todo ese día sacando flores de las tumbas del cementerio de Arcatao.

-—Hace poco estuve internado en el hospital psiquiátrico... -–dice Andrés con su voz apagada.

-¿Y por qué lo llevaron al hospital?

-Pues... porque me estaba enloqueciendo...


***

Hace una semana, una joven psicóloga llamada Verónica Molina me dijo que fuera hasta Arcatao. Le pregunté sobre los casos de personas que sufren del trastorno de estrés postraumático por la guerra civil, y ella respondió: "“Vaya a Arcatao y busque a Cruz Gabarrete"”. Así que voy de camino al pueblo fantasma que se repobló a finales de la guerra civil. Pero esta luminosa mañana parece que el camino hacía Arcatao ha desaparecido. A las afueras de la laberíntica ciudad de Chalatenango, –en el boquete donde se construye la carretera Longitudinal del Norte,– no hay ninguna señal de tránsito que indique la dirección hasta el pueblo fronterizo.

A esta hora, las máquinas avanzan ruidosas en esta esquina del norte del país. Avanzan y rugen mientras los grandes taladros parten las montañas por mitad y abren el espacio para construir la lengua de asfalto de la Longitudinal. El vehículo se detiene y le pregunto a un trabajador a la orilla de la calzada sobre el desvío a Arcatao. “"El camino está escondido a la izquierda de la calle, atrás de unos palos"”, responde el obrero señalando el lugar.

El sendero de la carretera Longitudinal sigue hasta encontrar los árboles que tapan el desvío al pueblo. Mientras el vehículo avanza por el camino, recuerdo lo que dijo la psicóloga sobre los supuestos casos de trastornos por la guerra civil en Arcatao. Casos como el de Hermenegildo Guardado, quien hace un par de años –más de una década después de finalizado el conflicto– dejó su casa en el pueblo y volvió a la montaña para armar un campamento. Hermenegildo se puso sus botas, mochila en la espalda, caramayola al hombro y se pensó listo para pelear contra enemigos que solo existían en su mente. El hombre no andaba fusil y solo bajaba al pueblo para abastecerse de comida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que, después de conflictos armados, el 20% de personas que viven experiencias traumáticas desarrolla problemas de salud mental, depresión y comportamientos erráticos.

De la guerra civil salvadoreña (1980-1992) –periodo en el que alrededor de 75,000 civiles fueron asesinados y hubo enfrentamientos en casi todo el país–, es difícil determinar cuántas personas heredaron algún trastorno de estrés postraumático. El Estado nunca tuvo un proyecto de atención psicológica especializado para atender a las víctimas del conflicto, ni siquiera tiene ahora información sobre el número de personas que sufren trastornos. El psiquiatra Carlos Escalante –jefe del programa nacional de salud mental del Ministerio de Salud– dirá que, a 20 años de finalizado el conflicto, todavía se esperan los fondos para hacer una investigación y conocer cuántas son las personas con traumas por la guerra civil. El programa nacional de salud mental funcionó por 11 años solo con un psiquiatra y una enfermera. Ahora el programa lo integran siete personas. “"Lo primero es hacer un inventario de los problemas psíquicos que pueden tener las víctimas del conflicto armado, pero se sabe que los traumas de guerra son más graves que los originados por cualquier catástrofe natural, porque la guerra es más prolongada e intensa"”, dirá Escalante, unos días después del recorrido por las montañas de Chalatenango.

La estrecha calle a Arcatao es un sube y baja por verdes montañas: subir hasta el ínfimo poblado de San José Las Flores y bajar hasta el estrecho puente sobre el río Sumpul, que es un torrente de agua turbia en esta época del año. Después, el camino sigue por unos 40 minutos, y el pequeño pueblo de Arcatao aparece, vaporoso, entre las montañas al final del trayecto, como si este puñado de casas fuera solo un espejismo.

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No hay muchas calles donde perderse en Arcatao. Busco a Cruz con las referencias que me dio la psicóloga. “Vive cerca del parque de la colonia Jesús Rojas”, me dijo hace una semana. El parque es un espacio que luce desierto y tiene unas bancas oxidadas, faroles sin bombillos y unos árboles con ramas recién podadas. Me siento en una de las bancas del parque y marco el número de teléfono del señor Cruz que la psicóloga me dio. Al otro lado del auricular, una voz ronca responde.

-—Sí, Verónica me comentó todo, ahorita bajo al parque- –dice Cruz antes de cortar la llamada.

A los pocos minutos, un hombre chaparro camina hacia donde estoy sentado. El hombre renquea, suda, sonríe, saluda. “"Mucho gusto, Verónica me pidió que los guiara por aquí”", dice. Cruz es un joven veterano de guerra. Se unió a las filas de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) siendo un niño de 14 años, así que ahora recién cumplió los 41. La pierna derecha de Cruz está cortada arriba de la rodilla desde que una granada explotó cerca de él durante un combate a fuego cruzado con el ejército.

Mientras comenzamos a caminar a paso lento por la calle, Cruz Gabarrete me cuenta de hombres y mujeres que parecen sufrir trastorno de estrés postraumático por la guerra. Son personas que se sobresaltan por cualquier ruido, que tienen reacciones violentas, que se deprimen. Y hay casos más graves como el de Fabio Pineda, quien grita despavorido “¡mamá, los aviones me van a matar!” Interrumpe así su sueño de casi todas las noches. La mamá de Fabio, y el resto de su familia, murieron en medio de la guerra civil hace más de 25 años.

Fabio Pineda es un hombre dueño de unos ojos pequeños que se hunden en su rostro ovalado, y que conoceré unas horas después. Nunca fue un combatiente sino uno de miles de desplazados por el conflicto armado. “Siempre tengo pesadillas en las que los soldados me matan”, dirá Fabio, con su inquietante vocecilla aniñada. Fabio vive errante en Arcatao. Distintas personas de la comunidad le abrieron las puertas de sus hogares después del conflicto. Desde entonces, diferentes familias lo han adoptado temporalmente hasta que Fabio ha aparecido con algún cortocircuito mental y se ha comportado de manera violenta. Fabio nunca ha recibido tratamiento por sus traumas, así que va de casa en casa guardando sus pocas pertenecías en una mochila.

Cruz dice que los habitantes con traumas del pueblo afrontan sus terrores en silencio y que ha habido pocos proyectos –ninguno del Gobierno– de salud mental. Unos días después de caminar con Cruz por las calles de Arcatao, me sentaré en el diván azul del consultorio del psiquiatra Moisés Guardado, uno de los pocos profesionales del país que, por cuatro años, atendió a decenas de personas con traumas de guerra. El psiquiatra contará que ya caminó por Arcatao y otros pueblos del norte del país y conoce sus casos. "“Los trastornos depresivos son frecuentes en las víctimas del conflicto, además de estados fóbicos (temor irracional), psicosis afectivas (alteraciones de ánimo), estados disociativos (pérdida de contacto con la realidad), y otras personas que no tenían heridas pero que sí sufrían daños neurológicos por las ondas expansivas de las bombas"”, explicará Guardado, mientras fuma un cigarrillo.

El psiquiatra contará también que él mismo recorrió el país contratado por la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador (ALGES). El propósito de sus consultas era probar que muchos de los problemas mentales de las personas tenían su origen en traumas del conflicto armado, ante la negativa del Estado a reconocer este tipo de casos y solo otorgar ayuda a las personas con daños físicos. Pero el psiquiatra dirá que su trabajo con las víctimas del conflicto no fue fácil. Muchas de las personas todavía temen confiar sus miedos de la guerra civil. Son desconfiados, viven con paranoias, y siempre piensan que alguno de sus vecinos está elucubrando algún complot en su contra.

Cruz se detiene frente a una casa de tejas viejas en el centro de la comunidad. Dice que él entrará primero para ver si la pareja de esposos que vive allí nos quiere atender. Sabe que Andrés Bonilla –el jefe del hogar– sufrió un trastorno hace tres meses y tuvo que ser ingresado al hospital psiquiátrico. Cruz camina hasta la verja negra de la entrada y renquea hasta la casa con paredes grises. Vuelve enseguida. “"Sí, podemos pasar"”, dice el exguerrillero, mientras abre la verja de par en par.

***

La casa de Andrés Bonilla está tomada por el silencio. La televisión de la sala está averiada desde hace días, la radio está apagada y no se escuchan voces en las habitaciones. Andrés está sentado en una silla de madera y su esposa prepara la masa para las tortillas. El gato gris del vecino se ha colado por la parte de atrás y camina sigiloso por el patio. Hace un instante, entré a la casa junto a Cruz y me presentó a Andrés, un veterano de la guerra civil que tiene 54 años de edad, y que hace poco tuvo un grave trastorno mental.

-Oía que me llamaban y veía personas donde todos decían que no había nadie- –me dice Andrés, quien está sentado frente a mí y escupe las palabras con lentitud, como si estuviera en trance.

El letargo de Andrés es parte de los efectos secundarios del haloperidol, el fármaco antipsicótico que ahuyenta los fantasmas de la mente del viejo guerrillero. Andrés toma dos pastillas todas las noches pero la somnolencia dura todo el día. Si no tomara el haloperidol, Andrés sería el hombre activo que sus vecinos dicen que es, pero correría el riesgo de volver a sus delirios, y podría ser reingresado en el psiquiátrico. Un riesgo que nadie quiere tomar.

Hace tres meses, Hélida Rivera, –la esposa de Andrés,– tuvo que pedir auxilio a la policía de Arcatao para afianzar a su marido y llevarlo al hospital. Antes de eso, Andrés pasó cuatro días detenido y cuando Hélida lo iba a visitar a la bartolina, los otros presos le contaban asustados que su esposo pasaba riéndose solo durante toda la noche. Ahora Andrés ya no se ríe, sino que parece tan adormitado como si repusiera todas aquellas noches de locura. Noches y días enteros que él dice no recordar en absoluto.

Con su estadía en el hospital, Andrés se convirtió en un paciente psiquiátrico más dentro de las estadísticas del Ministerio de Salud. Andrés todavía no tiene un diagnóstico definitivo por falta de exámenes médicos, pero los psiquiatras del MINSAL diagnosticaron trastorno de estrés postraumático a 1,794 personas en 2011. La mayoría son víctimas o sobrevivientes de masacres, violaciones o accidentes de tránsito. El psiquiatra Carlos Escalante sonrió cuando le pregunté sobre el alcance del estrés postraumático en El Salvador, el alcance en esas comunidades llenas de excombatientes en las montañas. Escalante fue parte de la unión latinoamericana contra la depresión, en donde expertos de todo el continente estudiaban el alcance de los traumas. "“Nuestros países viven en un trastorno de estrés postraumático permanente, grande y colectivo; porque cuando no es guerra son inundaciones, o terrorismo, o violaciones, o accidentes de tránsito, o terremotos, o las pandillas quemando un bus"”, dijo Escalante mientras se tomaba un tranquilizante té rojo.

Pero en El Salvador algo se sabe de los trastornos por el conflicto. La tesis titulada “La experiencia traumática de guerra en afiliados a la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador (ALGES): una aproximación al trauma psicosocial” contempla que hasta un 53.6% de los lisiados –como Andrés Bonilla– sufre algún trastorno de estrés. Y sobre el segmento de posible población afectada, el informe de la Comisión de la Verdad –la misión de Naciones Unidas encargada de investigar los crímenes de la guerra– contempla que 50,000 efectivos eran parte de la Fuerza Armada; de 9,000 a 15,000 personas estaban en las filas guerrilleras; y cerca de un millón y medio se contaban entre desplazados internos y refugiados en otros países.

Las cifras de la década del conflicto todavía son cambiantes, la cifra oficial de desaparecidos es de 3,880 pero distintas organizaciones contemplan que pueden ser hasta 8,000 personas; y lo mismo pasa con las víctimas de las masacres donde cada vez se reportan más muertos”, de acuerdo con Mauricio Turcios, coordinador del centro de documentación e investigación de memoria histórica en la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES).

Al poco tiempo de haber comenzado a conversar con Andrés, su esposa, Hélida, se sienta junto a él. Hélida es una mujer morena, menuda y que lleva el cabello amarrado con un listón azul. Andrés y su esposa han estado juntos por los últimos 32 años, incluso durante el infierno que significaron para ellos los años del conflicto armado. Como en mayo de 1982, cuando Fredi Bonilla –el único hijo que tuvieron y que ya había cumplido un año y medio de edad– murió de hambre mientras huían por las montañas de un operativo militar. O cuando en 1983, Andrés fue alcanzado por la gran esquirla de una bomba expansiva y sobrevivió de milagro a una cirugía realizada encima de un tapesco.

"Él nunca volvió a ser el mismo después de la explosión, los médicos le hicieron un hoyo en el estómago para que hiciera sus necesidades, Andrés pasó seis meses así... Fue la primera vez que lo vi tan deprimido, él siempre me decía que mejor se hubiera muerto"”, dice Hélida, meditabunda, recordando una época que la mayoría de salvadoreños se esmera por olvidar.

Me despido de la pareja de esposos y salgo de su casa llena de silencios. Un hogar donde Hélida es la única que no ve fantasmas de guerra. El telón de la tarde cae sobre Arcatao y sus vecinos salen a pasar el rato en la calle. Le pregunto a Cruz si en el pueblo también hay combatientes de la Fuerza Armada. “No, aquí no hay exsoldados”, me responde escuetamente, mientras vemos al inestable Fabio Pineda caminar por la calle con un machete de 24 pulgadas entre las manos.

***

Los exguerrilleros pueblan las montañas de Chalatenango pero me han dicho que los exmilitares –muchos de ellos– viven en la isla La Calzada, La Paz. Así que aquí estoy, unos días después de mi visita a Arcatao, esperando que la lancha zarpe del muelle de San Luis La Herradura, mientras un lisiado del ejército me habla de su antigua adicción a la heroína. “"Cuando me drogaba sentía como si todavía tenía la pierna que perdí en la guerra, sentía como si flotaba al caminar por la calle"”, dice el exsoldado antes de comenzar a carcajearse.

El lisiado y yo estamos sentados en una lancha que pronto navegará entre los manglares hasta llegar a la isla La Calzada. El ritmo estridente de una bachata sale de una cervecería cercana e inunda el pequeño puerto. La brisa propaga un leve olor a pescado. El sol de la mañana nos golpea el rostro. "“¡Vámonos ya, cipote!"”, le grita el lisiado al muchacho que conducirá la lancha hasta la isla. El joven de piel cetrina hace como que no oye al exsoldado. El lanchero está cargando el bote con las provisiones semanales para las tiendas de La Calzada. Hoy es miércoles, el día de mayor movimiento comercial en el pequeño puerto de La Paz.

Poco a poco, la lancha color verde se va llenando de sandías, infinitas tiras de churros, masa para tortillas, guineos. Cuatro mujeres con velos blancos en la cabeza suben al bote. Son las dueñas de los comprados y discuten sobre los precios de los productos. Una de ellas examina una bolsa llena de lorocos. Otra se come unas pupusas. El lanchero sigue cargando las bolsas de comida. El lisiado de guerra sigue hablando sobre su adicción la heroína. "“Tengo toda la pierna pinchada de las agujas de cuando me inyectaba la droga”", me dice el exsoldado, que asegura haber sido entrenado en la temible Escuela de las Américas en 1983. El centro donde se adiestraba a militares de todo el continente en las más cruentas técnicas de tortura, combate y supervivencia.

Hace unos días, el psiquiatra Moisés Guardado me habló de las recurrentes adicciones al alcohol y las drogas en los lisiados de guerra. Los problemas mentales de muchos excombatientes se agravaron después de la guerra, cuando comenzaron a querer ahogar su depresión con tragos de licor o inyectándose droga. “"Una persona con traumas es proclive a beber o drogarse por sus angustias, pero los problemas mentales no aparecen por beber en exceso, sino que muchos beben para evitar las alucinaciones y hasta convulsiones"”, dijo Guardado. El exlisiado sonríe mientras cuenta sus problemas con la heroína y el crack. Su mueca es tímida como la de un niño que ha hecho una travesura. Las otras 10 personas que ya están sentadas en la lancha lo ignoran.

El bote está sobrecargado y listo para el viaje. El lanchero arranca y comienza a maniobrar para salir del muelle de San Luis La Herradura. El recorrido a la isla La Calzada comienza sobre el agua turbia que rodea los estrechos canales entre los bosques de mangle. La lancha de motor avanza lenta -–muy lenta-– por el sobrepeso. El lisiado de guerra que me acompaña señala unos pequeños cangrejos cafés que trepan por las delgadísimas ramas de los manglares. El exsoldado es un asiduo visitante a la isla La Calzada por su trabajo en ALGES, una asociación fundada por excombatientes guerrilleros.

Los problemas mentales de guerrilleros y soldados son distintos. El psiquiatra Moisés Guardado dijo que los traumas de los guerrilleros estaban más relacionados con su falta de madurez cuando vivieron episodios traumáticos, ya que se unieron al frente guerrillero siendo niños. Mientras que muchos soldados resentían su reclutamiento forzoso y la forma en que los obligaban a cercenar los cadáveres de sus enemigos. “"Uno de los grandes traumas de los soldados que traté era aceptar que habían matado y la forma en que lo habían hecho, como los militares que participaban en operativos de tierra arrasada donde se asesinaba a comunidades enteras, y donde a muchos los obligaban a hacer el corte del chaleco a los cadáveres: sin brazos y sin cabeza"”, dijo Guardado.

La lancha que nos transporta sale de los manglares y avistamos una playa de la isla La Calzada. Las cuatro mujeres con velos en la cabeza miran la isla con impaciencia. Ha sido un viaje de 35 minutos desde San Luis La Herradura. El lanchero comienza a cobrar $1 por el recorrido. El bote se aproxima a un muelle de cemento hasta que se detiene. Todos se comienzan a levantar apresurados de sus asientos. La lancha se tambalea. Llegamos a la isla.

***

"Muchos de los muchachos de la isla se fueron sanos a la guerra y regresaron medio locos", me dice Teodora Maravilla, una anciana de ojos pequeños, mientras hace repetidos círculos a la altura de una oreja en señal de completa demencia. El exsoldado que me acompañó durante el viaje en lancha se quedó en la casa de un amigo, así que Teodora me guía por la calurosa isla donde ha vivido siempre. Teodora y yo avanzamos mientras ella me cuenta que su hijo –quien también sirvió en la Fuerza Armada– se está quedando sordo y que ella también es lisiada de guerra.

"Una bala de un fusil M-16 me cruzó las dos piernas en una balacera que hubo en una finca donde estaba cortando café en Berlín, Usulután"”, me dice la anciana, quien este día lleva un faldón que le cubre hasta la pantorrilla. La isla La Calzada por donde caminamos es plana y fértil. Unas pocas vacas pastan a lo lejos. Los isleños cruzan el ganado nadando por un estrecho cuando la marea está baja. Teodora me encamina a la casa de Francisco Padilla, uno de los excombatientes de la Fuerza Armada que es conocido en toda la isla por sus traumas de guerra.

Teodora cuenta que una vez Francisco la sorprendió a mitad de la noche. Ella estaba sentada en la puerta de su casa y él llegó corriendo con machete en mano para preguntarle dónde estaban los hombres a los que estaban matando. Teodora no tuvo respuesta. A esa hora, la isla estaba sumergida en la oscuridad y el silencio. Solo Francisco oía una balacera acompañada de gritos de terror. “"Oiga cómo se están matando"”, le dijo Francisco a la anciana, antes de salir corriendo hacía ningún lado.

La casa de Francisco ahora está frente a nosotros. Es una pequeña vivienda levantada con troncos viejos frente a lo que parece un pantano lleno de mangles. Francisco reposa en una hamaca junto a su esposa, Estela. Sus hijas están en la escuela. El humo de la cocina de leña intoxica el ambiente de la casa. Francisco nos saluda cordial con una sonrisa nerviosa. Es un hombre de complexión delgada y fibrosa con un tatuaje en el brazo izquierdo. Aparentemente, Francisco no tiene heridas de guerra, pero cerca de su columna vertebral, todavía guarda una bala de fusil M-16 que fue disparada hace 27 años en medio de un combate en el lejano pueblo de Jucuarán, Usulután.

Los recuerdos de Francisco sobre aquel día de guerra en que lo hirieron son precisos, pero dice no saber nada sobre la última ocasión en la que tuvo un trastorno mental. Un episodio que todos sus vecinos y sus hermanos cuentan: cuando Francisco colocó una hamaca entre las altas ramas de un gran árbol de mango y durmió allí por meses. Un tiempo en el que su esposa lo había dejado y Francisco caminaba sin rumbo por todos los rincones de la isla.

La madre del exsoldado estaba tan preocupada que organizó un par de vigilias evangélicas para rezar por la salud mental de su hijo. Francisco estuvo presente en su rezo, pero todos vieron cuando se fue solo a mitad de la noche. “Francisco regresó a los pocos minutos sudando y con la camisa llena de abejas. Se había ido a meter a un gran panal y venía todo picado”, me contará la mamá del exsoldado unas horas después.

El psiquiatra Moisés Guardado me dijo que hay cientos de casos como el de Francisco Pineda en la isla La Calzada. Casos que nunca se trataron y que tantos años después de la guerra civil se están agravando. “"Los problemas mentales no se solucionan solos y cada vez serán de mayor envergadura, ese es el riesgo que las autoridades corren, y que ya se corrieron por no hacer nada en 20 años después del conflicto armado. Cuando se terminó la guerra, se preveía que habría una sociedad violenta si no se atendía psiquiátricamente a muchas comunidades y ahora ya tenemos los resultados de esa desatención"”, explicó el psiquiatra.

Francisco Padilla me ve fijamente como si estuviera examinándome. Tiene unos ojos cafés como los de Andrés Bonilla, el guerrillero de Arcatao. El exsoldado tiene la misma mirada perdida, los mismos silencios. Francisco luce un poco extraviado. Como si quisiera decir algo, pero no se atreve. Todos callan en la casa hecha de troncos. Su esposa se va a sentar cerca del lavadero. Unas horas después, la madre de Francisco me confesará que se inquieta ante la mirada de su hijo. Ella siempre ha querido saber qué pasa por la mente de Francisco.

 

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