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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (196)

Hacía tiempo que no leía noticias en papel: su fuente de información eran los sitios virtuales. El salto había sido progresivo pero se sentía cada vez más irreversible.
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Historias sin Cuento

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1603. EL ARTE DE FLOTAR

Hacía tiempo que no leía noticias en papel: su fuente de información eran los sitios virtuales. El salto había sido progresivo pero se sentía cada vez más irreversible. Flotaba en la nube, y desde ella observaba las estribaciones del terreno existencial, como espía incansable. Y aunque la vida entera sufría vértigo de altura, hoy aquel padecimiento parecía haberse esfumado como por encanto. Por encanto de la tecnología que se ha vuelto cada vez más experta desde lo alto en borrar enigmas y en ahogar cerraduras. Sin embargo, en la vida nada está escrito, más ahora cuando lo escrito se borra a cada instante a golpe de tecla. Y aquel día, cuando se le cayeron todos los sistemas, sintió que aquello era una señal subliminal. Arrinconó los aparatos y se quedó en suspenso, flotando en la nube, su verdadera nube.

1604. EL ARTE DE SOÑAR

Su casa era un nido de emprendedores exitosos, y así lo había sido siempre. Desde los abuelos, y quizás desde antes, las ideas ingeniosas habían venido derivando en negocios florecientes. Los baches también surgían en el camino, casi todos ellos provenientes de situaciones que se daban en el ambiente, aunque de vez en cuando eran errores de cálculo personal los que hacían el daño. Cuando él apareció en el escenario familiar, todos anunciaron que venía con buena estrella. De seguro aquel niño sonriente y animoso sería un emprendedor estelar. Personalidad abierta. Inteligencia vibrante. Carácter comunicativo. Todos se preguntaban: ¿Hacia dónde apuntará? El tiempo pasaba y la respuesta urgía. Hasta que se fue, sin decir agua va. A un monasterio silencioso, a emprender su ruta soñada.

1605. EL ARTE DE ENCENDER

Entre ellos, todas las palabras estaban dichas, y, ya por costumbre, algunas volaban de inmediato y otras se quedaban prendidas en los alambres de la conciencia. Y con el paso del tiempo, las que volaban iban siendo más que las que permanecían, hasta que lo que surgía inmediatamente después de las palabras era el silencio vacío: ese silencio que es una forma de oscuridad. En algún momento, él le dijo a ella: “Quizás es hora de ir pensando en la separación…” Ella, entonces, tuvo un titubeo temblante, y de inmediato reaccionó: “Aunque sé a qué te refieres, quiero sentir que algo puede suceder…” Él aceptó con un gesto. Y ese breve diálogo pareció ser una señal providencial. A partir de ahí las palabras se animaron a soltar destellos. La oscuridad fue quedando en un rincón. Y la tertulia era entre ellos y sus palabras.

1606. EL ARTE DE CREER

Sofía siempre estuvo dispuesta a ser vínculo de enlace en aquella familia notoriamente disfuncional. Sus padres parecían provenir de galaxias distantes entre sí y sus hermanos eran seres que pensaban y actuaban como si no tuvieran ni lo mínimo en común. Con el paso de los años, las diferencias adquirían proporciones astronómicas, y sin embargo, contra toda previsión, continuaban viviendo juntos. Aquella casa era un refugio de desconocidos. Entonces se produjo un acontecimiento insospechado. Un gestor espiritual tocó un día a la puerta. “¿A quién busca, señor?” “A todos ustedes. ¿Puedo pasar?” Entró. Nadie opuso resistencia. “Sofía me ha llamado”. Sofía expresó la máxima sorpresa. “¿Yo?” “Sí, tú”. “Pero si yo no lo conozco…” “No me conoces, pero recibí tu mensaje. El mensaje de tu fe, que es un dardo sagrado…”

1607. TERTULIA CON SENTIDO

Los invitados tenían algo en común: nadie conocía a nadie. Y al saber aquello, cualquiera se hubiera preguntado por el sentido de tal reunión. Habían ido llegando como si el orden hubiera estado definido de antemano. Y cada uno fue a ubicarse en el lugar que le correspondía, sin conocerlo de antemano. Cuando todos estuvieron presentes, alguien se levantó y tomó la palabra: “Hermanos, como todos sabemos, este es un juego de azar, y cada vez que lo ponemos en práctica presenta características impredecibles. Juguemos, pues”. Lo que parecía una orden espontánea se convirtió al instante en un movimiento sincrónico. Nadie se comunicaba con nadie, pero todos funcionaban como piezas de una misma maquinaria. En medio del silencio total sonó una sirena. Era la señal para empezar a vivir.

1608. ¿Y SI LLUEVE ESTA NOCHE?

Aquel era el último día de clases, y también el día final de su estadía en la universidad, porque ya iba a ser egresado. Salió rápidamente de las instalaciones y tomó su pequeño vehículo, que compró usado y que estaba en las últimas. No se dirigió a su casa sino a un centro comercial de los alrededores. Necesitaba un trago fuerte en el bar favorito. Fue a acomodarse en su mesa de siempre, y en la mesa de al lado estaba ella, la desconocida que parecía un personaje de novela romántica. El mesero le llevó a él su coctel usual, y en la bandeja llevaba otro igual para ella. Señal inductora. Él alzó la copa y le dijo a su vecina: “¡Salud, princesa!” “Salud, pero no soy princesa, soy vendedora de capas…” “Ah, ¿y si llueve esta noche?” “Nos cobijamos juntos”.

1609. TECHOS LEJANOS

La luna llena estaba en su día, y la claridad irradiante se derramaba como una lluvia sublimada. Vivían en una sencilla vivienda de colonia marginal, y la zona se había ido volviendo cada vez más insegura. Ellos nunca salían de noche, pero aquella noche les nacieron ansias de caminar por los alrededores, quizás con la ilusión de que el efluvio lunar los protegería de todo. No había nadie en las callejas del lugar, y todo hacía sentir una seguridad inusual. En el recorrido llegaron a un punto en que nada era reconocible. Ambos pensaron, sin decirlo: “¿Dónde estamos?” Y en ese instante pareció descorrerse una cortina imaginaria. Ahí, al otro lado, las imágenes del terreno hacían ver una inmensa urbanización que llegaba hasta el horizonte. Los dos dijeron al unísono: “Son nuestras primeras casas, que nos esperan al fondo”.

1610. FUTURO AL ÓLEO

Su vocación pictórica no fue precoz, sino que emergió cuando la adultez ya se había hecho presente. Entonces se animó a pintar su primera acuarela. Era la imagen de un amanecer en la playa. Y ahí mismo se le dibujó el futuro: un hombre mayor recordando su infancia frente al mar.

1611. MISIÓN DEL COLIBRÍ

“¿Y tú qué quieres ser cuando seas grande?” “Jardinero”. El que preguntaba sonrió: “Sospecho que lo que quieres ser es misionero en el jardín”. Entonces a él se le iluminó la mente: “Gracias, porque me has hecho reconocer mi verdadera identidad”.

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