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CONVIVIO DE HORIZONTES QUE SE HALLAN SIEMPRE AHÍ, TRAS LA VENTANA

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LOS ÁRBOLES DE MINCHO

La casa estaba en su sitio de toda la vida, acabando de cumplir su primer centenario, ya que aquel muchacho de veinte años, que recién había heredado la inmensa finca San Francisco, ubicada entonces en una zona aledaña a la ciudad, iba iniciándose, con entusiasmo incontenible, en el mundo de la expansión urbana, que apenas empezaba a mostrar por aquellos días sus profundas vibraciones progresistas. Y al articular aquellas remembranzas de pronto el siglo transcurrido se incorporó entre las crecientes edificaciones verticales de nuestros días, como queriendo decir: "Aquí estoy contigo, memoria, a tu servicio…"

--¿Alguien podría abrirme alguna puerta para poder pasar hacia adentro? –preguntó el joven que hacía sólo unos minutos había llegado al lugar.

Desde adentro se oyó una voz muy tenue que respondía:

--¿Quién es usted?

--Yo soy Mincho, perdone, y acabo de arribar de mis remotas lejanías. Todas las llaves se me extraviaron en el trayecto…

--¿Mincho? Si usted es Mincho es el dueño de todo esto… ¿Cómo es posible que necesite ayuda para entrar en su propia casa? No puedo ayudarle mientras no me pruebe que es el que dice ser.

--Bueno, pues entonces me quedaré aquí, entre mis antiguos árboles, que sí me reconocen a simple vista. La luz del tiempo tiene como siempre la palabra…

ENCUENTRO PROVIDENCIAL

Javier quiso siempre, desde que tenía recuerdos identificables, correr mundo, como antes se decía; pero tal deseo, que se alzaba desde las raíces de su naturaleza anímica, nunca logró traspasar los límites del anhelo escondido, y se fue quedando ahí, en lo más profundo de su conciencia, como una especie de fantasía inconclusa, atrapada entre las redes del propio destino enmarañado. Así las cosas, arribó a la adolescencia, época humana tradicionalmente proclive a las ilusiones aventureras, y para él aquello fue el inicio de una prueba mayor.

Nadie, ni en su casa ni en su entorno, se dio cuenta de ello; o, al menos, nadie se mostró interesado por tal fenómeno. Y eso a él no le extrañó, porque nunca había tenido a su alrededor acompañamientos afectivos: y aquello, que por una parte podía ser visto y sentido como una desconexión emocional, por otra le proveía desde siempre una libertad fluyente, que lo animaba a proseguir.

Cuando llegó a la mayoría de edad sintió que era hora de expresar sus verdaderos anhelos, para que alguien de su entorno inmediato se animara a echarle la mano. Y ese alguien, inesperadamente, fue su tío Benjamín, con quien apenas se había tratado.

--Yo te apoyo muchacho, siempre que te avengás a que te adopte legalmente como hijo.

Su tío Benjamín era el más escurridizo de sus parientes cercanos. No tenía familia propia, y ahora de seguro estaba necesitado de ello.

--Claro que sí, tío. Ese vínculo me va a dar a mí un punto de partida y a usted una emoción viajera. ¡Hagámoslo ya!

HAY RÍOS QUE SE RESISTEN A LLEGAR AL MAR

Querían tener hijos lo más pronto posible, y se dedicaron a ello con una intensidad que parecía enamoramiento incansable. Las personas que estaban a su alrededor, familiares del joven y de su compañera, observaban todo aquello como si fuera un espectáculo novelesco, y ellos dos continuaban en lo suyo, con la seguridad de que en el momento menos pensado se materializaría su anhelo.

Pero los días iban pasando y no se daba ningún resultado perceptible. La vibración de su empeño se iba volviendo incontrolable, y eso ya no parecía natural, hasta que llegó el punto en que los padres de ambos insistieron en hablar con ellos en un lugar apartado para que no hubiera interrupciones:

--Hijos, ¿está pasando algo? Los vemos cada vez más agitados… --preguntó el padre de ella.

Los dos jóvenes se miraron entre sí, y él se animó a hablar:

--Pues la verdad es que estamos muy ansiosos porque los dos soñamos con un hijo cuanto antes, y hasta ahora no ha cuajado.

Los cuatro padres se volvieron a ver, aparentemente aliviados. Ellos también estaban ilusionados con el nieto, y les aliviaba saber que no había crisis de entendimiento entre los jóvenes.

--Entonces, queridos hijos, sigan empeñados en su esfuerzo, hasta que el río de la ilusión llegue al mar donde todas las olas los esperan… ¡Felicidades!

Y todos entre sonrisas aplaudieron al unísono.

LA VISITA PERFECTA

Cuando escribió su primera página personal en un cuaderno donde hacía muchas de sus tareas escolares algo se activó dentro de su ánimo que evolucionaba hacia la adolescencia, y desde ahí ya no paró en poner en tinta sus emociones más propias. Pronto su círculo familiar se dio cuenta de aquella inclinación, y muchos de los que estaban ahí se hicieron los desentendidos, como si aquello fuera un testimonio insustancial. Él parecía cómodo con el hecho de que lo dejaran estar.

Pero entonces llegó de España aquella tía por parte de madre, que él nunca había conocido, ni siquiera de referencia. Se instaló en la casa, porque no tenía dónde más. Y en algún momento pareció percatarse de que él se estaba iniciando en el arte de las palabras. Y ahí mismo lo abordó con una sonrisa que tenía todas las características de un vínculo nuevo:

--Ya veo que escribes. Yo también lo hago. Tengo varios libros publicados, que desafortunadamente no traje conmigo.

Él, entonces, la miró con otros ojos. ¿Quién sería en verdad aquella señora que llegó de pronto, y que de seguro del mismo modo se iría?

--Te leo el pensamiento. Tú también eres poeta. Y he venido a traerte para que vayas a realizarte en lo tuyo por aquellos rumbos. ¿Estás de acuerdo, verdad? La poesía es una nave espacial que recorre los aires sin cansarse. Desde este momento soy tu hada madrina…

LOS CRISTALES TAMBIÉN FLORECEN

--¿Se han dado cuenta de una cosa? Como nosotros sólo tenemos dos estaciones, invierno y verano, tenemos que ser aún más sutiles para interpretar los matices del tiempo. Porque recordemos que el solsticio es siempre más directo que el equinoccio.

Y al decir esto se quedaba en silencio, viendo hacia afuera, donde empezaban a crecer las nubes de la nueva estación, que era el invierno. Y con la característica especial de que se trataba del invierno del trópico, que empezaba a alzarse sobre los residuos del verano que estaba ya por concluir.

La puerta detrás de él se fue entreabriendo, y una voz muy tenue apenas se oyó:

--¿Vas a salir, Pablo? Si lo hacés, pasá por el Súper, por favor. Traé de todo.

Él no reaccionó, pero ella ya conocía el talante de su forma de responder.

Unos minutos después la llovizna se derramó sobre la infinidad de cristales rotos del verano. Y él, en ese justo segundo, fue a unirse al fenómeno atmosférico en avance. La lluvia pareció entender el mensaje, y lo recibió con las alas abiertas.

¿Qué pasó después? Pues, en verdad, lo mismo de siempre en tales circunstancias. Que todo aquel derrame de cristales desperdigados por todas partes se fue convirtiendo, como por arte de magia, en un reguero de pétalos reveladores de que todos los jardines circunvecinos se habían puesto de acuerdo para hacer historia.

ALGO RESPIRA AL FONDO

En nuestro ambiente, los nombres tradicionales están en vías de extinción, porque lo que los padres quieren es que sus hijos se llamen Kelvin o Bryan. Por eso fue inusual que aquella pareja de recién casados le pusieran Eusebio a su primogénito, como se llamaban el bisabuelo y el abuelo. Los amigos del vecindario se miraron entre sí, tal si aquella fuera una excentricidad totalmente fuera de tiempo.

--¿Y cómo vamos a llamar a esta criaturita que nos mira con tanta intensidad?

--Pues díganle Cheby, si quieren estar a la moda.

Y la sugerencia prosperó. Él creció creyendo que se llamaba Cheby, porque así le decían todos sus allegados. Hasta que llegó aquel pariente que regresaba de "Gringolandia", como él solía decir.

--Hola, Eusebio, aquí está tu tío Gilberto, que se enorgullece de llevar ese nombre, aunque los gringos nunca hayan sabido pronunciarlo…

Él entonces pareció reconocer una voz entrañable, y se sumó a ella:

--Tío, acompáñeme, por vida suya, hacia el reencuentro con mi propio ser.

--Muchacho, no tienes que pedírmelo. Yo estoy aquí para eso. La Providencia me ha encargado que lo haga. ¡Acompáñame!

Y ambos partieron, en ese mismo instante, hacia la claridad de sus respectivas identidades, que en definitiva eran la misma.

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  • Historias sin Cuento

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